Opinión

Querer y tocar

En nuestra parroquia de Camino Maldonado en Montevideo, el año suele comenzar con la Misión de verano que coincide con los primeros días de febrero. Son días en los que nos reunimos personas de toda la parroquia (laicas, laicos, algunas hermanas y algunos frailes) para visitar las familias de algún barrio y realizar actividades para animar la vida cristiana de algún sector. Son días especiales.

Cómo adivinarán, y sobre todo en el país más laico de América Latina, muchas personas no están interesadas. Con mucha cordialidad nos dejan muy en claro que lo religioso, o lo que tenga que ver con la iglesia católica, no es algo en lo que estén dispuestos a involucrarse. Con todo, y porque la misión es más del Espíritu que nuestra, les dejamos la invitación, pero también recibimos invitaciones de vuelta.

¿Cómo anunciar el Evangelio? ¿Cómo explicarle a la gente que no sabe nada de Dios, lo diferente que puede ser la vida con Jesús? ¿Cómo compartir con quienes están tan lejos, eso que nos hace sentir que estamos tan cerca? Gracias a Dios, no somos los primeros en hacernos estas preguntas. Y el Evangelio, el de este domingo, tiene algo que decirnos.

Jesús, en sus recorridas por esa Galilea, que podría ser cualquiera de nuestras ciudades y pueblos, se encuentra con un hombre leproso, un excluido, que también podría ser cualquiera de los que conocemos sin conocer. Ante esta situación, Marcos nos ofrece dos verbos interesantes: Querer y tocar.

El dialogo es clave. El leproso planta su necesidad haciéndola depender de la voluntad de Jesús: “Si quieres puedes… Quiero”. Su enfermedad lo hace un impuro, y por lo tanto, debe vivir marginado de la comunidad, para no mancharla. Se trata de una enfermedad que involucra algo más: la marginación. Acercarse a Jesús es un arrebato transgresor. De ahí que el leproso le está pidiendo a Jesús que quiera lo que nadie quiere, que se involucre dónde nadie quiere involucrarse. Por eso requiere de su determinación, de un querer claro y fuerte.

La respuesta de Jesús es contundente: palabra y acción. Declara su voluntad de querer sanar, querer dónde nadie quiere, para luego, tocar al intocable. Su gesto potencia lo que pronuncia. La manera de sanar de Jesús es la proximidad, aunque sea ilegal y peligrosa. Se hace impuro con el impuro, torciendo las lógicas sagradas que se conocían. Jesús, “compadecido”, transgrede las leyes de la distancia para abrir caminos de encuentro que devuelven la dignidad humana, a través del tacto.

Tal vez la fe es más comunicable cuando podemos aplicar lo de Jesús: Querer estar con el otro/a, querer salir de esquemas añejos, querer dónde nadie quiere. Y también tocar, acariciar heridas, dejarse contaminar, abrazar para devolver dignidad. Sobre todo con quienes viven en nuestros márgenes.

En estos días de misión, también hay personas que nos han recibido. Entre ellas se encuentra Carmen, una mujer mayor que desde hace años vive en silla de ruedas. Es nueva en el barrio y muchos desconfían de ella, por lo que vive marginada. Su vida no ha sido fácil. En cada visita nos abre su corazón y sus heridas, algunas todavía muy recientes. Contra todo pronóstico, y en las noches en las que no puede dormir, su refugio es el Dios de Jesús, que, en sus propias palabras, le devuelve la paz y el descanso. Carmen nos ha enseñado que Dios está sobre todo ahí donde creemos que no puede estar. Ella ha querido hablarnos de esa experiencia y con sus manos nos ha tocado para decirnos que también en nuestros propios márgenes podemos encontrar a ese Dios que, misioneros incluidos, no sabemos conocer del todo.

Que nuestra manera de transmitir lo de Jesús siempre sea con voluntad y cercanía.

fr. Ignacio Castro Ortega op