Religión

Liberar el Amor

Hablar de amor nunca pasa de moda. Tal vez cada época lo hace de distinta forma, pero nunca deja de estar ahí, como un aspecto fundamental de la vida. Nuestro tiempo también ha hecho sus aportes y nos ha ayudado a entender el amor de formas más amplias, y, sobre todo, nos ha ayudado a entender qué no es amor, cuando hablamos de amor.

Con todo, la pregunta por el amor sigue ahí, silenciosa y viva en el corazón de cada persona. La vida consiste, sencilla y complejamente, en amar y sabernos amados. Nuestra felicidad se juega en ello, y por eso es una de las tareas de toda la vida y de toda vida ¿Qué es el amor para mí? ¿Cómo quiero que me amen? Y por tratarse de algo tan humano, Jesús también tiene algo que decirnos. El Evangelio de este domingo nos pone en el centro la pregunta por el amor (Mt 22, 34-40).   

Los expertos en la ley y su aplicación le interpelan: ¿Cuál es el mandamiento mayor? Jesús sabe que lo legal no es menor en la vida de su gente. La fe, las relaciones, la economía, en definitiva, la vida toda, está configurada por la ley. Quienes no se ajustan a estos marcos entran en la difícil marginalidad. Por eso, Jesús responde desde la ley, pero con aquello que ya no cabe en preceptos y normas: el amor.

Aunque su respuesta también es legal, el amor a Dios (Dt 6, 5) y al prójimo (Lv 19, 18), Jesús apunta a otro nivel. Ya no se trata de la ley más importante, sino aquello de lo que “dependen toda la ley y los profetas” (v. 40). El amor, en definitiva, es la norma máxima. Pero ¿Qué puede significar, en lo concreto, amar? Sobre todo cuando ya sabemos muy bien lo que no es ¿Qué amamos cuando amamos a Dios? ¿Cómo amar al prójimo anónimo?

El relato termina en el silencio de los expertos de la ley, y de nuestras preguntas. Sin embargo, la vida de Jesús y su Evangelio no lo hacen. Es en su itinerario vital en dónde descubrimos en qué consiste el amor, sus formas y alcances. Lo de Jesús siempre tiene que ver con pasión, riesgo y compromiso.

Por un lado, amar al Dios de Jesús significa dejarse encontrar. Para ello hay que entregarse a la aventura de la libertad, de caminar desde la verdad que somos, ahí en lo más profundo, dónde su presencia engendra la vida a cada instante. Este amor necesita su espacio, por lo que va destruyendo los ídolos a los que les hemos empeñado la vida. Se trata de hacer amistad, vínculo, con aquel que nos amó primero. Por otro lado, amar al prójimo tiene que ver con cercanía y encuentro. Es consecuencia de saberse amado incondicionalmente. Desde ahí, los prójimos ya no son solo los amigos o familiares. En el camino de Jesús, toda persona tiene algo que ver con nosotros, porque toda persona es humana. En nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos hay una clave para relacionarnos con los demás. Esta manera de amar descubre al otro y lo que puede hacer por él.

En definitiva, amar cómo Jesús tiene poco que ver con frialdades y reservas. Se trata siempre de una aventura interior y exterior, de pasión y libertad. Comienza cuando nos dejamos sorprender por un Amor mayor, que nos integra, aglutinando lo que somos, deseamos y soñamos. Luego se prolonga en cada prójimo, en cada vínculo, lanzándonos a los que son menos amados. Lo demás es permitirles a las fuentes del amor que corran, alegres y peligrosas, por los valles de nuestra vida.

Tal vez amar hoy tenga que ver más con lo que dice Lola Arrieta : “El verdadero amor funde el miedo. El amor es un sí absoluto. El miedo es un no. (…) El amor nos permite ser incondicionales, el miedo se opone a las circunstancias. Nos permite decir te amo, y lo que es peor escucharlo y acogerlo en la zambullida gozosa de una aventura apasionada” ¡Que el amor nos siga liberando!

fr. Ignacio Castro Ortega op