Inútiles
Estos días se dio a conocer que el premio Princesa de Asturias de Humanidades y Comunicación 2023 se había otorgado a Nuccio Ordine, profesor, filósofo y escritor italiano. Autor, entre otras muchas obras, de un ensayo titulado “La utilidad de lo inútil” (Ed. Acantilado, 2013) en el que defiende una mentalidad muy distinta a la de nuestra sociedad práctica y consumista:
«La lógica del beneficio mina por la base las instituciones (escuelas, universidades, centros de investigación, laboratorios, museos, bibliotecas, archivos) y las disciplinas (humanísticas y científicas) cuyo valor debería coincidir con el saber en sí, independientemente de la capacidad de producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos». «En este brutal contexto, la utilidad de los saberes inútiles se contrapone radicalmente a la utilidad dominante que, en nombre de un exclusivo interés económico, mata de forma progresiva la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, las lenguas clásicas, la enseñanza, la libre investigación, la fantasía, el arte, el pensamiento crítico y el horizonte civil que debería inspirar toda actividad humana. En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte».
Cayó en mis manos este librito hace unos meses y disfruté de su lectura con verdadera avidez. Lo tengo tan subrayado que ahora se me hace difícil seleccionar una sola cita para compartir. Era un tema que siempre me había apasionado. Obsesionado, habría que reconocer. Entre sus páginas encontré apartados interesantísimos sobre disciplinas que me habían dado mucha vida, o hacia las que había tenido alguna inclinación: las matemáticas y su “mística”; la música, la literatura; incluso la paleografía y archivística que en los últimos años tanto tiempo “inútil” me habían consumido. Fue una de esas lecturas en las que encontré reflejada una idea que me absorbía, sabiendo perfectamente que el autor no tenía en su mente, ni de lejos, aquello que yo ahora le estaba atribuyendo. Y es que, a medida que me sumergía en ella, echaba en falta una vocación no enumerada entre las muchas inútiles que él mencionaba. Había un silencio clamoroso que posiblemente nadie notaría y que, sin embargo, a mí me sacudía por dentro. Y hoy voy a tener el atrevimiento de añadirle un suplemento a la obra de todo un Premio Princesa de Asturias. Porque en la larga lista de inútiles imprescindibles para el mundo, para la sociedad y –esta, en concreto-, para la Iglesia universal, yo creo que habría que incluir a los monjes y monjas de clausura.
Incluso en ambientes eclesiales y religiosos no soy del todo aceptada cuando hago esta afirmación. A los más piadosos les suena a desprecio. Y los más voluntariosos me acusan de espiritualismos de otras épocas. La incomprensión y sobre todo la indiferencia es lo más común. Y, sin embargo, sigue siendo mi obsesión: a los ojos del mundo, ¡somos inútiles! y ¡nuestra inutilidad es imprescindible! Es el testimonio que más necesita nuestra sociedad e Iglesia de hoy.
Creo que en este tema me sucede como a san Pablo con la cuestión de la salvación por las obras o por la fe. Es el tema central de su conversión y, por tanto, no puede dejar de ser cansino y repetidor, aun cuando el resto del mundo piense que ¡ya te hemos entendido! y no nos parece para tanto, Él entiende también a Santiago, e incluso comparte su parte de verdad cuando dice: “¿de qué le sirve a uno tener fe si no tiene obras?” Pero su historia, su personalidad, sus escritos y su vida entera están llamados a poner el dedo y la atención en la gratuidad. No necesariamente porque lo demás no sea cierto; sino porque –como en física- para mover un cuerpo –cambiar una mentalidad- hace falta una energía mucho mayor y en proporción a: la masa del cuerpo en cuestión –nuestra naturaleza y lógica más terrenal-; la aceleración –lo lejos que se encuentra una mentalidad de la otra y la rapidez con que se quiera cambiar- sin olvidarse de considerar la resistencia que presenta el terreno –es decir, el ambiente social que refuerza esta manera de pensar-. Está claro que la energía de san Pablo en este tema es exagerada si la cogemos de manera aislada, pero es la necesaria cuando se tiene en cuenta el conjunto de los factores…
Pues algo así me pasa a mí con la insistencia en el tema de nuestra inutilidad. Mujer práctica y obsesionada con la eficacia y el ahorro de tiempo, las prisas y el rendimiento. Víctima y esclava de ellas muchas veces. Iba a decir: “hasta que me caí del caballo”, pero todavía tengo algún que otro pronto de esos. Lo cierto es que –por gracia de Dios- descubrí la esencialidad de la existencia, la belleza de lo oculto, el valor de lo que no cuenta a los ojos de este mundo, la riqueza de lo que nuestra sociedad descarta, la pobreza de un cristianismo hiperactivo que se olvida de que Dios es revelación y no conquista. Que el amor es gratuidad y no buena voluntad. Que la clave está en lo que somos (creados por el Amor y para el Amor) y no en lo que hacemos o producimos.
Ante la crisis que vive la Iglesia y de la que no se libran los Monasterios, hay mentes eficaces y muy lógicas con planes de acción y promoción vocacional que han previsto la muerte de la vida contemplativa de clausura, porque –se supone- ya no respondemos al mundo actual; somos un resto de una cultura medieval y ambiente mayoritariamente católico que ya no existe y al que ya nadie se va a sentir llamado, a no ser –dicen ellos- que nos impliquemos en la pastoral social más activa. Es decir, o renunciamos a nuestra identidad o morimos.
En mi opinión, la crisis de la vida contemplativa no significará su extinción, mientras siga siendo lo que tiene que ser. Y si se extingue, será otra cosa lo que muera. Fenecerá lo que hicimos de ella, pero no la llamada a la vida contemplativa en su simplicidad e inutilidad a los ojos del mundo –Solo para Dios, y basta; porque Solo Dios basta- que sigue palpitando en el corazón de los jóvenes. Quizá no sea en muchos, porque no es una vocación de masas, pero –como la sal-, sí de algunos a los que Dios sigue y seguirá llamado para que no falte este recordatorio en el mundo y dentro de la Iglesia.
Así que, para terminar, le dejo la palabra al premiado y, díganme ustedes, si soy la única que lee en estos párrafos un precioso alegato de la vida de los monjes/as en pleno siglo XXI:
«Es doloroso ver a hombres y mujeres empeñados en una insensata carrera hacia la tierra prometida del beneficio, en la que todo aquello que los rodea —la naturaleza, los objetos, los demás seres humanos— no despierta ningún interés. La mirada fija en el objetivo a alcanzar no permite ya entender la alegría de los pequeños gestos cotidianos ni descubrir la belleza que palpita en nuestras vidas: en una puesta de sol, un cielo estrellado, la ternura de un beso, la eclosión de una flor, el vuelo de una mariposa, la sonrisa de un niño. Porque, a menudo, la grandeza se percibe mejor en las cosas más simples».
Sor Teresa Cadarso, OP
