Solidaridad

Niños con derecho

Hace seis años fue la primera vez que salí a un país que estaba al otro lado del charco, sin saber muy bien que me iba encontrar, solo con la tranquilidad de que iba a estar con dos Hermanas Dominicas con las que ya tenía una bonita relación.

Cuando llegué iba viendo: un precioso paisaje verde, formas de vestir distintas, llenas de color y con orgullo de las tradiciones, rasgos físicos muy variados y todos únicos, coches pesados y muy viejos, carreteras siempre en obras. Las sensaciones eran de admiración y la mayoría agradables. Salía a pasear con las hermanas para ir conociendo más del pueblito en el que me iba a vivir esos meses, me iban enseñando los establecimientos más importantes como el lugar de donde nos traían los bidones de agua, la casa donde se compraban los huevos, la señora que vendía las tortitas de maíz, una de mis tiendas favoritas ¡la tienda de hamacas! para una buena siesta después de la dura jornada de trabajo. En ese camino llena de sensaciones nuevas, recuerdo una situación (aunque después hubo más) que me chocó especialmente. Varios niños en el parque más concurrido del pueblo, iban con una cajita de madera de un lado para otro preguntando “¿le limpio los zapatos Señor?”. ¿No se suponía que esos niños tenían que estar en la escuela, que como niños tenían derecho a una educación adecuada y no trabajar tan pequeños?…ilusa de mí.

La vida en el pueblo y en el mundo continuaba, sabiendo que esos niños trabajaban y que a demás, no eran los únicos. Conocí a las familias del café. Familias enteras con una sencilla bolsa de tela a sus espaldas, esperaban a que “la camioneta” los recogiera para pasar la temporada recogiendo café. Era muy llamativo las filas de padres de familia junto a todos sus hijitos de diferentes edades, todos ellos de camino a largas horas de trabajo. ¿No se suponía que esos niños tenían que estar en la escuela, que como niños tenían derecho a una educación adecuada y no trabajar tan pequeños?… Iilusa de mí. (Algunos sí tenían sus clases y sé que algunos pequeñitosno trabajaban, pero de otros no puedo decir lo mismo). Poco a poco iba conociendo la realidad del pueblo, la cultura y las tradiciones del país, las dificultades, los bonitos gestos de acogida y a personas encantadoras. Y mi estancia en este pueblito centroamericano, a pesar de esos “choques”, fue muy bonita y enriquecedora.

Muchos niños me han marcado, como la niña que ayudaba a su mama a limpiar para poder salir adelante solas, como los niños que cuidaban a sus hermanitos y no iban a la escuela para que sus padres pudieran ir a ganar algo de dinero, como las niñas que vendían en el mercado con sus cestas de fruta, los niños que te intentaban vender en la calle cualquier baratija por ser extranjera para ganar algo. Al principio me enfadaba muchísimo, ¿no se suponía que existían los derechos de la infancia? Pero después entendí que las injusticias existen, que la realidad es mucho más compleja y que la supervivencia a veces manda.

Ayer celebrábamos el día internacional del niño o de los derechos del niño. Aquí se sigue recordando este día pero gracias a Dios, en la gran mayoría de los casos, se busca que los niños estén protegidos y se cumplan sus derechos. Sin embargo, siguen siendo muchos los niños en el mundo que son las primeras víctimas de las injusticias, que están desprotegidos y sus derechos de alimento, seguridad, salud, educación…se están viendo mermados. Como hermanos que somos, tenemos que exigir que se cumplan estos derechos, por el niño que esta a miles de kilómetros. Que nos acordemos de ellos y que nuestras acciones sean coherentes con garantizar esos derechos.

Belén Rodríguez