Vivir sin agua corriente
Hace un par de semanas me propusieron pasar un tiempo en nuestra comunidad de Mvog-Betsi, casi al lado del hospital, para “tener otras experiencias”. Dicho así, ¡me encantó! A fin de cuentas, la vida es eso, una serie de experiencias que – quieras o no – te van configurando, te abren horizontes, te llevan a prestar atención a cosas en las que nunca te habías detenido y te obligan a conocerte mejor a ti mismo. Dentro de las experiencias encontramos de todo, buenas y malas, pero si prestamos suficiente atención, de todas algo aprendemos y todas nos ayudan a crecer.
Si esta propuesta va de nuevas experiencias, sin duda la primera ha sido la de vivir sin agua corriente. En “nuestro (primer) mundo” tenemos ya problemas de escasez de agua y hay un sinfín de campañas de concientización para ahorrarla, las noticias nos bombardean con la falta de lluvia, los campos secos, los pantanos bajo mínimos históricos. A pesar de todo, abrimos el grifo y tenemos agua…. y me atrevo a decir que la mayoría cuidamos el agua mucho más de palabra que en la práctica.
Hasta ahora, en la otra casa, había experimentado día sí y día también los cortes de agua, pero con la comodidad de tener un depósito en la parte de atrás en donde llenar los cubos. Ahora experimento una nueva realidad: vivir sin agua corriente, realidad que comparto con todo el barrio, y con una importante parte de la población. Que en el barrio no haya agua corriente hace que la experiencia se convierte en las experiencias, porque la vida sigue y todo sale adelante, pero la logística y los planes cambian del todo. Yo inevitablemente me posiciono en la “casilla de salida”, como si de un juego de mesa se tratara, pues en esta materia soy la novata, no tengo ni idea de dónde buscar agua, ni soy capaz de traerla a casa.
Los aprendizajes son múltiples y variopintos. Aprendí ya que lo primero que resulta imprescindible es organizarse en dos sentidos. El primero: cada día ir con los bidones de 20 litros a buscar agua, y que ir en grupo y trabajar en cadena es mucho más práctico. El segundo: utilizar muy responsablemente el agua, porque esa es la que tenemos para todo: baño, ducharse, cocinar, limpiar, lavar la ropa, potabilizar para beber… Si llueve, podemos aprovechar la canalización de esa agua para el baño y alguna cosa más, y es un alivio dar alguna vuelta menos…. pero la estación seca anuncia ya su llegada, y cada vez llueve menos.
Traer agua es toda una aventura (para mí – la novata). En el barrio hay algunos pozos de perforación a donde podemos ir a buscarla. Los dos que tenemos más cerca son propiedad privada, esto significa que son particulares que han perforado, encontrado agua, y a determinadas horas del día, si hay luz eléctrica (tema para otra reflexión) abren su casa para que los vecinos vayamos con nuestros bidones para rellenar. A la salida, miran cuántos rellenaste y pagas, generalmente 50 francos por bidón (unos 8 céntimos). Es decir, dependes de que el vecino abra, y de que haya luz eléctrica para que la instalación funcione.
Luego hay que cargarlos hasta casa. Ante esto solo puedo admirar la fuerza de mis hermanas y de mis vecinos. Nuestro barrio es todo cuestas, subir o bajar tiene ya su aquel, pues imaginémonos hacerlo con un bidón de 20 litros de agua. Hay quien los carga con una mano, quien los ata con una tela para llevarlos en la espalda, y quienes los cargan sobre la cabeza ¡menuda fuerza y menudo equilibrio! Yo no soy capaz de hacerlo de ninguna de esas maneras, de hecho, no soy ni capaz de levantar un bidón de ese tamaño a dos palmos del suelo.
Los primeros días no me dejaban ir por agua porque no se hacerlo y para evitar lesionarme. Aun entendiéndolo y agradeciéndolo, me sabía mal estar solo mirando y luego tener agua. Así que un día dije que iba con “algo pequeño” para colaborar yo también. ¡Menudas risas! hasta los niños cargaban más agua que yo. Más allá del episodio de risoterapia, ir me sirvió para aprender en donde está el grifo, ver la cola de gente esperando, valorar el tiempo que se tarda en poder llevar agua a casa, el esfuerzo físico necesario… De todo esto no era (de verdad) consciente. Tuve que experimentarlo para terminar de entenderlo y apreciarlo. Quedó claro que no soy un buen elemento para transportar agua, pero puedo ser más útil haciendo cola o rellenando los bidones para que mis hermanas se los lleven.
El no tener agua corriente me ha llevado a pensar en todas las oportunidades y los privilegios que tenemos cuando podemos simplemente abrir el grifo, pues estos van mucho más allá de la comodidad. A nivel de tiempo, en una hora buscando agua te daría tiempo a hacer la compra, a tomarte un café con una amiga, ir al gimnasio, descansar un poco más o seguir enganchado a la serie de turno; podrías… elegir entre tantas cosas… A nivel de estudios, un niño podría hacer los deberes o repasar para su examen; podrías tener una tutoría o dedicar más tiempo a tus proyectos o tesis … y eso cada día. A nivel de salud, me planteo los efectos a largo plazo de cargar tanto peso de manera continuada. A nivel organizativo, nunca había medido tanto el agua que gasto, jamás había imaginado que con un cubo te puedes duchar dos veces… o hasta 3 si hay poca agua. Nunca había calculado cuántos litros de agua gasto cada día, ahora no puedo evitar pensar en cuántos bidones serían, a donde hay que ir a buscarla, el trayecto para traerla, lo que pesa….
En fin, que la vida sigue y todo sale adelante, pero el orden de prioridades y las oportunidades a las que tienes acceso cambian. Y de esto no sé hasta qué punto somos verdaderamente conscientes cada vez que cómodamente abrimos el grifo.
Mónica Marco
