Solidaridad

Gracias, misioneros

Muchas veces pienso en las diferentes formas que hay para hablar de misión, y sobre todo de compartir lo que la misión es, lo que significa y por qué merece la pena. Desde luego compartirlo, en su dimensión más profunda, no siempre es fácil, supongo que porque no siempre estás en el mismo “canal” que quienes te escuchan, y a veces te quedas con la sensación de que lo que se queda es una versión de buenismo. Afortunadamente, en muchas ocasiones, sobre todo cuando no te lo esperas, el mensaje que queda es profundo y cala de verdad y se parece mucho más a lo que la misión realmente es.

Esta semana, semana del DOMUND, leyendo el mensaje del Papa y viendo los diferentes materiales de esta campaña, caí nuevamente en la cuenta de que de la misión se traslada “poco” con palabras y mucho – o casi todo – con la vida. Es de esas cosas que diciendo se llega hasta donde se puede, pero siendo, estando, viviendo es cuando la piel poco a poco se te va poniendo de gallina y empiezas a ver el sentido de la misión y de la labor de los misioneros desde una óptica totalmente nueva.

               El lema de la campaña de este lado no podría definir mejor lo que ser misionero significa: Corazones ardientes, pies en camino. Apenas una línea que me transporta directamente al pasaje de los discípulos de Emaús, y como sus corazones ardían mientras caminaban junto con Jesús, y me devuelve rápidamente a tantos misioneros que precisamente por este corazón ardiente tras el encuentro con Jesús deciden ponerse o continuar en camino, el camino de la misión, entregando su vida (incluso a literalmente) en favor de los más desfavorecidos en tantos lugares del mundo.

               Tantos misioneros que, con su mera presencia, con su testimonio acaparan toda nuestra atención, nos hacen salir de nuestro yo más egoísta y nos ayudan a abrir muy bien los ojos, oídos y corazón a las realidades de nuestro mundo. Esas realidades ante las que muchas veces somos ajenos por vivir tan metidos en nosotros mismos, por no atrevernos a salir de nuestra tienda, ni a mirar más allá de nuestra nariz.

               Todos ellos son personas sencillas, entregadas, apasionadas por el Reino, que parten, comparten y se dan, y que desde la vida más cotidiana nos enseñan que otra realidad es posible y que merece la pena luchar por ella. Nos enseñan que hace falta ser soñadores, pero sin quitar los pies de la tierra; que luchar por la justicia no es camino de rosas ni está exento de dificultades y peligros, pero merece la pena si puedes marcar la diferencia en la vida de una persona. Nos enseñan a ver a las personas como son y por todo lo que valen más allá de fronteras, culturas y religiones. Se saben hijos de Dios y saben de primera mano que, como ya san Pablo decía a los Corintios, el amor todo lo cree, todo lo puede, todo lo espera, porque se sienten amados y llamados a continuar esta cadena. Son personas agradecidas con todos, sobre todo con Dios. Son felices siendo, dándose, acompañando, derrochando alegría, aunque “el horno no esté para bollos”. Son hombres y mujeres con una mirada limpia y profunda y una gran sonrisa, que son testimonio de vida y amor, aunque las realidades vividas sean de muerte y destrucción. Son superhéroes en nuestro mundo sin dejar de ser de carne y hueso.

               En esta semana del DOMUND, un GRACIAS con mayúscula a tantos misioneros que me han compartido su testimonio de vida, quienes han hecho que mi corazón arda por la misión, y con quienes he tenido la inmensa oportunidad de compartir vida y misión.

Mónica Marco, CSD