Religión

Clausura en un mundo globalizado

La semana pasada recibí la visita de mi familia. Casi al completo, que ya es decir, porque es familia numerosa. Y aprovechamos el reencuentro para intentar actualizar la foto de familia. Cosa que parece muy simple, pero puede llegar a ser misión casi imposible, por exagerado que parezca usar tal calificativo. El momento se hace pesado, sobre todo cuando hay niños y es difícil lograr un resultado mínimamente aceptable en el que todos los presentes sonrían y se vean bien. Entre tantos siempre hay alguno que, inevitablemente, sale con los ojos cerrados o la boca abierta.

Posaba ante la cámara, rodeada de mi comunidad de Dominicas, en el Coro donde discurre mi día a día y con (casi) toda mi familia. Y entre los múltiples intentos con un móvil y otro, un pensamiento me asaltó: ¿todo este contraste… no es contradicción? ¿Conserva algún sentido la vida monástica en el siglo XXI?

Por un lado, me reconocía como hija de esta gran familia, la octava de ocho para ser más exactos. Entre los hermanos, algunos nacieron en Madrid y otros nacimos en Lima. Entre los cuñados, los hay que son españoles, pero también hay una francesa y otra italiana. Entre los sobrinos, la mayoría son madrileños, pero también los hay nacidos en México y en Georgia. En cuanto al domicilio, tengo hermanos que viven en Dublín, otros en los Países Bajos y otros que se mudan de Tbilisi (ciudad que aprendí a señalar en el mapa gracias a ellos) a Guadalajara (no precisamente la de Castilla la Mancha, sino la de Jalisco- México).

Y al mismo tiempo, me identifico como monja de clausura. Hija de estos mismos padres y amante de los viajes y la diversidad, como ellos. Pero viviendo en un Monasterio donde, por lo general, discurre mi día a día sin salir de los muros ocho veces centenarios que nos envuelven.

Me di cuenta que, a través de ellos, como de cada persona que comparte con nosotras, las monjas nos acercamos a la belleza de este mundo nuestro que no estamos llamadas a despreciar (como a veces se ha podido pensar), descubrimos la riqueza de cada cultura, la grandeza del Creador que nunca se repite y se manifiesta en lo imprevisible de la vida, pequeño o grande; nos abren a una realidad mucho más amplia y rica que por lo general no podríamos conocer en una vocación de clausura. Y también nos hacen “vivir con los pies en la tierra”; nos acercan a la necesidad concreta de este mundo que tiene que pagar facturas, que no puede viajar a ver a su familia por el precio de los carburantes o que no ha vuelto a dormir una noche de continuo desde que nació el tercero. Es decir, vosotros, los que estáis “al otro lado de la reja” enriquecéis nuestra alabanza al Creador y hacéis que nuestra intercesión sea concreta y aterrizada.

Al mismo tiempo nosotras estamos llamadas a recordar –ser signo- con nuestra existencia que, si es verdad que su “patria son sus zapatos”, no lo es menos que “nuestra Patria es el Cielo”. Que frente a Dios… todo se relativiza. Lo bello no deja de serlo, pero es nada comparado con la Fuente de su belleza. Las preocupaciones no dejan de estar, pero se hacen más ligeras cuando las ponemos en Sus manos.

El otro día, delante de aquella cámara, pensé sinceramente que en cada uno se daba esta tensión. No es que ellos vivan una dimensión y nosotras otra, sino que cada uno vive en sí mismo esta aparente contradicción; que somos del mundo sin ser del mundo. En efecto, como dijo san Pablo: “Todo es vuestro”, pero eso solo lo disfrutamos de verdad, sin el hastío que tantas veces experimenta el mundo consumista y acumulador de experiencias sin sentido, cuando no perdemos de vista el resto: “vosotros de Cristo y Cristo de Dios”.

Sor Teresa Cadarso, OP