Opinión

Plan de Vida 2023

Hace poco se publicó en este mismo blog una entrada titulada “Año nuevo… ¿vida nueva?”. Me tranquilizaron los signos de interrogación, porque marcaban la diferencia. Yo también solía usar la famosa frase. Y me hacía mi lista de propósitos y mis planes de nueva vida. Eso fue hasta el 2012. En esa ocasión incluso publiqué una entrada en mi perfil con semejante título, sin signos de interrogación. Ese 18 de enero iba a ingresar en la Orden de Predicadores como postulante, y a los buenos propósitos habituales se habían añadido unos cuantos que yo – ¡ingenua!- creía que eran de Dios. Aguanté el engaño tres meses. Y nunca más.

Estaba alojada en el piso 14. Era un hotel de cinco estrellas y la habitación casi tan grande como toda la casa en la que había crecido. Estaba en Dubái y era ya de noche. En el cielo estrellado se distinguían las luces de los famosos rascacielos entre los que destacaba el Burj Khalifa, con sus imponentes 828m de altura que se perdían en la noche, y que me habían dicho que era el más alto del mundo. Abrí la ventana de mi habitación para contemplarlo mejor. En la parte de abajo del hotel estaban las piscinas, los bares y la sala de fiestas. Se oía la música de lejos, pero no le prestaba atención.

Apenas había transcurrido un trimestre en mi nueva vida en la Fundación que las Dominicas de Cangas de Narcea tienen en Kerala (India). Tenía 18 años y hasta hacía muy poco mi día a día había discurrido por las calles de Madrid, entre mi casa, la universidad, el trabajo, los amigos y la parroquia. Y de repente me encontraba en aquella ciudad desconocida porque había perdido el avión de vuelta, después de tres meses de apasionante aventura en la que todo me había salido justo al revés de lo que había planeado. Mi mente estaba casi más lejos que la cúspide de aquellos edificios que se perdían en la noche… ¿Qué narices hacía yo allí? Y sobre todo ¿estaba burlándose Dios de mí?

Por mi cabeza volaban un montón de imágenes fugaces que todavía no había asimilado. Recordaba mi aterrizaje en la India: después de un viaje de casi 24h. estaba descansando encima de una tabla con una esterilla (porque allí escasean los colchones), cuando todo había comenzado a temblar. ¿Sería aquella una de esas sacudidas que en España no acostumbramos a vivir? La estructura de la casa no me parecía que fuera a ceder, pero el suelo temblaba y noté que la luz del día que entraba por la ventana se apagaba de repente. Me asomé al exterior. Y me encontré con unas enormes patas a unos centímetros de mi cara. Una trompa gigante me hizo identificar el animal en cuestión: un elefante. Eran las primeras vísperas de San Sebastián, patrono de aquella diócesis, y las procesiones en el país asiático poco tenían que ver con las nuestras. Sonreí. ¡Bienvenida a la India, Teresa!

Apenas unos minutos después mi inmersión iba a ser todavía más real. Sentadas a la mesa de aquella acogedora familia que nos invitaba a comer, todavía a 4h de llegar al Monasterio, la educación me repetía aquello de “allá donde fueres, haz lo que vieres” pero la bondad de nuestros huéspedes me regaló unos cubiertos que me evitaron el comer con la mano, haciendo bolitas con el arroz al modo indio. Cogí el tenedor, dispuesta y directa a comer lo que me ponían delante sin hacer preguntas. A mi lado, la madre maestra me susurró: no te metas en la boca las bolitas negras. Demasiado tarde. No tuve ni que preguntar por qué… Sencillamente agarré el vaso de agua y procuré disimular la tos.

No llevaba ni una semana de postulante cuando una mañana -a las 05:15h. nos levantábamos- amanecí sin luz. Los cortes eran frecuentes y ya me habían enseñado que la vida seguía sin electricidad. Así que me fui a la ducha sin pensarlo demasiado. Ese día inundé el convento porque la oscuridad no me permitía ver que el sumidero estaba cerrado. ¡Qué estreno! Todavía no me sabía los nombres de las hermanas y ya estaban ahí, en mi celda, sacando con cubos el agua que podían antes de irnos todas a rezar maitines.

