Cuando uno se sabe despedir, se queda en lo que deja
Hay personas que, cuando se van, dejan el lugar un poco más vacío, sí, pero también un poco más lleno de sentido. Porque su manera de estar —tranquila, atenta, generosa— ha ido sembrando silenciosamente cosas buenas que ahora, al irse, florecen en la memoria y en el corazón de quienes nos quedamos.
En mi trabajo se ha marchado un compañero. Pero no se marcha cualquiera. Se marcha alguien que ha sabido estar. Que ha sabido escuchar sin prisa. Que se ha entregado sin medida. Que ha pensado en los demás antes que en sí mismo. Que ha sido bueno —de esa bondad que no hace ruido pero que se nota, se agradece y se admira—.
Ha sido un ejemplo de compañerismo, de dominicanismo, de fraternidad, de humildad. Y ahora, también, nos ha dado una lección magistral de cómo se tiene que despedir uno: sin hacer ruido, sin protestar, pero dejándolo todo lleno.
El recientemente fallecido Pepe Mujica dijo: “No se cansen de ser buenos, aunque ser bueno no sirva para mucho. Sirve para no arrepentirse con uno mismo”. Y ahí puede estar tranquilo: se va con la certeza de haberlo dado todo hasta el final.
Claro que duele. Porque sabemos que va a faltar su presencia, su cariño, su saber estar con una calma que contagia en los momentos difíciles. Pero, por encima de la tristeza hay un sentimiento más fuerte: el agradecimiento. Por el tiempo compartido, por la confianza, por la amistad construida a base de lo sencillo. Por las risas y también por los momentos difíciles compartidos, que entre pandemias, DANA y otros dramas no han sido pocos.
Despedirse bien no quita el adiós, pero lo suaviza. Porque cuando uno se despide así, con el corazón lleno y la conciencia tranquila, deja la puerta entreabierta, porque lo importante no es la despedida, sino lo que permanece.
Santiago Vedrí
