Pascua es Espíritu y fuego
La Pascua culmina con la venida del Espíritu Santo. Se trata, en el fondo, del culmen de la obra de Dios: El Espíritu que ungió la carne de Jesús, desde su concepción hasta la resurrección, es el mismo que ahora unge a la comunidad de las discípulas y discípulos. En el vínculo de co-pertenencia entre Jesús y el Espíritu se sostiene la Iglesia y su misión. Lo mismo que el Espíritu realiza en Jesús, ahora lo hará con la comunidad, como nos muestra Lucas.
En primer lugar, el Espíritu conquista espacios. En el lugar del miedo y la espera, en lo pequeño de un segundo piso, la Comunión de Dios irrumpe, plenifica. El lugar de Dios, como lo ha demostrado la existencia de Jesús, es la frontera de la pequeñez y del límite. Ya sea en el olvidado Nazaret, o en las calles perdidas del imperio, o en el corazón de pobres y excluidos, Dios se muestra y encuentra su espacio para liberar y abrir nuevos horizontes.
Por otro lado, el Espíritu está en sintonía con el fuego. Ilumina y hacer arder: es sinónimo de pasión e intensidad. El relato es minucioso para describirnos que el fuego se posa “sobre cada uno de ellos”. Y es que el Espíritu hace arder cada corazón, cada historia, de manera particular, empujando desde dentro el don que cada una, cada uno es. Dios crea e impulsa la diversidad, tejiendo la armonía, huyendo de cualquier uniformidad que ahoga. En cada persona, Dios arde de manera diferente.
También podemos decir que el Espíritu nos enseña un nuevo lenguaje. Todas las lenguas de la tierra se armonizan en el único lenguaje del Espíritu, que abre el corazón al encuentro y al diálogo en medio de las diferencias. La Pascua de Jesús nos enseña la gramática de la Vida que vence a la muerte, y el Espíritu la reproduce en cada corazón y en cada comunidad. En él aprendemos lo no dicho, lo que está por acontecer en la lengua que nos ha dado a cada uno.
Por eso el Espíritu es creatividad. Él reproduce en el creyente lo de Jesús, pero siempre de manera nueva. Hace a los discípulos surcar el miedo del encierro y de la persecución para llevarlos más allá de sus propios límites. Es parte de la nueva creación que siempre realiza y que crea respuestas nuevas ante nuevas realidades. El Espíritu Santo desata la novedad que cada uno, cada una, es.
En Pentecostés el Espíritu Santo termina de hacerse nuestro aliado. En la sencillez y la simpleza de nuestra humanidad Dios termina de abrazarnos, de afirmarnos en lo que somos, y abrirnos más allá, hasta dónde más se necesita saber que la Vida ha vencido a cualquier muerte. Ojalá la fiesta del Espíritu nos encuentre abiertos a su don y novedad ¿Por dónde nos está invitando a lanzarnos hoy? ¡Feliz Pentecostés!
Fr. Ignacio Castro Ortega op
