Religión

Ante la Muerte del Papa Francisco a vuela pluma

No por inesperada deja de ser una noticia que tampoco ha sido excesivamente sorpresiva la muerte del Papa Francisco. Ciertamente las últimas noticias, incluso su aparición tras la misa de la Pascua de Resurrección el Domingo 20 de abril, parecía que hablaban de una mejoría tras la larga convalecencia de su enfermedad de casi dos meses. Aún así, un anciano de 89 años, tan castigado por un pontificado de 12 años que ha sido de todo menos tranquilo, tampoco es que augurara demasiado tiempo por delante. Ya este año de Jubileo se comentaba que él lo abría… pero que no se sabía si llegaría a cerrarlo.

Con el calor de la noticia de su muerte me sale recordar a vuela pluma algunos de los momentos de su servicio eclesial, con un filial agradecimiento, como a cada pontífice, y también, no puede ser de otro modo, como con cada pontífice, también con una sana distancia ante alguna de sus medidas y decisiones, de sus expresiones o de sus intervenciones.

Y eso es sano. Si no caeríamos en una “papolatría” que nada tiene que ver con lo que los católicos entendemos al mirar la figura del Papa: la del garante de la unidad de la Iglesia, la del Vicario –“Que tiene las veces, poder y facultades de otra persona o la sustituye.”… pero que no es esa persona…- de Cristo, la de un acompañante cualificado para sostener en la fe a sus hermanos… del que es evidente se puede discrepar mientras no sea ante doctrina o magisterio.

A todos nos sorprendió el primer gesto al presentarse como nuevo Papa: llamarse obispo de Roma y pedir que todos rezásemos por él. Nos hablaba de una comprensión del papado distinta, la de un cardenal que venía de otro continente que el europeo, de los márgenes de la Iglesia, y que llegaba con la voluntad de desempolvar el Concilio Vaticano II, aligerar las estructuras burocráticas pontificas y casi que la pompa y el halo sacro de la figura del Sumo Pontífice. Así también una de sus primeras decisiones de crear un consejo asesor de Cardenales que le ayudasen en su misión de reformar la Curia. Pero sobre todo ese poner los bordes de nuestro mundo, los márgenes, como foco esencial de su mirada y atención. Los descartados, los orillados, los excluidos.

Y ese ha sido uno de sus grandes aportes. Recordarnos constantemente a los pobres, los últimos, los marginados. Así sus lavatorios de pies de jueves santo en cárceles, su constante preocupación por los migrantes como su visita a Lampedusa o la proyectada y no realizada finalmente a Canarias; o la conexión entre su defensa de la naturaleza y un necesario cuidado de la creación, porque quien más sufre al final los desmanes del desarrollismo excesivo de la civilización, son al final los últimos: como en la Amazonía.

Sin ser tan mediático como lo fue san Juan Pablo II, no ha dejado de tener sus minutos de resplandor en los medios, y me recuerdo esas conversaciones en el avión papal con muchas expresiones que se han de comprender mirando a su nacionalidad argentina; o esas entrevistas con jóvenes de todo tipo, orientación y condición, que dejó grandes perlas de comprensión y de misericordia. También su “todos, todos, todos” de las JMJ de Lisboa.

Sus documentos han sido también fuente de alguna polémica necesitada de revisarse. Cuatro Encíclicas (Lumen Fidei; Laudato Si; Fratelli Tutti; y Dilexit Nos) de las cuales Laudato y Fratelli son las que mejor nos hablan de su pensamiento teológico. Siete Exhortaciones Apostólicas de las que sobresalen Evangelii Gaudium; la en algún aspecto polémica Amoris Laetitia y que provocó un conflicto con el grupo de Cardenales más tradicionales; y la Christus Vivit. Pero también junto a esas documentos más magisteriales ha escrito doce Cartas Apostólicas entre las que yo personalmente me quedo con Candor lucis aeternae, en el VII centenario de la muerte de Dante Alighieri; y la preciosísima Patris Corde sobre la figura de San José. Junto a ellas hasta cincuenta y siete Motus Proprios más encaminados a dar forma a sus decisiones organizativas y disciplinares. Sin ser directamente suyas pero refrendadas y recogiendo sus líneas papales ha  habido algunos documentos de Dicasterios que generaron polémicas y ríos de artículos y tertulias, la más recordada la Fiducia Suplicans sobre las bendiciones, incluso a parejas en situación irregular.

De su carisma y forma de ser destacan una inclinación muy propia y muy argentina por un verbo fácil, sencillo, muy comprensible, a veces voluptuoso y largo, con neologismos que le ayudaban a expresar sus ideas (ese “primerear”) y fácilmente entendible en nuestro tiempo (la Iglesia como “hospital de campaña”). También su insistencia en la alegría, su espiritualidad mariana, su constante traer a primer plano a los más desfavorecidos y marginados, o su profunda compasión con los que sufren de un modo u otro las consecuencias de este mundo nuestro.

El tiempo irá diciendo qué papel ha jugado el pontificado de Francisco en el devenir eclesial de la Iglesia en este siglo, lo que no se podrá negar es su intento de abundar las líneas e intuiciones del Concilio Vaticano II en el siglo XXI, su voluntad de “simplificar” y “desacralizar” la Curia Pontificia y la figura del Pontífice, y sobre todo, la de ser una constante memoria de la Misericordia de Dios con todos, especialmente con los descartados por este mundo, los que peor parte llevan a merced de las políticas neoliberales de la globalización.

Que descanse en Paz, que Dios le abra las puertas de la Gloria y que ya esté viendo el Misterio que fue el amor de su vida, el de Cristo Jesús, Verbo Eterno del Padre, con el Espíritu en la Gloria de la Trinidad.

Vicente Niño , OP