No sé si este incidente fue el que motivó que mi primer oficio fuera el de regar los plataneros. Estaba satisfecha con él. La tarea parecía sencilla… y, de hecho, lo hice bien mientras duró. El problema fue una mañana en que habían rellenado el depósito de estiércol que se utilizaba como combustible, con un biogenerador, para la cocina de la comunidad. ¡La de cosas que una aprende fuera de un escritorio…! Estaba sumergido en el suelo y generalmente tapado con una placa que esta vez habían dejado abierta para que se secara. Al parecer, si se acumulaba demasiado gas podía ser peligroso. Yo nunca me había fijado en esa placa en el suelo, así que tampoco me sorprendió ver un montón de ¿tierra? con grietas resecas que tenía que cruzar para llegar a mi destino. Metí la chancla, pensando que era suelo firme, y detrás floté entera. Recuerdo una nube negra de mosquitos a mi alrededor y aquel olor… A duras penas salí de allí con la ayuda de una hermana que, de la risa que nos daba y lo resbaladizo que era aquella sustancia (por no usar un calificativo más basto), casi no podía agarrarme. Ese día la ducha tuve que dármela antes de entrar en casa.

Mi primer encuentro “cara a cara” con una serpiente también había quedado más que grabado. Y aquellos interminables minutos perdida en la estación de trenes de Bombay como una de las experiencias más angustiosas. También la tarde en que jugábamos al balón y, por capricho de la naturaleza, un bicho volador –especie desconocida para mí, del tamaño de un colibrí, aproximadamente- se encaprichó con perseguirme precisamente a mí entre las 11 que allí estábamos presentes. Eché a correr, con él sin dejarme en paz, y detrás de mí un montón de hermanas corriendo con periódicos y palos en sus manos para apartarlo pero que con frecuencia caían más sobre mí que sobre el bicho en cuestión.

Por fin había llegado la última semana y la despedida tenía que estar a la altura de como empezó la aventura. Era Domingo de Ramos y había procesión. Como cada día, llegué a la puerta de la capilla y me descalcé, sin pensar en lo que venía después. Me tocaba ir delante, pues era de las pequeñas, así que me indicaron que comenzara la procesión y me señalaron la puerta de salida, que era distinta de aquella en la que había dejado mis zapatos. Tocaba seguir descalza. Y nadie pareció echar de menos el calzado. Pero cuando mis pies tocaron el asfalto a no sé cuántos grados que hacía a pleno sol de la India… comencé a dar saltitos intentando evitar el contacto. Todavía recuerdo las risas ahogadas de quienes seguían detrás de mí la procesión, cantando ¡Hosanna al Hijo de Dios! Mientras yo me preguntaba cómo aguantaría toda la proclamación de la Pasión en esas condiciones.

Así que cuando subí al avión que significaba mi regreso lo hice con inmensa alegría. Pero faltaba… la guinda del pastel. Porque, aunque solo fueran 24h de retraso en la escala… Haber perdido el avión era ya demasiado. Estaba cabreada a más no poder. Conmigo, con la vida, con Dios. Había intentado responder con fidelidad a lo que creía que era su voluntad y todo había salido del revés. Me había propuesto, a base de puños, un montón de buenas intenciones que habían ido saltando por los aires. Me había esforzado en cumplir, en ser dócil, servicial y un enorme etc. que no había servido absolutamente para nada más que para hacer el ridículo. Y ahí estaba yo… Perdida en un hotel de Dubái y creyéndome burlada por Aquel al que le había entregado mi vida.

De repente la música de la fiesta de las piscinas me sonó conocida. No puede ser, estoy en Asia, a cientos de kilómetros… Agucé el oído. Sí, estaba sonando “Paquito el chocolatero”. Me entró la risa. Y casi las ganas de bailar. Y entonces me rendí. Y lo entendí. Aquello había sido un curso intensivo para comenzar. Una lección magistral: que la cosa no iba de puños, ni de esfuerzos, ni de planes de vida ni de proyectos perfectamente organizados y previstos. Aquella noche fue una especie de pulso –como la lucha de Jacob en la que recibió un nombre nuevo (cf. Gn 32, 22-30)- entre Dios y yo: ¿Quién quieres que lleve esto? ¿tú, o Yo?

Desde entonces solo tengo un proyecto de vida, una intención para cada año nuevo: aprender a confiar. Dejar que Dios sea Dios. Y disfrutar con sus ocurrencias que desde aquel “Paquito el chocolatero” no ha dejado de superarse.

Teresa Cadarso O.P.