Pascua es amar
Para experimentar la Pascua no tenemos que ir muy lejos, aunque sea una realidad poco evidente. Su misterio se puede percibir en el entramado de las relaciones y en la sencillez del amor de todos los días. Allí dónde hay entrega, amistad y servicio, la Vida vence a la muerte. El Evangelio de este domingo nos lo explica.
El punto de partida es que la realidad del amor es anterior. Él nos ha amado como el Padre le amó (v. 9). Es un amor fundante, que responde al flujo esencial que mana de Dios mismo y que es anterior a cualquier acción o pecado. Que seamos amados depende Dios y no de lo que podamos o no hacer. Lo nuestro es aprender a vivir en este amor. Él nos ha amado primero.
De ahí que lo siguiente sea una invitación a permanecer en el amor (v. 9). Este amor del Padre en Jesús se nos ofrece como un hogar, una morada desde dónde vivir. Se trata de habitar en el amor, pero no en cualquiera: Es el amor del Maestro de Nazaret, la Palabra hecha carne, que se derramó en los campos de Galilea, haciendo alianzas, buscando perdidos y sembrando esperanza. El amor que sirve, acoge y libera puede ser nuestra casa y una mesa para todos.
De ahí que la amistad es su forma de amar (v. 14). Dios ama al modo de la humanidad. Jesús reitera que no se trata de amos y esclavos, sino del encuentro de dos libertades que aprenden a caminar juntas. Dios nos busca como amigo, en la gratuidad y la trasparencia, haciéndose nuestro par. Su modo es el de la cercanía, la complicidad, el gesto y la presencia fiel. Su máxima expresión es dar la vida (v. 13), en un amor que se expone y que se ofrece, sobre todo cuando todo está perdido.
La Pascua es sumergirse en el flujo del amor: hacer circular en cada momento y circunstancia, cada dolor y muerte, el Amor que permanece, llevándolo hasta dónde parece que se ha apagado. Tal vez nuestra vida cambie un poco si le ponemos más atención al Dios Amigo que busca inaugurar en cada uno la sagrada liturgia del encuentro y la ternura. Sólo el amor, sobre todo el de los amigos, nos permite entender que la muerte no tiene la última palabra.
fr. Ignacio Castro Ortega op
