Religión

El noveno modo de orar de Santo Domingo y el Camino de Santiago

Desde hace mucho tiempo suelo tomarme cuatro o cinco días de retiro espiritual o de ejercicios espirituales, como se conoce más comúnmente esta práctica aquí en España. Solía ir, preferentemente, a un monasterio cisterciense; sin embargo, el año pasado quise vivir la experiencia de hacer el Camino de Santiago. Decidí celebrar mi cumpleaños número 50 combinando el senderismo —una de mis actividades favoritas— con la piedad, y qué mejor lugar para ello que el Camino de Santiago.

Como era mi primera vez, no quise arriesgarme a ir solo y opté por hacerlo en modo «turigrino», con un grupo organizado por una agencia especializada. La experiencia me cautivó y este año quise repetirla, pero esta vez de un modo propiamente peregrino.

De acuerdo con los modos de orar de Santo Domingo, el noveno nos cuenta que, cuando iba de un lugar a otro, ya fuera solo o apartándose un poco de sus compañeros de viaje, disfrutaba de sus meditaciones en soledad contemplativa. En esta ocasión iba a hacer el Camino con un buen amigo de muchos años, pero a última hora tuvo que cancelar. Así pues, me encontraba en un escenario propicio para seguir los pasos de Domingo: caminar a solas, orar y contemplar.

Mientras se camina en soledad, dejándose arropar por los sonidos de la naturaleza, la baraúnda de pensamientos se aquieta. Uno se vuelve más consciente uno mismo, del cuerpo, y la oración —específicamente el rezo del rosario— se vive más plenamente como lo que es: un camino que se recorre con María al encuentro de Jesús. Al meditar los misterios, uno reflexiona sobre los gozos, la pasión, las glorias y las luces de la propia vida y de aquellos que se encomiendan a nuestra intercesión. Se contempla cómo la vida de Jesús ilumina todas esas realidades. Un ejercicio muy propio del contemplata.

Pero la gracia que dispensa Dios en el Camino consiste en que nunca se está completamente solo, a demás de su compañía que se experimenta de manera singular, uno va encontrándose con otros caminantes con quienes entra en contacto gracias a la complicidad de la jornada. En esta ocasión decidí llevar puesto el hábito durante todo el recorrido, lo que facilitó entablar conversación con otros peregrinos. Muchos de quienes se acercaban sentían curiosidad por lo que hacía, por mi estilo de vida y por mi manera de ver el mundo. De esa forma, también se hizo posible poner en práctica el aliis tradere.

Así, este camino me regaló encuentros con personas y sus historias: el belga que reside desde hace muchos años en España, católico porque sus padres lo bautizaron, con escasa formación doctrinal y poca simpatía hacia la Iglesia, pero que, por el servicio que presta, sus principios y sus valores, vive en la práctica una vida profundamente cristiana; la mujer china que, en su segunda visita a Occidente, decidió hacer el Camino para conocer mejor la cultura y las creencias religiosas de esta parte del mundo, con ella pude conversar largamente gracias a sus preguntas inteligentes y profundas, a su capacidad de escucha y a su respeto, así como a la traducción de Favio, fundador y presidente del grupo de chinos amigos del Camino; la mujer australiana y su hija dominico-australiana, que llevaban casi dos semanas caminando desde Oviedo; la mujer de Hawái, con quien crucé pocas palabras, pero compartí más de diez kilómetros de silencio; la mujer colombiana, residente en Inglaterra desde hacía muchos años, que vino a despejar la mente y afrontar un cambio radical en su vida; el italiano y la tailandesa, lastimados en los pies por el rigor del camino, pero que, con tenacidad y alegría, seguían avanzando hacia la meta; el grupo de exiliados vietnamitas residentes en Estados Unidos, muy devotos y creyentes, que me identificaron rápidamente como dominico y con quienes compartí, con gran sentido fraterno, ideas y vivencias.

Y así muchos otros. En todos esos encuentros, de alguna manera, se ofrece una luz de esperanza y algo de veritas; pero, sobre todo, se recibe y se alimenta la propia. Todo esto, unido a la ascética propia de un itinerario de al menos cien kilómetros, hace del Camino una experiencia de gracia, fraternidad y bendición. Justamente lo que se busca en la oración.

Fray Diego Rojas, OP