Más que lazos, nudos: piel con piel
Porque los hombres y las mujeres no somos islas. Y mucho menos los niños… Me ha dado hoy por considerar lo que significan las primeras barreras que construimos de manera inconsciente desde el cuerpo, desde la piel, o desde nuestra mirada. Así quisiera reflexionar contigo que me estás leyendo, acerca de lo que supone el contacto-contagio. El miedo al contacto es miedo al contagio, hay algo del otro, de lo otro, que nos repugna, nos pone en guardia o nos inquieta. Nos cuesta tocar, a veces solo queremos tocar superficies conocidas, lisas, acariciar las pieles que amamos. Hay una especie de asepsia emocional que tal vez se ha incrementado con la experiencia del Covid.
Ante lo extraño, ante los extranjeros evitamos incluso la mirada, como si a través de los ojos pudieran deslizarse fluidos de vida o lágrimas de muerte que deseamos esquivar.
Con frecuencia dar la mano, esbozar una sonrisa, envolver con un abrazo, parpadear en la luz del alba con una mirada franca y amaneciente, donde alguien pudiese anidar, nos cuesta. Limpiar mocos, dejarse rozar por un cuerpo torpe y errátil, enfermo, pueden despertar en nosotros sensaciones que no acertamos a reconocer y nos asustan.
Más allá de lo habitual de gestos aprendidos por el respeto, la educación, o directamente la indiferencia, surgen movimientos espontáneos sutiles, defensivos, retiradas ante la presencia del otro, que nos pasan inadvertidas, pero pueden tener gran repercusión moral y emocional.
Esta reflexión viene motivada por las impresiones tan intensas vividas en las últimas semanas, como espejo de mi primera inmersión en un pequeño país, Guinea Ecuatorial, en una más pequeña isla, Bioko, que forman parte del enorme continente africano. Y que curiosamente todavía no había tenido oportunidad de conocer. De modo que me acerco por primera vez a África, desde el pequeño país y la aún más pequeña isla, y la caótica ciudad de Malabo.
Pero hay una experiencia, particularmente intensa, que matiza y perfila lo vivido en apenas quince días desde que llegué a la misión dominica de la parroquia de Santa Maravillas de Jesús. Algunas tardes habíamos visitado el orfanato donde estaba mi compañera voluntaria de aventuras misioneras, Lourdes. Ella ha tenido que regresar a España por circunstancias familiares graves.
La noche que fuimos a recogerla para acompañarla de madrugada al aeropuerto me invadió una ola oscura de hambre infantil y adolescente, una ola de ternura y vulnerabilidad. Ternura dolorosa en el afán de querer y ser querido, reconocido por el nombre…, abrazado. Incontables brazos y ojos de niños colgándose, arropándose, en los brazos de Lourdes, y ella en medio como un árbol de luz clara, brotando en el aquel patio gris y desolado. Diez días tan sólo, pero muchas horas de entrega, sin restricciones, sin barreras, con una sonrisa siempre abierta a estos niños, habían bastado para conquistarlos. Es una experiencia misionera que ella había cultivado y preparado desde hace mucho tiempo.
Yo no vivo en el orfanato, sino en la parroquia. Mi tarea es menos encerrada y a la vez más dispersa y diversa que la suya. Seguramente más fácil. En el poco tiempo que hemos convivido, la joven maestra, Lourdes, ha sido para mí un hermoso testimonio de esa disposición libre y desenfadada, capaz de crear más que lazos, nudos de piel con piel, en medio de la dramática orfandad. Por mi parte no soy una joven maestra, sino profesora jubilada que normalmente ocupo mi tiempo en algunas clases en el colegio y en la Universidad, además de la convivencia con las gentes de la parroquia. Un par de tardes en el orfanato han sido suficientes para descolocarme al encontrarme inesperadamente, yo también, bajo esa marea tumultuosa e intempestiva de afecto: Niños y niñas venían a mí desde los más pequeños hasta los más grandes como si me conocieran de siempre, como si yo también los hubiera querido y cuidado. Me abrazaban, me tiraban del pelo, querían que me quitara las gafas porque las gafas no les gustan, sobre todo a los pequeñitos les asusta esa barrera… Este avasallar de calor humano se me tornó un poco inquietante. Tantas manos y ojos alrededor mío, tantas pieles oscuras, pieles y manos de niños pegados a mí, traspasando el sudor de uno a otro cuerpo, y al tiempo, ojos de luz como luciérnagas desde la noche de la orfandad. Entonces vine a reflexionar sobre el contacto y el contagio, las distancias que ponemos, los miedos que tenemos y este no atrevernos a tocar y mucho menos a dejarnos tocar en cualquier momento o por cualquiera. Sin embargo, la espontaneidad de los niños me enseñaba una manera de querer conocer, de querer saber, por el tacto, los ojos, los gritos, las risas. Conocerse era tocarse de arriba abajo, tirarse del pelo, de las muñecas, y abrazarse, abrazarse a las piernas, a la cintura, a las mangas de la camisa. No importa, sin barreras sin prejuicios, sin escrúpulos, aquella marea de orfandades inquietas y alegres, disimulando los socavones de la pena, en la noche de la despedida de la joven maestra, Lourdes, fueron para mí un milagro y una lección de vida.
Sagrario Rollán
