Opinión

Manchas de sangre en las manos

Hay decisiones políticas que no son simplemente discutibles. Hay decisiones que manchan. Que dejan rastro. Que, aunque se envuelvan en tecnicismos jurídicos, desprenden un olor difícil de ocultar. La excarcelación de la etarra Anboto es una de ellas.

Y hay que decirlo sin medias tintas: decisiones como esta no son neutras. No son inocentes. Son decisiones que, en la percepción de muchísimos ciudadanos, manchan de sangre las manos de quienes las permiten, las justifican o las facilitan. Sí, también las del propio Gobierno de Pedro Sánchez.

Porque aquí no estamos ante una simple aplicación mecánica de la ley. No nos tomen por ingenuos. Aquí ha habido ingeniería jurídica, interpretación interesada y una clara voluntad política de allanar el camino. Allò que en català diríem “fer passar bou per bèstia grossa”: hacer pasar algo inaceptable como si fuera normal.

Nos dirán que todo es legal. Y puede que lo sea en el papel. Pero hay legalidades que nacen torcidas, que se fuerzan hasta el límite para conseguir un resultado previamente decidido. Y cuando eso ocurre en asuntos relacionados con el terrorismo, el problema deja de ser técnico y se convierte en moral y político.

El contexto lo explica casi todo. Un Gobierno sostenido por quienes nunca han roto del todo con el pasado de ETA. Un Ejecutivo que necesita esos votos para seguir en pie. Y, de repente, decisiones que benefician a quienes forman parte de ese mismo ecosistema político. ¿Casualidad? Va, home, va… cuesta creerlo.

Lo más grave no es solo la excarcelación en sí. Lo verdaderamente preocupante es el mensaje que transmite: que el poder está dispuesto a estirar la ley hasta donde haga falta si con ello asegura su supervivencia parlamentaria. Que la memoria de las víctimas puede quedar subordinada a una negociación política. Que todo es intercambiable.

Y ahí es donde el Gobierno pierde autoridad moral. Porque, ¿con qué legitimidad puede defender la unidad de España, el Estado de derecho o la dignidad de las instituciones, si, al mismo tiempo se apoya en quienes quieren romperlas? Es una contradicción insostenible. Una especie de “peix al cove” llevado al extremo más cínico: lo importante es seguir gobernando, aunque el precio sea erosionar principios básicos.

Y, sin embargo, hay una pregunta incómoda que también interpela a quienes suelen hablar en nombre de la conciencia moral de la sociedad: los obispos. ¿Dónde está hoy esa voz? Porque el cristianismo no se entiende sin mirar al prójimo concreto, herido, olvidado en el camino —como en la parábola del buen samaritano—, y detenerse ante él. No pasar de largo. No justificar el silencio. ¿Por qué actúan así con cobardía y mirando a otro lado?

Mientras tanto, las víctimas vuelven a quedar en segundo plano. Otra vez. Siempre después. Siempre olvidadas en el momento decisivo. Y eso no es reconciliación ni convivencia. Eso es, sencillamente, una forma de abandono.

Esta excarcelación no cierra heridas. Las reabre. Y, sobre todo, deja una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar este Gobierno para mantenerse en el poder?

Porque cuando la respuesta empieza a parecer “hasta donde sea”, entonces el problema ya no es solo político. Es un problema de credibilidad democrática. Y de dignidad.

Arnau Sunyer i Clota