De lo ordinario y lo extraordinario
Después de un mes en la pequeña isla de Bioko, en el patio de Maravillas, trato de hacer una retrospectiva, y las imágenes se superponen en los tiempos, desde que empecé a venir hace tres años… Siempre el mismo período, siempre la misma rutina, o quizá no. Porque aunque sean las mismas aulas, son otros los alumnos, aunque sean los laudes por la mañana siempre a la misma hora con las Martas, los ciclos de la liturgia van cambiando, y las vidas de cada una se van impregnando cada día de la oración, como si esta fuera nueva.
Es curioso caer en la cuenta que la misión en Malabo no es hoy para mí algo extraordinario. Más bien este tiempo se va entrañando en un ritmo cotidiano, de encuentros, responsabilidades, a veces también desencuentros, que me acerca más a la gente y me invita a comprender sus esperanzas, a compartir sus dificultades, muchas veces sin poder hacer gran cosa, sino tan solo estar… y escuchar.
También me voy interesando y acercando a la vida cultural de aquí, por decirlo de alguna manera, pues, fuera de las escuelas, esta se reduce a la mínima expresión, Centro Cultural Español, Instituto Francés y poco más, a veces el Centro ecuatoguineano. Los jóvenes no tienen espacios de creación o actividades más allá de los coros parroquiales, donde los hay, por ejemplo en Maravillas.
Además he conocido a un artista local, con el que estoy preparando unos lienzos muy especiales en su estudio. Quizá hagamos una exposición conjunta. Todo esto me permite sentir el pálpito de otros modos de vivir. La vocación y proyección artística en esta ciudad y en ese país es mucho más difícil de lo que pudiera imaginar.
Me hago muchas preguntas acerca de la cultura y la inculturación… Lo tradicional-tribal, tan difícil de ensamblar en las competitividades del día a día. El colonialismo, las misiones en la época colonial, con sus lastres, la religión como ideología, el neocolonialismo económico, con la correspondiente estela de corrupción. El racismo aquí y allá, explícito u oculto, etc.
La misión de Yaoundé, desde otra perspectiva, pues aquí es académica, y allí fue sanitaria, me cuestiona aún más, aunque también me enriquece, porque me ayuda a trazar mapas mentales y afectivos, de relaciones entre las dificultades y los sufrimientos del día a día, que limitan, no ya los proyectos de futuro, sino los horizontes del presente mismo…
Por cierto, aquí tengo que citar una escuela de singular aprendizaje. Como no hay apenas transporte público, se hacen los desplazamientos por la ciudad en taxis (mayormente desvencijados, pero utilizables). Siendo que ya vengo conociendo los lugares de destino más habituales en mi día a día, viajo por mi cuenta y en general los taxistas, por curiosidad o por aburrimiento, se dan a la conversación, hablamos de España, de Malabo, de Bata, de la escuela, de la Iglesia, de la familia, de la Sanidad, de los embarazos prematuros, del estado de las carreteras, poco del tiempo sofocante que aguantamos sin aire acondicionado en el vehículo… Ayer viajé con un (taxista) filósofo, me dieron ganas de invitarle a mis aulas de Claret. El otro día fue con un (taxista) evangélico que me tomó por una monja y me planteó un montón de preguntas, tipo catequesis, o teología existencial, sobre ciertas particularidades de la fe católica. En realidad él conocía las escrituras casi mejor que yo, al menos por lo que se refiere a las citas literales y numéricas de san Pablo. Así recordé aquello del mismo san Pablo, sabed dar razón de vuestra fe.
Y así se van tejiendo y consolidando en la actividad y el trabajo cotidiano los aprendizajes, a veces insólitos, en lo ordinario y extraordinario de vivir en salida, de estar en misión, de caligrafiar márgenes de barrizales y cuadernos, de hacer barrio. De ensanchar el corazón y de superar tantos prejuicios.
Sagrario Rollán
Desde las misiones dominicas de Yaoundé y Malabo

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