Y ahora, ¿hacia dónde?
Hace poco compartía con un grupo de laicos sobre la vocación, la vida, el camino recorrido hasta el momento, los hitos personales y comunitarios que lo han ido formando, y como la presencia de Dios se ha ido notando de diferentes formas y con diferentes intensidades a lo largo de todas las etapas del camino. Llegados al hoy, necesitábamos hablar sobre el y ahora, ¿hacia dónde? La reflexión que fue saliendo fue de lo más rica.
Personalmente, siempre me ayuda encontrar una imagen a la que poder asociar la reflexión, quizá sea una manera de volar, pero sin olvidarme de que he de mantener los pies en la tierra. En esta ocasión invité al grupo a que cada uno se imaginara en la orilla del río, frente a una pequeña barca preparada para remar río abajo. Tan pronto somos capaces de imaginarnos el río, sabemos que no comenzamos nuestro viaje al inicio del río, sino en algún punto intermedio. Siguiendo con la analogía, la invitación fue a subirnos a la barca y comenzar a remar por ese río que simbolizaba nuestra propia vida. Atrás dejábamos vivencias, experiencias, personas… algunas nos servían de impulso, otras de piedras en la mochila, pero de alguna manera todo lo que habíamos dejado atrás nos había ayudado a configurarnos. Delante de nosotros, en algún punto incierto, la otra orilla del río. Ese lugar en donde están esperándonos nuestros sueños y anhelos. Aquello que queremos conseguir, lo que nos hace ilusión. Según remamos, nos detenemos en pequeñas calas, esos hitos de nuestra vida que nos sirven de descanso y nos llenan el corazón de buenas vivencias que nos servirán de “combustible” en tramos del camino que sean cuesta arriba. No todas las calas son bonitas, algunas quizá sean un estanque de agua tóxica y tendremos que encontrar en nosotros mismos la forma de salir de ahí y continuar remando por el río.
No en todos los tramos del camino nuestro esfuerzo parecerá ser bien recompensado, y muy probablemente no seamos capaces de remar al siempre al ritmo inicialmente propuesto, pero esto no es lo importante. Lo realmente importante para responder a la presunta inicial: y ahora, ¿hacia dónde? es caer en la cuenta de que el destino no es lo más importante, lo que importa es el trayecto: vivirlo, disfrutarlo, enriquecernos y enriquecer a nuestro paso, porque llegados a este punto… no pensaríamos que el río era para navegar en solitario ¿verdad? ¿o sí?
Es precisamente en este proceso, o en este viaje, en el que estamos llamados a que nuestra vida sea testimonio evangélico, rico, enraizado, pero también actualizado, presente en un mundo diverso, cambiante, que nos invita (¡a gritos!) a estar presentes, a conjugar las dimensiones contemplativa y activa de nuestro carisma, a dejarnos interpelar y a comprometernos buscando siempre un mundo más humano.
Al hacer este repaso personal a través de nuestra propia vida, por nuestra vocación, por ese camino río abajo… y en palabras de Desmond Tutu, me atrevo a decir que, estamos llamados a ser personas con Ubuntu:
Una persona con ubuntu es abierta y está disponible para las demás, respalda a las demás, no se siente amenazada cuando otras son capaces y son buenas en algo, porque está segura de sí misma ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otras son torturadas u oprimidas.
Compartiendo con este grupo y sirviéndonos de la reflexión a través del río de nuestra vida, vimos que, conforme nos conocemos mejor a nosotros mismos, mejor comprendemos la vocación de la que somos llamados, y que lejos de caer en la tentación de instalarnos en alguna “paradisíaca cala” en la que hagamos alguna parada en el camino, nuestra vista ha de estar puesta en Aquel que sigue dando sentido a nuestra vida y que nos impulsa a saber que la mayor riqueza está en el camino y no en el destino.
Mónica Marco, CSD
