Con los ojos al cielo y los pies en la tierra
Celebrábamos el domingo pasado un día grande en la Iglesia, el Corpus Christi. Celebrar que el cuerpo de Cristo se hace presente en forma de pan en la Eucaristía, una representación de su amor, de su entrega, del que podemos alimentarnos siempre que queramos.
Nosotros también somos “cuerpo de Cristo”, somos seres creados por Él con una determinada misión en la tierra. Tenemos que ir descubriendo, como quién va a visitar una nueva ciudad, qué ha puesto en nosotros. Pero para ese viaje de encuentro con el Padre, tenemos que prepararnos. No conformarnos sino que, como nuestro Padre Santo Domingo, formarnos, estudiar, cuestionarnos, buscar respuestas que nos lleven a la Verdad. Tras la “búsqueda de información”, tenemos que ir preparando nuestra maleta, sabiendo elegir qué conjunto de habilidades y capacidades propias son las que el Señor nos ha dado para desarrollar y poner al servicio de los demás. Con el camino medio diseñado y con la maleta lista, tenemos que tener actitud de “confianza”, estar con los ojos bien abiertos para ir descubriendo en cada detalle su presencia y qué quiere de nosotros. Habrá momentos de encuentro, encuentros personales con Él a través de la oración y a través de “otros cuerpos de Cristo”, de los hermanos, de las relaciones personales, estando atentos a las necesidades de los otros y en disposición de acompañamiento y ayuda.
Pero como cualquier viaje podrá haber contratiempos, sucesos inesperados que “nos fastidien”, que nos haga enfadarnos y también sufrir pero es ahí donde el Señor está a nuestra disposición, para darnos el alimento que nos saciará y nos permitirá seguir adelante. Un camino lleno de sorpresas agradables, de detalles desconocidos pero maravillosos que nos harán estar alegres y reconocer al Resucitado. Una vida donde también tendremos que discernir, elegir qué dirección escoger, pero reconociendo nuestra misión, teniendo en cuenta a los hermanos y confiando en el Señor acertaremos en el camino correcto. Un viaje que cómo decía el Padre Mariano OP, es “un pasaporte al cielo”. Nuestra forma de vida y nuestras acciones son sellos de nuestra presencia en la tierra, y que el Señor mirará cuando entremos al Cielo y nos encontremos con Él. Que como decía también un sacerdote de la Provincia de Jaén, que tengamos los ojos puestos en el cielo y los pies en la tierra.
P.D. Feliz estancia abuelo en el siguiente destino.
Belén Rodríguez Román
