¿Tienes fe?
Hace algunos meses me tocó atender a un periodista de una cadena de televisión autonómica. Como no veo la tele, no sabía que para finalizar sus entrevistas tenía una pregunta característica, que hacía a todos los que pasaban por su micro: ¿Crees en Dios? Tuvimos que repetir más de tres veces la toma. Al parecer, no bastaba con responder sí o no.
Esta semana sonó el timbre y acudí como de costumbre a la portería. Después de despachar los dulces que me pedían aquellas mujeres, una de ellas me sorprendió entregándome unos cuantos folletos: Ya me imagino que es usted una mujer muy creyente pero quisiera hablarle… Eran testigos de Jehová. Les agradecí la buena intención, pero me volví a mis quehaceres. Al llegar de regreso a mi lugar de trabajo, el empaquetador, comenté con las hermanas que allí estaban el motivo de mi retraso. ¿Y cómo vienen a un convento a predicar? Se preguntaron sorprendidas de que no dieran por hecho nuestra fe.
A veces atiendo gente en la portería, creyentes y no creyentes –además de alguna predicadora esporádica- que, con la excusa de una caja de pastas, me comparte su realidad, inquietud o último logro. Y, si la situación me lo permite, suelo terminar con un “Rezaré por usted” que, en general, es muy agradecido, incluso cuando dicen no tener fe.
Dentro de ese grupo se incluye un cliente que hace ya tiempo que no viene. No sé cómo se llama, solo sé que le gustan las pastas finas de naranja y que solía bromear conmigo, en buen plan, porque no entendía qué hacía encerrada en un Monasterio. Venía todos los años en los puentes y festivos, aprovechando los fines de semana largos para viajar a su segunda residencia. La última vez que vino tenía el rostro desencajado. No pregunté. Pero él me contó. Su hija se había suicidado. Lloraba desconsolado. Y yo no tenía palabras. Aunque sí muchas lágrimas. ¿Cómo puedes creer en Dios? me dijo. Estaba lleno de rabia, pero no contra mí. No me ofendí ni me sentí atacada. Aunque tampoco supe responder. Entendí de dónde surgía la pregunta y compartí su sinsentido. Él siguió hablando: Pues, yo no puedo creer en Él, pero si crees en ese de allá arriba, dile cómo estoy, dile algo, a ver si te escucha.
Confieso que en determinados momentos de mi vida he envidiado la fe sencilla y sin preguntas de algunos cristianos. Es una fe serena, vivida en la cotidianeidad, sin dramas, bastante estable, constante, integrada y asumida sin, aparentemente, mayores problemas. Pero, por lo que sea, hay otro estilo de creyentes que vivimos la fe al día. Para nosotros, esa pregunta de ¿Crees en Dios? –o, mejor, ¿tienes fe? – no puede ser contestada sin muchos matices: ¿ahora? ¿siempre? ¿con el mismo grado de certeza? ¿con la misma paz? ¿quieres decir “sin dudas”? ¿sin luchas? La fe no se puede dar por hecho… Ni siquiera en un convento se puede dar por hecho la fe. La fe, como el Amor y la Esperanza son virtudes teologales y son dones; no son permanentes ni estáticos, no son estados, ni etiquetas, ni definiciones acabadas; no son pertenencias ni adquisiciones, son luces (como las de una cerilla, dijo alguna vez Benedicto XVI) con las que nos movemos: Caminamos sin ver, guiados por la fe (2 Co 5, 7). Esa fe es como el maná del pueblo de Israel en el desierto. Quisieras… pero no puedes acumular la ración para mañana, se te pudre. Solo tienes para hoy. Y darte cuenta de ello te hace palpar que es un don. Agradecer que hoy te sostiene y confiar en que mañana Dios seguirá proveyendo. En ese grupo de creyentes inquietos, el ejemplo de aquel personaje magnífico de Miguel de Unamuno, san Manuel Bueno, mártir, siempre me impresionó. También me dio mucho respeto la lucha interna de aquel cura rural de Bernanos. Y no poco me cuestionó la película de Scorsese, Silencio. Para algunos la fe es una batalla. No se trata de vencerla, sino de no rendirse. No se trata de tener todas las respuestas, sino de permanecer en medio de la incertidumbre.
Y en ese permanecer, no estamos solos. Hay una dimensión comunitaria de la fe que nos llena de esperanza. Siempre me ha gustado interpretar desde esa perspectiva el pasaje de san Marcos (2, 3-5), en el que un paralítico es presentado ante Jesús abriendo un boquete en el techo. El evangelista dice: viendo la fe que tenían, le dice al paralítico… A Jesús parece que le basta la fe de quienes sujetan esa camilla. Se conmueve. De la fe del enfermo en concreto no se dice nada, pero se beneficia gracias a la de ellos.
“Sigo rezando por ti” es un modo de abrir un boquete en el techo y llevar a otros a la presencia de Jesús. Puede que hoy sea tu fe la que esté a oscuras y no tenga fuerzas para gritar al Señor. Puede que mañana, o dentro de un rato, sea la mía y seas tú quien me lleves ante Jesús…
Sor Teresa Cadarso, OP
