Opinión

Somos Emaús

Después de un verano de reencuentros, de ciudades revisitadas, de amigos vueltos a abrazar, de lugares emblemáticos de aquella nuestra juventud más joven,  dimos en pensar sobre el evangelio de Lucas que relata el maravilloso encuentro de Jesús con sus discipulos,  tristes y abatidos,  en el camino de Emaus.

Estábamos en Segovia, bajando por la puerta de Santiago hacia el Eresma, por el camino que parece que recorría san Juan de la Cruz, salíamos fray Litto (a quien conocí en la misión de Koribeni) y yo de visitar a las MM. Dominicas, y charlando comprendimos que de algún modo en ciertos momentos de la vida somos Emaus. Somos Emaus cuando hacemos camino, cuando en el camino nos abrimos al diálogo, en el que  pasado y presente se sobreponen y se reinterpretan a la luz de la esperanza y de la fe, somos Emaus cuando en medio de la ruta o al declinar el día ponemos la mesa y compartimos el pan.

Porque Emaus es un evangelio pascual, si, pero Emaus es también el evangelio del desencanto, de la frustración, de las esperanzas desertadas, de las dudas que nublan nuestros ojos y pesan en el corazón. Un día empezamos a creer con entusiasmo, el anuncio recibido, la promesa, el sacramento, tal o cual encuentro misionero, profesión solemne, votos, o aquel retiro tan especial, el carisma de un maestro, etc. Mas luego vinieron los días difíciles, tiempos oscuros de contradicciones y pruebas, volvíamos la vista atrás y empezábamos a desengañarnos, a pensar que todo había sido una ilusión, un espejismo promovido por la intensidad de nuestro deseo, como los discípulos de Emaus, “nosotros creíamos, pero…”

Vinieron  tiempos de rutinas que desgastan, de soledades, de pandemias, de escepticismo, acrecido por el bombardeo de noticias ingratas, guerras, paro, inflación, etc. Y desearíamos volver a creer, pero “¿cómo te encontraremos al declinar el día, si tu camino no es nuestro camino”  Si alguien no se acerca a  nosotros y nos acompaña con la paciencia que Jesús mostró con sus discípulos… ¿Cómo volver a creer? Pedagogía del desencanto y la intemperie del corazón (“secularización” le dicen los estudiosos), pedagogía de ritmos desacompasados, de recuperar signos y ritos perdidos,  de reconocer la increencia  que echa raíces en nuestro corazón, sobre todo cuanto más intentamos darle justificación.

Y he aquí que el milagro ocurre: en Lyon, en Segovia,  en la selva de Perú, en Caleruega o Silos. Volvemos a encontrar (nos) con alguien que hizo en otro tiempo camino con nosotros, para quien tal vez nosotros mismos fuimos luz. Entonces, repito, el milagro ocurre y el fulgor de Emaus despierta de nuevo la esperanza. Pasamos de la tristeza al fervor, del desánimo a la revelación afianzada, comenzamos a entender lo que (nos) ha pasado y a ser capaces de remontar el fracaso o las dudas, y entonces nos ponemos en marcha otra vez.

Emaus es un evangelio pascual, pero por lo mismo es también un evangelio existencial que va trenzando nuestros encuentros y desencuentros, a lo largo de una existencia siempre puesta a prueba.

Pues quizá siempre somos tres: tú y yo,  mis dudas y tu desengaño, tu cultura y la mía,  mi fe vacilante y tu apuesta decidida, la ciudad y la selva, la misión en los lejos y la rutina en lo cotidiano;  somos tres, porque en medio está Él, dando sentido e iluminando nuestro andar cansino, mientras nos explica las escrituras, quizá en la voz de nuestro compañero de viaje, porque “¿no ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba por el  camino?”

Curiosamente la misión  en Perú y los reencuentros que he tenido después en este lado con personas con las que compartimos entonces, me han permitido descubrir todo esto y releer este precioso y revelador evangelio de Emaus bajo una nueva perspectiva, más encarnada, más comprometida, más cercana.

Porque somos Emaus, unos para con otros, cuando aprendemos a mirar, más allá de prejuicios, cuando hacemos camino juntos, cuando nos damos en el pan y la palabra. Y en ese descubrimiento profundo, capaz de soportar ausencias y vacíos, volvemos a empezar, y nos atrevemos a creer de nuevo, invocando con el himno de vísperas:  “arroja en nuestras manos, tendidas en tu busca, las ascuas encendidas del Espíritu”

Sagrario Rollán