Siempre ha sido así… Por Cristina Expósito.
A lo largo de los últimos años, por diferentes circunstancias, he trabajado muy de cerca con jóvenes y adolescentes. Es por ello que me resultaba muy curioso analizar una de las grandes premisas que todos ellos sacaban a la palestra ante cualquier controversia: “esto siempre ha sido así”. La palabra “siempre” se convertía en la justificación de todas sus acciones, pensamientos y planteamientos. No había un cuestionamiento detrás del vasto significado de este adverbio que abarca la totalidad del tiempo, sin ningún tipo de interrupción; con todo lo que implica este significado para la Historia de la Humanidad. De ese modo, todo, absolutamente todo, se habría mantenido estático tal y como lo conocemos.
Puede resultar curioso que parte de esa generación de jóvenes no sea consciente de los procesos de cambio constantes en los que estamos inmersos. Las sociedades, como bien apuntaba el sociólogo Zygmunt Bauman (1925-2017), son líquidas. Con la Modernidad se sucedieron muchos avances económicos que todos conocemos ampliamente, pero también se instauró una nueva mentalidad que refutaba la estabilidad social y las ideas fijas que comportaba el sistema del Antiguo Régimen. Por eso mismo una parte de la sociedad buscó el cambio, la rotura y la flexibilidad. La capacidad de amoldarse a las nuevas circunstancias, de buscar un futuro mejor y el cambio son la herramienta que Charles Darwin ya aventuraba en su obra “El origen de las especies” (1859).
Pero este estatismo y comodidad no es un factor exclusivo que se puede detectar charlando con algunos jóvenes, sino que nuestro día a día está plagado de pensamientos estáticos que nunca nos hemos cuestionado o puesto bajo un interrogante. Y quizá uno de los grandes ámbitos donde la inmovilidad ha reinado sin fronteras es la religión. La premisa “siempre ha sido así” se ha convertido en el escudo para no abordar ninguna idea preconcebida que pueda tambalear nuestro sistema de creencias.
Investigar desde el ámbito académico las religiones, creencias, rituales y libros sagrados comporta un constante cuestionamiento líquido de lo que está instaurado. El estudio de la recepción y transmisión de la Biblia comporta la gran problemática de romper los esquemas instaurados por nuestra tradición católica, y abordar el texto desde cero. Así es como podemos ser conscientes de los vacíos que la cultura ha completado con el paso del tiempo, llegando hasta nuestros días como conocimientos absolutos.
Un buen ejemplo de ello es el personaje de Salomé. Posiblemente dispongamos en nuestra mente de una imagen preconcebida bastante clara de esta mujer bíblica, su parentesco con Herodías y el rey Herodes, e incluso esbozar su personalidad tentadora, sensual y casi como una precursora del concepto de femme fatale decimonónico. Pero Salomé únicamente aparece en el texto bíblico bajo estas líneas: “la hija de la misma Herodías” (Mc 6, 22). Por lo tanto, ni siquiera es mencionada por su nombre en la Biblia, sino que será posteriormente el historiador del siglo I e.c., Flavio Josefo, quien asigne su apelativo en su obra “Antigüedades judías”.
Somos un constructo cultural y nuestras creencias no están exentas del imaginario colectivo que está en constante cambio. Así pues, quizá el “siempre ha sido así” se quede un poco corto en un mundo globalizado donde la información fluye a tiempo real, todo cambia en milésimas de segundos y los sistemas de creencias deben surfear la ola del siglo XXI con el alma de un bambú: flexibles y fuertes.
Cristina Expósito.
