Dios realmente camina con su pueblo
Este pasado domingo fue la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado. El lema, como viene siendo habitual, no podía dejarte indiferente: Dios camina con su pueblo. Desde que vi la campaña no pude evitar tener una especie de sentimientos encontrados. Por una parte, en determinadas jornadas, me choca mucho el leer que se “celebra”, pues esto lo relaciono más con motivos de alegría que con realidades a visibilizar, denunciar y luchar contra ellas, pero eso, seguramente son cosas mías. Por otra parte, me el lema me ayudó a centrar, y mucho, mi reflexión.
Me explico: ante el drama de la migración y del refugio, sus causas, los trayectos, la desproporción entre expectativas y realidad, tantas muertes, familias separadas… quizá lo más inmediato es centrar los pensamientos y reacciones en la tragedia, en lo negativo, en todo lo que sería evitable pero seguimos causando. Me parece necesario que reaccionemos así, pero el lema me llevaba a poner en valor – mucho más si cabe – a todas esas personas portadoras de la Buena Noticia que asisten y acompañan a tantas personas migrantes y refugiadas en los países que forman parte del trayecto de las rutas migratorias así como en los países de destino. Venían a mi mente personas, la mayoría anónimas, que son auténticos ángeles de la guarda para miles y miles de migrantes. Veía en sus rostros desconocidos precisamente a Dios caminando con su pueblo en éxodo. Y aunque leamos en Juan 1 que a Dios nadie lo ha visto jamás, yo creo que lo vemos cada día en cada persona que tiene una palabra amable, un gesto amigo, y en este contexto, en cada persona que acoge, atiende y acompaña a los migrantes.
Por si la frase del lema se hubiera quedado corta para la reflexión, las lecturas de la Eucaristía del domingo me daban un buen bofetón al traerlas inevitablemente a la dura realidad de la migración y el refugio. El pasaje de la carta de Santiago (St 5, 1-6), a riesgo de plantear algo no buscado por el autor, creo hace una dura llamada de atención a las causas y efectos de muchos movimientos migratorios, y me ayuda a situarme en esta realidad:
Mirad el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros habéis retenido, está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor del universo.
Habéis vivido con lujo sobre la tierra y os habéis dado a la gran vida, habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza. Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, el cual no os ofrece resistencia.
Quizá sea osado leer estos versículos pensando, por ejemplo, en el lujo con el que vivimos procedente de minas de oro, diamantes y coltán en donde las personas son prácticamente esclavas. O pensar en quienes llegan a cultivar nuestros invernaderos por un “salario” indigno, sin papeles y sin seguridad social. Queremos “los frutos” pero no los queremos “a ellos”. ¿No estamos así asesinando al inocente?
Y, si aún necesitábamos una guinda para el pastel, en el Evangelio (Mc 9, 38-43. 45. 47-48) los discípulos se empeñan en separar el “nosotros y los que no vienen con nosotros”. ¿No es algo como esto lo que hacemos con los migrantes? ¿No nos damos cuenta de que hablamos cada vez más en términos de nosotros y ellos?
Creo que el lema, y las lecturas nos deberían de interpelar lo suficiente. Necesitamos dejar de lado tanta división y volcarnos, como esos ángeles de la guarda anónimos, en crear comunidades acogedoras y misioneras, en hacer camino juntos. Como escribía fr Jesús Nguema, estamos llamados a descubrir la fuerza del Espíritu que actúa más allá de las fronteras impuestas por los hombres. Ojalá seamos capaces de ir dando pasos en este sentido y, sobre todo, de seguir contagiándonos y contagiando de este espíritu de unidad que tanto necesita nuestro mundo para continuar visibilizando que Dios realmente camina con su pueblo.
Mónica Marco csd
