Opinión

La instrumentalización de la desgracia

La guerra en Ucrania, el genocidio —ya calificado como tal por la ONU— en Gaza, las persecuciones y masacres contra cristianos en Nigeria y el Congo, el asesinato de Charlie Kirk y el de Yrina Zrytska son hechos horrendos, atroces, dolorosos e injustificables. Todo homicidio es condenable, y más si es masivo. Los dos primeros muestran que la barbarie ha alcanzado niveles de sofisticación que hace apenas un par de décadas parecían ciencia ficción; el tercero evidencia que el odio religioso sigue vivo en un mundo que se presume secularizado; y el cuarto y quinto revelan las debilidades de un sistema que, pese a presentarse como superior y modelo para el mundo, permite este tipo de crímenes con preocupante frecuencia.

A este panorama se añade un nivel adicional de horror: cuando, debido a la consternación que estos hechos producen, la información sobre ellos se convierte en un instrumento de manipulación. Se aprovecha la sensibilidad del público para sembrar y fomentar odio con fines políticos. Con espanto, somos testigos de cómo la política mundial se desfigura: de ser, como proponía Aristóteles, la actividad orientada al bien común —mediante la cual los seres humanos, como animales sociales, buscan organizarse en una comunidad justa y ordenada— va mutando en un negocio lucrativo donde importa más el marketing que las propuestas y, aún peor, en un negocio turbio en el que los chismes y la descalificación personal pesan más que la argumentación.

En este contexto, las redes sociales desempeñan un papel crucial, pues son hoy el mayor medio de información y desinformación. Asomarse a lo que allí circula es sumergirse en una experiencia abrumadora: verdades a medias de medios reconocidos; opiniones sesgadas, irrespetuosas y mal argumentadas de “influencers” que buscan seguidores y “likes” para alimentar su narcisismo y, si es posible, su bolsillo. Existe contenido valioso y opiniones sensatas, sin duda, pero son minoría y, con frecuencia, son distorsionadas al ser reposteadas con añadiduras malintencionadas o atacadas con comentarios ofensivos e irracionales.

Ǫuien conserva un mínimo de sensatez y claridad, y no está atrapado por el carácter adictivo de las redes, percibe el peligro de una realidad manipulada que puede generar tres principales reacciones posibles:

  1. La polarización apasionada e irracional, la más buscada hoy en día.
  2. El hastío y la posterior indiferencia.
  3. La banalización del tema: cuando, de tanto ver el horror en la pantalla, se empieza a percibir como una ficción más, como un “reality show” en el que los personajes viven un drama pasajero al que el espectador se acerca con morbosa curiosidad. En este caso, la violencia se convierte en un producto de entretenimiento.

La buena noticia —porque en ello se centra nuestra predicación— es que existen personas sensatas que advierten estos peligros, sostienen sus posturas con argumentos sólidos y mantienen distancia frente al caudal de información manipulada. Su sensibilidad hacia el dolor ajeno es sincera, y su causa, aliviar de algún modo ese sufrimiento. No son tantos como se quisiera, ni hacen tantísimo ruido, pero existen, y ya eso constituye un signo de esperanza.

Fray Diego Rojas, OP