Recuperemos las virtudes… por favor
El pasado 21 de septiembre le pregunté a una de mis alumnas: «Oye, ¿tú para qué vives?» Y su respuesta no tardó en aparecer: « ¿Yo?, -me dijo- para nada». Ante esto no fui capaz de pronunciar palabra alguna porque no sabía qué lenguaje sería el adecuado en esa situación. Y mi miedo, porque sentía miedo por no decir pánico, era que al cuestionarla y hacerla pensar sobre su respuesta, me dijera: -modo irónico on- «me estás agobiando; me encuentro mal; estoy mareada; ¿puedo ir al baño?» -modo irónico off-. Ahora bien, sí que en mi interior surgían interrogantes. Porque me niego, al menos en mi persona, a renunciar a la virtud de pensar. Y me preguntaba: ¿Qué estamos haciendo? ¿Hacia dónde se dirige una sociedad, o hacia dónde la estamos dirigiendo, en la que algunos adolescentes -y no tan adolescentes- no encuentran una finalidad al vivir? Es cierto, y me pueden llamar ustedes ingenuo, iluso e incluso antiguo, pero yo buscaba la respuesta «vivo para ser feliz» u otra similar. Y al no obtenerla me paré a pensar y caí en la cuenta de que es cierto eso de que hay un déficit considerable, y que lamentablemente va in crescendo, en la cuestión de las virtudes. O dicho de otra manera: en plena era de las inteligencias múltiples, la inteligencia emocional no entra en currículum. Porque estoy convencido de que educar en virtudes es educar en emociones. Y si no se poseen las emociones correctas no se puede ser virtuoso. Un ejemplo de esto que digo es que sin la indignación ante la injusticia, difícilmente voy a ser justo.
Mientras escribía esta pequeña entrada para la web, me enteraba del fallecimiento de Jesús Quintero. «El loco más cuerdo de esta colina que es el mundo», como alguien lo ha definido. Y es que a decir verdad, fue una persona que no pasó desapercibida, entre otras cosas, por su sabiduría práctica. De todo lo que he leído estos días de sus reflexiones, me llamó la atención la siguiente: «Amarlo todo, besarlo todo, acariciarlo todo, probarlo todo, sentirlo todo, mirarlo todo, leerlo todo, tratar de comprenderlo todo… vivir: he ahí la consigna. Vivir, vivir, vivir, hasta morirla».
La realidad siempre nos sorprende. Y son las virtudes las que nos insertan, en gran medida, en ella. Así pues, ¿no creen ustedes que es necesaria la justicia para experimentar la otra cara que posee el amor? ¿Y acaso no es necesaria la piedad para reconocer lo sagrado que habita en el interior de cada persona? ¿Acaso no es necesaria la paciencia para mostrar la fortaleza del débil? ¿No creen ustedes que urge la mansedumbre para poder vivir sin enfrentamientos? ¿No es necesaria la fe para saber dónde termina el orgullo y la endogamia? ¿Acaso no es necesario el estudio para que el alma se mantenga con buena salud? ¿No es necesaria la responsabilidad para mostrar la otra cara que posee la libertad? ¿Y el amor? Alguien que no sabe para qué vive, ¿creen ustedes que sabe lo que es amar y ser amado?
Recuperemos las virtudes. Hay que recuperarlas; es preciso rescatarlas del cajón del olvido y desprecio en el que las hemos colocado. ¿Para qué? Pues para poder afrontar la vida, cual «loco de la colina», con grandeza. Porque son las virtudes las que nos capacitan para construir un mundo más justo, más libre, más feliz… un mundo en el que la vida tenga su propósito, su sentido, su razón de ser: vivirla… hasta morirla.
Fr. Ángel Fariña, OPRecuperemos las virtudes… por favor.
