Opinión

¡La oración es peligrosa!

Hay días en que las palabras que resuenan por dentro parecen ser un tanto random, quizá inconexas y, en algún momento, parecen irse agrupando y tomando sentido. Como si una tejedora comenzara a unir ovillos de lana de colores y creando un diseño inesperado.

En esta ocasión no se cuál fue el desencadenante, pero en algún momento me encontré sumida en mis pensamientos más profundos, recordando el silencio de la noche en Obout, en la selva de Camerún. Selva, pueblo, misión, sin luz, sin batería en el móvil, sin – aparente – posibilidad de hacer “nada” interesante. Unos minutos…. otros más…. otros…. Noche cerrada, estrellada, las ranas croando desde lejos, la sutil música de la selva, los mosquitos… Una noche, otra noche… la siguiente…

Con el pasar de los minutos y las horas fui dándome cuenta de que esa imposibilidad de hacer “algo” era una idea bastante marketiniana. Tenemos muy metida la idea de que siempre hace falta alguna actividad, una serie, una conversación, un juego … pero iba descubriendo – con sensación de obligación – que esto no tenía por qué ser así.

Superada esa primera fase de “quién me mandaría a mí estar aquí, así, sin luz, sin agua, sin…”, fui descubriendo que esas noches oscuras y silenciosas eran una oportunidad privilegiada que la misión me regalaba. Mi mente poco a poco pasó de ser un ovillo de lana “liado, liadísimo”, a irse poco a poco desanudando y colocando. ¡Todo un proceso artesanal! Aprendí a ir afinando el oído para escuchar la música de la selva; a afinar la vista para dejar que las estrellas iluminaran mis pasos; pero, sobre todo, a comenzar a afinarme por dentro.

Decía el Barón de Holbach que lo que el hombre hará es siempre consecuencia de lo que ha sido, de lo que es, de lo que ha hecho hasta el momento de la acción. Pero, ¿qué tendrá que ver la selva con un filósofo ilustrado? Con claridad no lo supe hasta mucho después, pero esta idea, junto con la oscuridad de la noche me llevó a pensar en cómo detrás de la fachada de las debilidades de cada uno, cuando nos permitimos rascar un poco, lo que afloran son nuestros miedos. Seguramente no estaba llegando a una conclusión novedosa, pero fue interiormente reveladora… los ovillos de lana quizá empezaban a tomar alguna forma.

Estos espacios que tenía cada noche, con esa música de fondo, me fueron llevando poco a poco a pensar, a hacerlo cada vez con mayor profundidad… fui descubriendo como esos pensamientos se iban transformando en oración, y que quien ora, el orante ideal, no es el virtuoso, el justo, el dócil y temeroso de Dios, ni el que se considera perfecto (…), sino una persona que conoce la Palabra de Dios y ve lo lejos que está todavía de sus acciones y de sus sentimientos. (en palabras de Rosanna Vigil en Orad en toda ocasión). ¡El tema se iba poniendo serio! Quizá era una manera de ir desmadejando ese ovillo que me acompañaba. ¿Quizá era esto un encuentro con lo que había yo misma sido, pero no me había escuchado?

En cualquier caso, poco a poco esas palabras que resonaban iban ordenándose, y desde luego la noche y las condiciones (físicas) de la misión, se transformaron de reto en regalo. Quizá tomara sentido eso de que lo que haré es consecuencia de lo que he sido, seguramente lo que faltaba era noche, silencio y “nada interesante que hacer”.

De vuelta de la selva, me resulta siempre sugerente (y de mucha ayuda) recordar esas noches de oscuridad y silencio como condiciones privilegiadas para la oración, como espacio “peligroso” de diálogo y escucha. Y, este “peligro” no hay mejor manera de explicarlo que con un texto de Timothy Radclifee OP de El manantial de la esperanza:

Cuando rezo, puede que Dios quiera responder a esa oración a través de mí mismo. Pedimos por un mundo más justo donde no haya hambre. Puede que Dios desee que yo sea parte de esa respuesta a mi oración. Por eso decimos que la oración puede ser arriesgada, peligrosa, porque Dios puede responder a esa oración exigiéndome que haga algo. No deberíamos rezar si no estamos dispuestos a implicarnos en la respuesta. Esa es la razón por la que la oración es como una bomba. Debería ser manejada con cuidado.

Mónica Marco, CSD