Los ángeles de Rilke cumplen 100 años
Recordamos estos días el gran poema que tan profundamente ha marcado el convulso siglo XX, se trata de Las elegías de Duino de Rainer Maria Rilke (1875-1926), publicado en Leizpig en 1923. Esta magnífica obra que cumple 100 años tardó más de 10 en escribirse. Merece la pena repasar las condiciones históricas y geográficas de su composición. El tiempo de su fraguarse es el tiempo inestable de comienzos de siglo y de la Primera Guerra. La movilidad de mapas y fronteras, lo efímero y lo errátil de ese momento tan complicado, quedan reflejados en la lírica del gran poeta checo, que escribe en alemán. Viaja y reside durante largos tiempos en París, donde también escribe en francés, y se entusiasma con el fervor y la devoción religiosa de una Rusia ya entonces en decadencia.
El fin de la Primera Guerra Mundial alteró radicalmente los mapas europeos: los grandes imperios –alemán, austrohúngaro, ruso y otomano– firmaron su acta de defunción. Al final del conflicto, la Conferencia de Paz de París redefinía los límites del continente. El imperio austrohúngaro, crisol de nacionalidades, se desintegró dejando como estado sucesor a Austria y reconociendo como nuevos estados a Hungría, Yugoslavia y Checoslovaquia, según el tratado de Saint-Germain-en-Laye de 1919. El mundo que le tocó vivir a Rilke es sacudido por tormentas apocalípticas que se trasladan a Las Elegías. La era industrial, los movimientos obreros, las grandes ciudades “que no son verdad”, el alejamiento imperativo de las raíces que constituyeron la vieja Europa, provocan la desintegración de un mundo sin hogar (Peter Berger) transformado y deformado además por la cultura de masas.
La obra se compuso entre Duino (Italia) y París. En una parte muy significativa en España, pues Rilke había viajado a Ronda y a Toledo (1912), donde quedaría fascinado por la obra de El Greco. Como el propio autor es el suyo un libro itinerante que va marcando el exilio y los éxtasis sucesivos de quien nunca acertó a adaptarse al tiempo que le tocó vivir, un poeta siempre expatriado nacido en Praga que escribía en alemán y en francés. No es una obra fácil, por más que días atrás, celebrando su centenario, se haya escrito tanto acerca de ella, por más que se citen frases sueltas, por más que haya habido en español tantísimas traducciones, la más reciente de primeros de este año. Las Elegías de Duino constituyen una exposición metafísica y metapoética perfectamente acabada de la condición humana atravesada por la dolorosa fractura de la trascendencia.
Se trata de un poetizar sobre el ser arrojado a la existencia, la finitud, la muerte, la pobreza (en el sentido material, pero también espiritual), la búsqueda de sentido y la angustia acuciante por no hallarlo, un poetizar de urgencia espiritual y de radical compromiso con la existencia que se nos ha otorgado en el tiempo. Ya desde el siglo XIX los grandes filósofos se ocupaban de estas cuestiones en espesos ensayos conceptuales como El concepto de la angustia (1844) y Temor y temblor (1843) de Kierkegaard, Ser y Tiempo (1927) de Heidegger, o La Nausea (1931) de Sartre, por citar sólo algunos de los más representativos existencialistas.
Dada la complejidad de la obra me gustaría señalar brevemente tres categorías que a mi parecer la hacen merecedora de interés y digna de la actual vigencia. La elegía primera irrumpe con la experiencia radical de la belleza sublime e inalcanzable, una belleza que sobrepasa con mucho la sensibilidad humana y su capacidad de expresarla:
“Quién, si yo gritase, me oiría desde los coros
de los ángeles? Y aun suponiendo que alguno de ellos
me acogiera de pronto en su corazón, yo desaparecería
ante su existencia más poderosa. Porque lo bello no es sino
el comienzo de lo terrible, que todavía podemos soportar;
y admiramos tanto porque, sereno, desdeña el destruirnos.
Todo ángel es terrible”
El segundo aspecto es la comparación de la condición humana con la existencia animal: temporalidad, conciencia de la finitud, melancolía y nostalgia que remiten a un origen perdido:
“Con plenos ojos ve la criatura
lo abierto. Sólo están nuestros ojos
como invertidos, por entero puestos
como trampas a su alrededor,
y en torno a su libre salida.
Lo que afuera es, lo sabemos tan sólo
por un rostro de animal; pues ya al niño
lo volvemos y forzamos
a que vea de espaldas a la creación,
no lo abierto, que es tan profundo
en el rostro de animal. Libre de muerte”
Y entre ambas experiencias – de lo bello sublime a lo animal natural- hay el transitar de la palabra, el celebrar del poeta, su misión insoslayable, a pesar de toda artificial represión:
“Entre los martillos persiste nuestro corazón,
como entre los dientes la lengua,
que sin embargo continúa alabando. Alabe el mundo al ángel”
La metáfora de este tránsito será luego la noche:
¡Oh, y la noche, la noche! cuando el viento lleno de espacio sideral
nos muerde el rostro; ¿a quién no le queda al menos ella, la anhelada,
que nos decepciona suavemente y con esfuerzo aguarda
al corazón de cada cual? ¿Es la noche más leve para los enamorados?
La noche embebida de temor e imbuida de humildad, la noche asumida hasta la máxima tiniebla, la noche muda que desemboca finalmente en un canto donde conviven este florecer y marchitarse que es la existencia humana.
La experiencia biográfica y geográfica vivida por Rilke, un hombre frágil de salud delicada, con tendencia a la depresión, pero absorto en el mundo interior, es, como la de tantos otros contemporáneos suyos, (y quizá nuestros) experiencia de desarraigo de una humanidad en peligro. Amenazas diversas, paradigmáticamente señalizadas para el poeta ya desde el inicio en ese corrimiento de fronteras, conflictos de nacionalidades, anonimato e indiferencia de las grandes urbes, adolescencias incomprendidas en sus mutaciones y anhelos. Y el amor, el amor imposible, el amor soñado, a veces incompatible con la salvaguarda de la soledad personal, el amor narcisista o generosamente entregado. Las elegías de Rilke, como los salmos de David, y los cantos de tantos profetas son intemporales, tienen toda la fuerza de ese grito, al tiempo feroz, descarnado y cadenciado que reclama un mundo con-sentido, frente a la anomia de sociedades que avasallan la identidad y desamparan. Es el grito arrojado desde la intemperie de la hostilidad muda que nos rodea a las cortes celestiales, pero dirigido también a los poderes de este mundo que nos impiden la verdadera travesía de humanización, que, sin embargo, el corazón doliente reclama:
“Voces, voces. Escucha, mi corazón, como antaño
sólo escuchaban los santos, de tal modo que la enorme llamada
los alzaba del suelo; pero ellos, imposibles,
seguían ahí de rodillas, indiferentes:
Así estaban escuchando. No es que tú puedas soportar
la voz de Dios. Pero escucha el soplo,
el mensaje incesante que se forma del silencio”.
Sagrario Rollán
