¡Cuánto daño ha hecho el Concilio!
El título de esta entrada en la web tiene un propósito: captatio. Por ello, tengo que añadir que, al leerlo, se debe activar el «modo irónico».
Y es que hace unos días visitaba este país un cardenal; en concreto Müler (Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe). Y en uno de sus discursos -según los medios de comunicación- dijo lo siguiente: «El Concilio Vaticano II fue la chispa para la ruptura de la Iglesia». No sé yo si estas palabras -de ser ciertas- son acertadas para decirlas en público; no sé yo si muestran amor -el de verdad- a la Iglesia; no sé yo si nos encontramos ante alguien que pudiera ser que no acertó en su vocación, dado que da la impresión de que la política -la populista claro está- es su verdadera pasión.
Sea como fuere, estas palabras pronunciadas por todo un cardenal confunden más que ayudan; desconciertan más que alientan; alejan más que evangelizan. Y confunden, desconciertan y alejan aún más si cabe, al ser pronunciadas en un congreso-homenaje a Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) quien, el pasado 20 de octubre escribía sobre la «necesidad del Concilio, a pesar de las muchas dudas que hubo sobre el mismo».
Me parece a mí que mucho congreso, mucho homenaje, reconocimiento y gratitud al Papa emérito, pero creo que la finalidad era otra bien distinta. Pobrecillo. A sus 95 años, todo un sabio, utilizado como conejillo de Indias.
Por esos días en los que leía estas noticias llegó a mis manos el nuevo libro publicado por el fraile dominico Jesús Espeja: «La eternidad en lo efímero. Evolución y esperanza» (EDIBESA 2022). Y echando un vistazo al índice, en un primer acercamiento al libro, veo que Espeja dedica el primero de los apartados a «la novedad del Vaticano II». Siempre con un estilo sereno que hace agradable la lectura de sus obras, Jesús Espeja nos habla de diálogo, renovación, entusiasmo, apuesta, ilusión, compromiso. Nos narra en primera persona cómo el Concilio fue un acto del Espíritu. Y digo bien, en primera persona, porque habla de que «las cosas solo se comprenden cuando se viven». Y él lo vivió in situ porque sentía que era «una experiencia privilegiada para la generación de los entonces jóvenes profesores de teología», entre los cuales se encontraba. Quizá por ello Jesús Espeja no se cansa de manifestar que el mayor acontecimiento eclesial del pasado siglo, el Vaticano II, fue «un intenso momento de gracia»; «una nueva luz para un sincero y coherente itinerario de fe»; «un verdadero aire nuevo… de primavera». Así las cosas, con esta reciente publicación y siendo consciente de que no ha calado del todo lo expresado por el Concilio, este fraile dominico alienta para que no sigamos instalados en la seguridad del pasado y despertemos -porque estamos absolutamente dormidos- para que todo en nuestra vida de creyentes tenga su verdadero sentido.
Podríamos decir -sin ánimo de exageración- que Jesús Espeja es todo un profeta de la esperanza. Sí, porque la deposita, siguiendo las intuiciones del Concilio, solo en Dios. Sin embargo, los «profetas de calamidades» -esos que profetizó el santo papa Juan XXIII al comienzo del Concilio- siguen existiendo. Y tienen a sus herederos -que no son solo los que visten de púrpura- envueltos en su mismo vicio religioso radical. Ahora igual que entonces, poseen una ceguera religiosa que es a veces tan dura, que da la impresión que solo muestran el vacío de una religión que no une con Dios.
Gracias, Jesús, por este nuevo libro con el que sigues intentando que abramos los ojos para poder descubrir «una Iglesia pobre, a la intemperie y sin apoyaturas de los poderosos».
Fr. Ángel Fariña, OP
