Esperanza en la realidad del VIH-SIDA
La semana pasada conocí a Leo. Me conquistó muy rápido este pequeño de dos semanas de vida. Nos conocimos en la sala de espera de la UPEC, en el hospital. Estuvimos juntos algo más de una hora mientras su madre veía al médico, iba al laboratorio, buscaba sus medicamentos y hablaba con la trabajadora social. Él dormía tan a gusto que ¡daba envidia!, y yo experimenté una mezcla de preocupación, curiosidad, ternura y esperanza a la vez.
En el hospital, la UPEC es uno de los servicios que más trasiego de gente tiene. Se encarga del seguimiento de las personas con SIDA, y cada mes acompaña a algo más de 2.200 personas. Si, las acompaña, no solo las atiende, pues este servicio va mucho más allá de lo clínico, tiene un componente social muy importante. Aquí trabajan codo con codo médicos, enfermeras, trabajadores sociales y un técnico de laboratorio, quienes hacen posible este seguimiento. Ellos conocen personalmente a cada uno, su realidad, y en muchas ocasiones hasta sus casas y a sus familias.
Un día a la semana estoy en este servicio. No me atrevo a decir si trabajo, acompaño, escucho, espero, organizo expedientes, hago bulto… o un poco de todo a la vez. Lo que sí puedo decir es que me parece uno de los servicios más bonitos que hay en el hospital, al menos para mí, que no soy de rama sanitaria. Aquí estoy aprendiendo mucho de una realidad que, hasta ahora, me resultaba bastante ajena. No digo que no haya casos en Europa, pero es la primera vez que tengo tanto contacto con personas con sida, cada una con su nombre y apellido, con una historia concreta, que dejan de ser un número en la estadística para ser un rostro concreto. Estoy descubriendo que sigue siendo una realidad muy presente y que el número de casos no deja de crecer, a pesar de que las cifras oficiales dicen que los casos disminuyen.
Aquí he podido ver un poco de todo: caras de mucho susto al recibir un resultado positivo, sonrisas de alivio al saber que los análisis muestran que el virus no es detectable, gente que viene por sus medicamentos con toda naturalidad, pero también quienes son poco constantes, quienes necesitan desahogar su realidad que los oprime y encontrar motivos para no abandonarse, mujeres embarazadas preocupadas por la posibilidad de que su hijo nazca con sida… Luego están los niños y los adolescentes, y esta realidad impacta un poco más. Los niños, en general, no llevan los tratamientos del todo mal, Blandine, la trabajadora social que está con ellos, hace un gran trabajo. El “problema” empieza con los adolescentes, que en esta materia también se rebelan, se enfadan con sus padres – y con el mundo – porque nacieron con un sida que no buscaron, porque han de tomar un tratamiento diario que sus amigos no toman, porque han de hacer un seguimiento que no quieren, porque tienen a alguien que mes a mes los incordia preguntando como están, y – como todo buen adolescente – preferirían ir a sus cosas.
Estoy conociendo la realidad de un virus que, en función de la asimilación y la constancia que cada persona tenga con el tratamiento, puede permitirte tener una vida normal o hacerte tan vulnerable y débil que te lleve a la muerte, incluso mediante enfermedades como la tuberculosis que creía prácticamente erradicada. Aquí toco realidades de personas estigmatizadas que buscan día a día razones para seguir adelante, a quienes hay que escuchar mucho, pero también recordarles – a veces de forma un poco fuerte – que tienen un tratamiento gratuito que puede darles una segunda o una tercera oportunidad, porque la vida sigue y sería más rica con ellos en este mundo.
Afortunadamente también veo casos de esperanza, como el de Leo. Su madre sabía que tenía sida antes de quedarse embarazada, es muy responsable con su tratamiento, no lo pierde ni un día, y durante su embarazo siguió rigurosamente todas las revisiones y recomendaciones, logró que el virus fuera indetectable en sus análisis, lleva una vida normal, y Leo nació dando negativo. Confiemos en que la prueba de los 3 meses lo reconfirme.
Durante el rato que lo tuve en brazos pude ver como esas oportunidades, de las que hablaba antes, se materializan. En su carita vi que la vida sigue abriéndose paso, y que puede seguir desarrollándose así, con la tranquilidad con la que duerme un niño de 2 semanas. Me provocó una inmensa ternura, pero sobre todo me demostró que, incluso sumidos en la realidad del VIH-SIDA, la esperanza existe, y, en este caso, se llama Leo.
Mónica Marco
