Pasión
Con cierta frecuencia me pregunto si el que eligió la portada de mi libro se lo había leído. El borrador había sido entregado con el título: ¡Yo quiero!, como síntesis de una personalidad apasionada y atrevida de esta santa mujer con cuyo acercamiento pretendía que nos contagiara vitalidad al común de los mortales. Pero desde la editorial me pidieron un subtítulo que incluyera su nombre: Pasión de Catalina de Siena, les propuse. Y lo aceptaron. Cuando utilicé la palabra pasión estaba pensando en la acepción 7 de la RAE: Apetito de algo o afición vehemente a ello, que incluye como sinónimos: deseo, entusiasmo, fervor, vehemencia. No se me ocurrió explicar el motivo por el que sugería ese subtítulo, sino que me pareció en evidente relación con su característico y apasionado Io voglio –¡yo quiero!− que lo precedía y que tan bien definía a Catalina de Siena.
Craso error. Los editores debieron entender por pasión «acción de padecer», y plantaron una Catalina coronada de espinas, con rostro pálido y ojos enrojecidos. Qué desgracia la mía. Cuatro años queriendo plasmar el perfil más humano de Catalina, y le ponen una portada que echa para atrás y la eleva por encima de nuestras posibilidades.
Después de todos estos meses avergonzándome al tener que mostrar el libro, nos encontramos en plena Semana de Pasión y me pregunto si, al final, la confusión pudiera tener algo de sentido. Me he dado cuenta de que una acepción conduce irremediablemente a la otra, a pesar de nuestros temores y preferencias.
«Si el amor no le hubiera sujetado, ni los clavos ni la cruz hubieran sido capaces de hacerlo», escribe santa Catalina en varias ocasiones, refiriéndose a Jesús (Carta 95, en Epistolario p. 473). Él era Dios. Él sí podía haber evitado el padecer, pero el Amor lo retuvo. O, más que retener –como si se tratara de una encerrona a la que se resignara− fue el amor el que lo empujó hacia la cruz: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lc 22, 15) «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente» (Jn 10, 18). «El Hijo nos dio la vida corriendo, como un enamorado, a la afrenta de su muerte en la cruz. ¿Cuál fue la razón? El amor a nuestra salvación». (Santa Catalina de Siena, Carta 13, en Epistolario p. 253).
Así que, no hay Pasión sin pasión. Porque es la pasión por cada uno de nosotros la que hace que la Pasión de Cristo no sea la absurda muerte de un fracasado. Querríamos vivir apasionadamente sin tener que padecer, pero no hay amor sin sufrimiento. Y solo el amor puede dar sentido a nuestros padecimientos personales. La vida sin pasión es una mentira. Hemos sido creados para amar. Y amar es padecer. No es solo eso, pero sí lo es en algunos momentos y circunstancias.
«El Cantar de los Cantares dice así “que el amor es fuerte como la muerte”. Algunos sentimentales querrían que el versículo afirmara que el amor es más fuerte que la muerte. Sueñan con una abolición de ésta en aquel. Es una finta. El amor, en tanto que potencia vivificante, tiene una potencia mortal. No abole la ley de la muerte física. La realiza. Nos pide morir por el otro, ordena la desmesura del sacrificio. Morir por amor, por la justicia y la misericordia, es signo de la suprema vitalidad, sin la cual ya estaríamos muertos en el alma». (Fabrice Hadjadj, Tenga usted éxito en su muerte, pág. 87)
Me podrán decir, con razón, que no hay que ser tan radical. No podemos ni tenemos que plantearnos esto cada día y a cada hora con esta intensidad. La vida discurre más en lo anodino y el amor es heroico en la constancia más desapercibida. Pero si nuestro amor no tiene un punto de pasión no asumiremos lo que conlleve de injusto, e irracional o, mejor dicho, de gratuidad. Si nuestro amor no nos urge hasta dar la vida, no permanecerá ante el sufrimiento y el fracaso. No serán las circunstancias, ni los compromisos, ni la falta de fuerzas los que nos hagan permanecer en la entrega de la vida. Bajaremos de la cruz, del modo que sea, mientras no sea el amor el que nos sostenga en ella.
«El último acto de libertad es tan importante que sella nuestro destino eterno. En ese momento ya no hay más que dos posibilidades: o bien morir en el amor, o bien morirnos rechazando el amor. En esa decisión se jugará nuestra bienaventuranza eterna o nuestra condenación eterna. No tiene usted otra alternativa. O bien morir rindiendo homenaje al misterio, o bien morir encastillado en su propio ego. O bien un tránsito que lo abra a usted al infinito, o bien un deceso que lo encierre en sí mismo para siempre». (Fabrice Hadjad, Tenga usted éxito en su muerte, pág. 410).
Sor Teresa Cadarso, OP

Pingback: Pasión: amar hasta las últimas consecuencias
Pingback: San Antonino, la altura moral de un dominico - La Llama