El Rummikub de la vida
¿Cuántas veces hemos escuchado eso de que las cosas de la vida “son cuestión de suerte”? El tema concreto, por lo general, es casi lo de menos, porque si nos va bien o mal, fue la suerte que nos tocó. Personalmente me parece una salida por la tangente, porque no todo es únicamente cuestión de suerte, entran en la coctelera nuestro empeño, trabajo, dedicación, medios, acceso a oportunidades y un largo etcétera. También hemos de admitir que muchas veces achacamos a la “suerte” esos momentos en que las cosas no nos salen como hubiéramos querido. A veces pienso que es un “pensamiento de consolación” para intentar descargarnos del sentido de culpa. Y esto es precisamente sobre lo que empecé a reflexionar la otra noche jugando al Rummikub. Quizá parezca muy trivial esto de comparar la vida con un juego de mesa, pero creo que de alguna manera tiene sentido.
A quienes nos gusta algún juego de mesa, no podemos negar que las partidas se vuelven mucho más interesante cuando todos los jugadores están entregados al juego, cuando todos conocemos “al dedillo” las normas, y nuestra cabeza es un hervidero de hipotéticas próximas jugadas y estrategias. En un juego como este, de fichas y en las que el tablero puede llegar a tener gran dinamismo, cada jugador estamos deseando que nuestra combinación de estrategia, fichas y suerte sea la óptima para deshacernos de todas las fichas antes que nuestros contrincantes; o en el peor de los casos, si alguien más gana, que nos hayamos quedado con la menor suma posible de puntos (en este juego gana el primero que coloca todas sus fichas, y de entre los perdedores, cuanto menos puntos tengas, mejor).
En las distintas partidas creo que es posible identificarse – principalmente – con 3 tipos de sentimiento: éxito, fracaso e impotencia.
Hablar del éxito es fácil: ganar partidas es muy satisfactorio y no se diga cuando eres tú quien gana varias partidas consecutivamente. ¿Quién no haría un chascarrillo o dejaría de colgarse una medalla imaginaria? Este sentimiento es fácil también de identificarlo en la vida. Son todos esos momentos de celebración por los logros, el trabajo bien hecho, los reconocimientos, ese viaje tan deseado, un premio, un cumpleaños bien celebrado….
El fracaso lo experimentamos cuando, teniendo intentos y estrategias, jugamos, pero a pesar de nuestros esfuerzos no ganamos. Tuvimos la oportunidad de jugar, de robar fichas, de colocarlas… vamos, que cosas hicimos, unas mejor otras peor, pero no fueron suficientes para ganar. El problema aquí es que estamos acostumbrados a ganar o perder. Todos queremos ganar, eso está claro, pero la pena es que cada vez tenemos más olvidado aquello de que “lo importante es participar”. En la vida pasa lo mismo. Tenemos un contexto, unos medios, unas oportunidades y cada uno de nosotros vamos tomando decisiones, las que creemos más adecuadas en cada momento, pero no siempre tenemos ni toda la información, ni toda la formación, ni las oportunidades que se nos presentan se adecúan a lo que tenemos o sabemos, incluso hay ocasiones en las que todo podría cuadrar, pero no somos capaces de verlo.
El tercer sentimiento es la impotencia. En el juego la viví con absoluta desesperación. Es un juego que se me da bien, veo las jugadas – o muchas de ellas – y suelo ganar, a veces perder, pero siempre puedo jugar. En esta ocasión todo fue distinto. Primera ronda: nada que bajar, así que a robar una ficha. Segunda jugada, nada que bajar, así que a robar. Tercera jugada…. Cuarta… quinta…. El resto de jugadoras fueron bajando al tablero sus jugadas, complementando, moviendo fichas, robando alguna….. ¿y y?…. nada que bajar, robar; nada que bajar, robar. Desesperante, increíble. ¿Cómo podía ser que ronda tras ronda no tuviera yo ni una triste jugada completa que poder poner sobre el tablero? Era lo que había, y lo que hubo. De pronto, en una de las rondas, una de las jugadores colocó su última ficha. Ella había ganado la partida, las otras contaban sus puntos y yo miraba, incrédula, mis fichas…. ¡no cabían en el soporte! No solo había perdido (requeté-perdido), sino que tenía una sensación de fracaso y de impotencia muy grande. ¡Es que no había podido ni jugar, solo había robado fichas! Pero no había ya nada que hacer, la partida había terminado.
Y fue aquí cuando comencé a relacionar esto con la vida. Tomé conciencia de que hay muchas (demasiadas más bien) personas que esto es lo que experimentan a lo largo de su vida o en alguna etapa de su vida. Están ahí, participan en el “juego de la vida”…. Pero ronda tras ronda van robando una nueva ficha buscando una nueva oportunidad, poder bajar y utilizar esas fichas que tienen: sus capacidades, sus estudios, su ilusión. Aquí tomé conciencia de que, efectivamente, la vida puede ser como una partida de Rummikub: todas las fichas están en juego (estudios, oportunidades laborales, salud, vivienda, etc.), pero ronda tras ronda robamos fichas que están boca abajo. Juegas con lo que te toca y muchas veces a pesar de tu buena visión y tus estrategias, no consigues las fichas que te hacen falta. Esto lo relacionaba con la desigualdad y la falta de acceso a oportunidades de todo tipo. Quizá – y por supuesto salvando las distancias y hablando del tema con el máximo respeto – es esta la realidad que viven muchos parador, muchos mayores, tantas personas de “mediana edad” que no consiguen una nueva oportunidad laboral….
Es verdad que en la vida hay muchas cosas que están en nuestra mano hacer, gestionar, buscar, trabajarlas. Pero es igualmente verdad que para muchas personas, en nuestro mundo de hoy, la vida puede asemejarse a una partida de Rummikub como esta, en la que a pesar de todo esfuerzo y empeño, las fichas que te da la vida no son las adecuadas para que puedas jugar.
Quizá esta reflexión haya venido a raíz de una mala partida en un juego, pero quiero pensar que de alguna manera también tiene un cierto regusto a reflexión misionera. La vida te da unas fichas para jugar, pero las reglas no tendrían por qué ser tan rígidas ni tan individualistas como en el Rummikub. En la vida siempre tenemos la oportunidad de echar un ojo a las fichas de nuestros vecinos y de alguna manera movilizarnos para que su juego cambie a mejor.
Mónica Marco, CSD
