Opinión

El arte de opinar

Me ocurre con cierta frecuencia en la venta de pastas. Consultan el precio y piden una o dos cajas. Pregunto de qué modelo las quieren y contestan: De las que sean, me da lo mismo. Generalmente insisto, explico los sabores y las diferencias, hasta que se deciden por una concreta. Pero a veces voy con prisa y les hago caso. Sin empeñarme más en una elección concreta, meto un par de cajas en la bolsa. Sin embargo, cuando voy a cobrar, las sacan, las miran y añaden: No, de estas no. Domino el genio, sonrío y añado: ¿de cuáles sí? Mientras por dentro me pregunto la veracidad de su primera respuesta aparentando indiferencia.

Cuando era niña, pasé varios veranos en la casa de una amiga en la que generalmente había gazpacho para comer casi a diario. A mí, que venía de América latina, aquello me sabía raro, pero la buena educación me prohibía reconocerlo. Cuando la madre de familia me preguntaba si prefería un poco de aquel zumo de tomate, para no decir que no, solía levantar los dos hombros a la vez, fingiendo aquello de: me da lo mismo. Hasta que el padre comenzó a interpretar mi gesto como un no. Dejé de comer gazpacho, pero también dejé de tomar coca-cola o helados. Porque para todo levantaba los hombros y para todos aquello comenzó a significar que no.

Lo contrario al capricho no es la indiferencia. Se puede ser agradecido y tener preferencias o distinguir entre una cosa y su versión 2.0. Se puede aceptar que las cosas no sean del todo a tu gusto sin tener que fingir que te encantan. Si no me preguntan, no suelo dar mi opinión. Pero si me la preguntan… ¿tengo que mentir? No me importa que me ignoren, pero no entiendo muy bien para qué se pregunta un parecer si no es para, al menos, considerarlo. Menos aún puedo comprender que tu interlocutor se enfade cuando, al preguntarte la opinión, no has respondido lo que esperaba.

Los acontecimientos de los últimos dos años me han enseñado a relativizar. Pero, curiosamente, esto no ha significado un aumento de la indiferencia o una menor implicación. Y no creo que esto sea una contradicción. Al contrario, al mismo tiempo que he aprendido a valorar y seleccionar lo importante en esta vida, reordenar las prioridades me ha enseñado a apostar sin disimulos por lo que considero que vale la pena, aun cuando no sea lo mayoritariamente aceptado. Hace ya algún tiempo que vengo reflexionando sobre el argumento del relativismo para acallar una discusión. Me refiero a la postura de quienes insisten en: ¡Da lo mismo! para forzarte a que abandones tu postura. No entiendo esa lógica. Se trata de una presión inducida sutilmente. Cuando tú no has afirmado en ningún momento que aquel tema te dé igual; es más, cuando has manifestado claramente que consideras un criterio, cambio, o elección concreta argumentando con tal o cual posible beneficio… sucede que quienes detentan el poder de la mayoría, la autoridad del “siempre se ha hecho así” y la silenciosa ventaja de lo acostumbrado, apuestan por un relativismo que ellos no viven, sino que te imponen. Si da igual… ¿por qué no ceden? Si da lo mismo, ¿por qué intentan que sea yo quien desista?

Por supuesto que hay cosas que no son tan importantes como para que tengan que ser blancas o negras. O tan determinantes que no exista la posibilidad de encontrar beneficios en la amplia gama de posibilidades que se presentan. Relativizar con sensatez no es asentarse en la indiferencia, sino acoger lo bueno que cada ocasión presenta. Tener una mente abierta no es fingir que todo nos da igual, sino saber renunciar en pro de un bien mayor. Tener caridad no es disimular que todo nos agrada, sino precisamente asumir aquello que no nos gusta por una causa más importante que nosotros mismos.

Sor Teresa Cadarso, OP

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