Religión

No somos ángeles

El otro día me contaba mi hermana la respuesta de mi sobrina cuando le había informado que haría de estrella en la función de Navidad. La niña, que tiene 6 años, pero ni un pelo de tonta, había aceptado sin disimular su resignación: «De estrella. Vale. Eso es hacer nada… en todo caso me cuelgan…»

Me sentí un poco identificada en lo de saber que tu papel es absolutamente dispensable. Nunca tuve dotes interpretativas y, para mi desgracia, la función de Navidad era parada obligada cada año. Pero, por suerte, para quienes no estábamos familiarizados con el teatro, siempre había un hueco en el papel del montón: aldeanos, ovejas o ángeles solían ser mis opciones.

Recuerdo un año que, con mi aureola de espumillón plateado y mis alas llenitas de algodón, me tocaba formar parte de la corte celestial. Estábamos en el Cielo, por supuesto, y Gabriel corría-volaba emocionado hacia nosotros. Dios le había encargado una misión de suma importancia. En realidad, le había encargado la Misión. Esa misión que todo ángel quisiera tener. Y allí estábamos nosotros, angelitos sin envidia –porque en el cielo no hay esas cosas–, felices y dichosos por el gran acontecimiento. En él nos felicitábamos todos, le arreglábamos los rizos, la túnica, las alas, le dábamos ánimos: había llegado el día esperado desde toda la eternidad, el GRAN Y ÚNICO DÍA, el día en que Dios se hacía hombre. Preparado y esperado desde antiguo, el día que anunciaron los profetas y que entrevieron nuestros Padres.

Y allá iba Gabriel, nervioso, consciente de la importancia del momento y del encargo recibido. Y nosotros, desde el Cielo, en un segundo plano de aquel escenario montado en el altar de la parroquia, contemplábamos la escena: María estaba en su habitación, serena, orando, tan sencilla y normal como cualquier joven de su edad, pero grande y admirada en su pequeñez. El silencio era absoluto entre esa corte celestial de la que formaba parte, el aliento estaba contenido. Un diálogo. Una Misión. Una respuesta:

“Hágase en mí, según tu palabra”.

¡HA ACEPTADO! El griterío entre nosotros fue instantáneo y emocionante. Nos habían mandado saltar, gritar, abrazarnos, que retumbara la Iglesia con nuestra alegría. Debíamos mostrar que aquel SÍ era el sí de nuestra existencia, el que cambiaba el rumbo de las cosas. Más que aquel “gooooooool” que hizo saltar a España con Iniesta en la copa del mundo del 2010. Más, mucho más, aquel SÍ nos tocaba hasta la raíz, y eso que éramos “ángeles”. No cabía guardar la compostura, no importaba que cayeran al suelo nuestras aureolas, o que nuestras alas perdieran algún algodón, aquel SÍ lo hacía todo nuevo.

“Hagamos hoy al hombre” había dicho Dios en el principio, y aquel deseo, frustrado por el pecado y la soberbia, se veía por fin colmado en los labios sencillos y humildes de su esclava: “Hágase en mí”.

Han pasado los años… y poco queda ya de aquella inocencia. No la de los ángeles –que nunca tuvimos– sino la de aquellos niños que fuimos. No queda ni rastro de aureola, estamos enfangados en el barro y rodeados de debilidades, nuestras alas están rotas, no sólo no podemos volar, sino que, a veces, no sabemos ni caminar…

En ocasiones se nos puede colar sutilmente la idea de que la Navidad es solo para los niños, para los buenos, para los ingenuos, para los románticos e ilusos, para los “ángeles”. Y los excesos en la decoración de estas fiestas pueden llegar a dolernos cuando el alma está llorando: ¿Angelitos cursis mientras mi familia está rota? ¿velas con forma de estrella cuando me está rompiendo la ausencia de un ser querido? ¿El arbolito lleno de regalos falsos mientras busco un trabajo que no encuentro y apenas llego a fin de mes? ¿villancicos cuando me siento más solo que la una?

Pero la alegría de la Navidad es una alegría trascendental, no epidérmica. No es que haya que estar felices porque toque celebrar. El orden es inverso: queremos celebrar porque nos sentimos felices. No es que haya que sonreír porque sea lo que se espera. Es que lo que celebramos ilumina nuestras sonrisas. La Navidad no es la excusa para desplegar el decorado de que todo va bien. La Navidad es la Noticia, la Luz, la Persona que ilumina eso que es nuestra vida; en la que puede que muchas o pocas cosas nos parezca que van mal, pero en la que ya no estamos solos. La Navidad es preferencialmente, y en contra de lo que pudiera apetecer, para quienes estamos cansados, tristes, desilusionados, preocupados, sentimos que no llegamos o que algo no está bien.

Ya no se trata de una función navideña, de un papel o una máscara que interpretar; no es teatro sino realidad… una realidad, la nuestra, que Dios quiso asumir y redimir radicalmente. De todas las opciones posibles –y eran infinitas– Dios quiso hacerse uno de nosotros. No eligió ser un ángel. No importa que no lo seamos nosotros.

“Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy? (…) Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos” (Hb 1, 5: 2, 16-17).

Sor Teresa Cadarso, OP