Religión

La fiesta de todos, todos, todos

Vivimos tiempos difíciles para el diálogo y el encuentro. Hace no pocos días una persona que lleva mucho tiempo en la parroquia me decía que le preocupaba que ahora “se acepta de todo” y que corremos cierto tipo de peligro, al tener cada vez menos criterios para considerar a alguien parte de nuestra comunidad. El otro despierta suspicacia, pero sobre todo en estos tiempos, miedo. La sospecha al otro, que ya no es solo el diferente, va modificando nuestra mirada, añadiendo altas cuotas de prejuicio y alertas de peligro que cierran nuestras formas de relacionarnos.

Con todo, y una vez más, el Evangelio nos lleva por otros caminos: Dios no tiene miedo y, por si fuera poco, espera a todos. La parábola de este domingo (Mt 22, 1-14) nos ofrece una imagen del Reino de Dios, que nos adentra un poco más al misterio de las relaciones.

Se trata de una fiesta y un rey que no escatima en la celebración de las bodas de su hijo. Quiere llenar la casa de gente, no escatimando en comida y celebración (v. 4). Sin embargo, los invitados rechazan la fiesta, prefiriendo actividades que nada tienen que ver con la exuberancia de la celebración que se les propone. El trabajo en el campo y el cuidado de los negocios (v. 5) son referencias a lo individual, al ego-centramiento, que contrastan con la alegría del rey que, saliendo de todos los parámetros, organiza todo para todos.

La clave de la parábola no está en el rechazo de estos invitados, sino en la reconfiguración de la fiesta. El afán de celebrar se abre y todo el mundo está invitado. Sobre todo, los que están en los cruces de los caminos (v.9), es decir, los que esperan, los que se detienen y buscan rumbo. Es un signo de universalidad y radical inclusión. Con más precisión, y cierto riesgo, el narrador nos dice que esta invitación es tan amplia, que incluye “a todos los que encuentren, buenos y malos” (v. 10). La fiesta del rey es pura acogida, en una mesa en dónde todas las personas tienen su lugar.

El protagonismo lo sigue teniendo ese afán, imperioso, de que la fiesta se llene, que sea para todos. Sin embargo, la parábola continúa y nos habla de un requisito: el traje de fiesta (v. 11).  Era costumbre en Oriente, que el vestido de fiesta era proporcionado por el anfitrión. En este sentido, no se trata tanto del esfuerzo por adornarse, sino más bien de dejarse adornar. Es el vestido de la gratuidad y del amor, que ofrece Aquel que quiere celebrar la vida conmigo. Solo podremos festejar auténticamente si dejamos que nuestras pobrezas y verdades sean re-vestidas por el amor, despojándolas de superficialidades que estorban para la celebrar la vida.

La crucial experiencia de sabernos acogidos y aceptados, así como somos, nos permitirá comenzar a entender que la vida y, Dios mismo, son una fiesta en dónde sólo podemos bailar. Tal vez nos falta cuidar más esta realidad. Si solo fuésemos más conscientes que también nosotros, los de dentro, venimos de diferentes cruces de caminos, mejor o peor vestidos para la boda, sería más fácil abrirle la puerta a los que todavía no saben que Dios es una fiesta.

La comunidad de Jesús, sobre todo en esta andadura sinodal, está llamada a vivir de puertas abiertas. Aunque nos cueste la diferencia y “aceptar de todo”, ¿quién nos falta en esta fiesta? ¿A qué personas les hace falta saber de estas bodas? Nietzsche decía que sólo podía creer en un Dios que supiese bailar. Se sorprendería al saber que no solo baila, sino que también organiza bodas ¡Y todos, todos, todos estamos invitados!

fr. Ignacio Castro Ortega op