Amor fraterno
El lunes pasado, reflexionábamos sobre la misión y la evangelización. Reconozco que fue un tema que me resultó difícil de centrar ya que las emociones de las vivencias eran más fuertes que la razón. Pero sin duda, lo que más me motivo a ello y a la vez me lo hacía difícil era acordarme de mis hermanos/as del otro lado del charco.
La espiritualidad dominicana, la manera de relacionamos con Dios y la forma de vida, se sustenta en cuatro pilares: la oración, la comunidad, el estudio y la predicación. Santo Domingo vivió y trasmitió que una de las bases donde se tiene esa experiencia de Dios, para luego poder predicar la Verdad es en la compasión y el amor fraterno.
Las hermanas misioneras dominicas me enseñaron a acercarme sin tiempo y con disposición de apertura a todo el mundo sin condición, pero este año mis hermanos ecuatoguineanos me hicieron sentir, el amor fraterno.
Visitando este verano Malabo, Guinea Ecuatorial junto a una amiga conocimos a pequeños, jóvenes y adultos con los que pudimos compartir. Hablamos con ellos de sus gustos, sentimientos, motivaciones pero también sobre sus relaciones de familia y amistad. Nos sorprendió mucho las respuestas que daban a, para nosotras, una “simple” pregunta: ¿Cuántos hermanos tienes? La mayoría dudaban antes de responder: Tengo 14 hermanos; ¿pero, de padre y madre?; Tengo 2 (y al día siguiente el mismo niño) tengo 7; este es mi hermano (y al día siguiente resulta que era un primo.)
Al principio era una situación compleja de entender ya que, no comprendíamos porque creaba duda y eran tan variadas las respuestas según el día. Excepto cuando lo sentimos, cuando sentimos el amor fraterno.
Percibí una cultura donde se le daba mucha importancia al colectivo social y donde el concepto familia no se cerraba a hermanos de mismo padre y madre, sino a quien te cuida y cuidas, con quien compartes, con quien vives, de quien te preocupas y a quien quieres, yendo más allá de los genes. Cuando compartíamos y entendíamos las vivencias del otro, sentíamos que se habían convertido parte de nuestra vida y por tanto, en nuestros hermanos. De repente, mi familia a la que quiero tanto, se amplió a hermanos pequeños inquietos pero muy creativos; a hermanos que iban creciendo y buscaban atención pero te trasmitían con ilusión sus inquietudes; a hermanos adolescentes que con una imagen de “que se comían el mundo”, tenían miedo a no encajar y decepcionar; a hermanos jóvenes que se sentían algo presionados pero que no perdían la motivación y la ilusión de cumplir sus sueños; hermanos mayores con muchas responsabilidades que iban entrando en la edad adulta, pero que se sentían jóvenes. Jóvenes adultos que trabajaban, estudiaban y se buscaban la vida, pero no llegaban y aun así, solo pensaban en devolverles a los adultos todo lo que habían hecho por ellos. Hermanos en los que confiabas y que siempre estaban dispuestos a echarte una mano, aunque fueran ellos los que necesitaban ser ayudados. También hermanos perdidos, que se equivocaban y que necesitaban ayuda. No importaban las diferencias (ni llegamos a ver que teníamos diferente color de piel), sino la admiración, el aprendizaje, el cariño y los momentos compartidos.
Es desde ahí donde las injusticias duelen más, pero también donde entiendes que es responsabilidad de todos el preocuparnos por el otro y hacer que el mundo sea más humano. Es una riqueza todo lo que podemos compartir y aprender gracias a los dones que ha puesto el Señor en nosotros, pero para ello nos tenemos que sentir hermanos.
“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos? El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aún por el más pequeño, lo hicieron a mí”.
Belén Rodríguez
