Opinión

De la calma y la lluvia

He estado un par de semanas de viaje por razones laborales y me temo que lo mejor del periplo itinerante ha sido, sin duda ninguna, regresar.  

Esto de trabajos que implican muchos viajes, pese a la buena prensa que tiene viajar, hay que señalar que por momentos es realmente molesto. Está demasiado sobrevalorado. Especialmente si es por trabajo, claro está. Maleta arriba y abajo. Horarios siempre ajustados. Reuniones, visitas, días muy largos. Comer o cenar en sitios variados y no siempre demasiado caseros. Camas que no son la tuya. Coches, trenes, taxis, aviones. Gentes y más gentes. Y, más allá de las molestias o el cansancio físico, lo que más agota de todo: que estás fuera de casa. Con aquél, me atrevo a decir que lo mejor de viajar es regresar a casa.

Ese volver a lo conocido, a lo diario y cotidiano. La bendita rutina. La calma de lo habitual. Tu cama. Tus cosas. Tus libros. Tu gente. Tus horarios. Ese metro de cada día o la oficina sencilla de tus obligaciones. Tus calles diarias. Tus sitios de siempre. No está el ser humano hecho para vivir en agitación constante, y si la tolera por momentos, es porque se la sabe un precio a pagar entre períodos de calma.

Hoy que ha regresado la lluvia, al fin, y que repiquetea en los alfeizares de las ventanas salpicando los cristales y dejando surcos como carreras imaginarias en ellos, hoy -siguiendo con la tónica inaugurada este año aquí y aquí de dar gracias y mirar lo que sí va bien en el mundo- quiero hacer el elogio agradecido de la calma.

Cuando uno era (más) joven, como todo joven, valoraba sobre todo la novedad y el movimiento, el cambio, la velocidad, la fortaleza. Conocer mucho, visitar mucho, hacer mucho, pensar mucho, hablar mucho, crear mucho, cambiar mucho. Al modo futurista y agitador, casi que la revolución (la verdadera…) era el alto ideal al que aspiraba a vivir. Con los años, gracias a Dios, el impulso agitado se ha moderado, y ahora a lo que aspiro es casi que a lo contrario: a la calma de una tarde sencilla con el sonido de la lluvia, en casa, con las obligaciones ordinarias, con el trabajo cotidiano. Aspiro ya no a conocer mucho, sino a saber siquiera un poco de algo. Ya no a visitar mucho, sino a que los lugares que me salen al paso, pasen realmente por mí, más que yo sin más por ellos. Más que a hacer mucho, a hacer lo que tenga que hacer al menos bien hecho. No ya a pensar mucho, sino a hacerlo bien. Más que a hablar mucho, a escuchar lo mejor que pueda.  Más que a crear mucho, a crear belleza. Más que a cambiar mucho, a cambiar tan sólo lo necesario a cambiar.

Nunca me he tenido por conservador en sentido absoluto, sino tan sólo de aquello que merece la pena ser conservado. Para todo lo demás, el cambio no sólo es bueno, sino necesario. Quizás algo así era lo de la revolución conservadora. Quizás no está lejos de la idea de transmitir los fuegos más que adorar las cenizas. Aunque me conste que a veces parece difícil discernir unas cosas de las otras. Pero desde luego que en lo de siempre y cotidiano, en los viejos libros, los viejos vinos, los viejos leños, los viejos amigos, hay una calma profunda y segura que habla mucho de regresar a casa.

No sé por qué nuestro tiempo tiene tantos recelos con lo seguro, lo confortable, lo calmado y lo sereno. No sé por qué no logra captar la inmensa belleza de lo cotidiano y rutinario, la profunda verdad de la calma y la paz del corazón, la sutil bondad de lo cercano y ordinario. No entiendo qué descubre en la agitación constante del cambio por el cambio, de la novedad y la constante huida. No logro -ni quiero- compartir ese espíritu, ese zeitgeis, que dice que lo nuevo, lo joven lo actual, lo último, es más verdadero o más real o mejor o váyase usted a saber, sólo por serlo. No sé por qué los viajes al extranjero exótico y lejano, son más interesantes que lo que tengo aquí al lado. No comprendo por qué lo de fuera se considera mejor que lo de siempre.

En fin, que la aspiración de ahora, a fin de cuentas, es la de la calma del sentido. La de la belleza de lo pequeño. La de la verdad de lo próximo. La de lo real alejado de la agitación, la novedad y lo extraño. Quiero para mi vida calma y lluvia.

Y creo que tiene mucho sentido en esta Cuaresma que comenzamos, empezarla así.

Fray Vicente Niño Orti, OP