Músicas Sagradas
Uno de los eventos que más han marcado la comunicación y las noticias de actualidad este año ha sido la muerte de Isabel II de Inglaterra. Lo cierto es que más allá de las noticias, no seguí yo demasiado los fastos y despedidas de la difunta reina, pero un buen conocido mío, curioso él y seguidor de la actualidad, tras el funeral que él siguió en directo, y conociendo que hay una cierta melomanía en mí, muy ilusionado me contó que había sonado una pieza que le había fascinado y conmovido. Un himno especialmente compuesto para el funeral, basado en el pasaje de Pablo a Romanos, ¿quién nos separará del amor de Dios?
Tanto le fascinó la pieza, que buscó más sobre ella, y su sorpresa, y la razón de contármelo, era que su autor, James MacMillan, un compositor escocés de música coral, era Laico Dominico.
No sé cuánto de aficionado a la música clásica es usted, improbable lector, pero me atrevería a decir que si su conocimiento es así más o menos generalista, quizás haya pensado más de una vez que la música clásica clásica, como la hemos entendido siempre, es una cosa que ya acabó, que dejó de hacerse con las vanguardias, y que quizás los epígonos de ese arte antes de la dodecafonía, la atonalidad, los ruidos estridentes y el uso de instrumentos así raros, fue a principios del siglo XX. Quizás haya usted alguna vez dicho que ya acabó aquello y que sólo queda refugiarse en Bach, Mozart, Beethoven, Wagner y las grandes figuras de la historia que fueron. Que no merece la pena acercarse a nada compuesto después de 1950 y que Schönberg, Berg y compañía, se cargaron lo que había hasta llegar a un Cage, Glass o Stockhausen. Que de aquellos polvos, estos lodos, y que el tal MacMillan, seguro no será más que una rara avis.
Pues, mi querido e improbable lector, gracias a Dios, no es así, y MacMillan es una más de las magníficas perlas que brillan en el mundo de la música clásica contemporánea con brillo y genio propio. Tenemos compositores contemporáneos, muchos vivos, alguno ya difunto, que no desmerecen lo mejor de la mejor tradición y cultura musical clásica de occidente. Músicos que harían más que muy buen papel al lado de los grandes genios musicales de la historia, y además sin desmerecer nada la contemporaneidad, sin ser meros papagayos que repiten lo antiguo, sino aportando su actualidad, desde horizontes de comprensión de este siglo XXI, con lenguajes y formas de pensar artísticas bien propias del hoy.
Y es que junto a toda esa música clásica que rompió consciente, activa y violentamente con la herencia recibida de la composición, en el siglo XX hay toda una subyacente corriente musical que recibiendo la tradición, continuó desarrollándola para seguir encendiendo el corazón de la humanidad con sus composiciones. Desde un Wagner y un Strauss, un Shostakovitch, Scriabin, Stravinski, Bartok o Kodaly, un Messiaen, Poulenc, un Britten o un Vaughn Williams, un Ravel o Debussy o Satie, hay toda una pléyade inmensa de músicos que desarrollaron su arte evolucionándolo, sin romper con lo recibido, y dando paso a un siglo XXI que continúa haciendo música clásica de altísima calidad.
Dos ámbitos o temáticas compositivas han sido las que más han acogido esta música clásica contemporánea de calidad y orgullosa de la tradición recibida, el mundo del cine, con un John Williams como máximo exponente, pero con otros nombres magníficos como Hans Zimmer, James Horner o Howard Shore; y todo el ámbito de la composición religiosa en el que nuestro MacMillan se encuadra, pero en la que hay nombres de inmensos gigantes como el difunto John Tavener, o los conocidísimos Arvo Part, Henry Gorecky o Eriks Esenvalds.
Y aquí es donde al fin hemos de llegar. Esta pequeña columna no quiere ser más que una oferta de esperanza de la música clásica contemporánea, un lanzar nombres que quizás no conocía y que tal vez le hayan despertado la curiosidad para abrir su Spotify o YouTube a su búsqueda. Y, quizás, y sobre todo, recordar cómo la música clásica sigue siendo una ventana hacia lo sagrado.
El espacio de lo sagrado sigue siendo el central ámbito de la música, pues por su propia realidad intangible, la música, que es en sí inmaterial, anotaciones gráficas de escritura como lenguaje con sus propios signos en papel pautado, es la experiencia humana, junto al silencio, si es que no son lo mismo, que más puede acercarnos a lo sagrado.
Vicente Niño, OP
