Por favor, dibújame un cordero
Esta frase parecería una dulce demanda de niño mimado arropado de cuentos en el hogar de hijo único. Se me antoja, sin embargo, que hoy puede ser una petición intempestiva. Pues bien sabemos que procede de un pequeño muchacho en mitad del desierto que se aparece imprevisiblemente a un aviador extraviado, invocando desde la soledad comprensión y acogida, exigiendo casi la invención de la amistad.
El pequeño príncipe cumple 80 años, se trata de uno de los libros más traducidos a lo largo de todo el siglo, al menos en 250 idiomas, incluido el sistema braille. Es también uno de los libros más divulgados en películas, dibujos, tarjetas postales, mochilas, objetos decorativos de toda índole. Por eso es también quizá un poco banalizado y desvirtuado. En realidad el mensaje que encierra es más complejo de lo que salta a la vista en la pulcritud de sus acuarelas. De modo que nos encontramos un pequeño muchachito que ha cumplido esta primavera la edad de los abuelos, trayendo entre sus dorados rizos propuestas no tan fáciles de asimilar si nos detenemos seriamente a conversar con él.
Antoine de Saint-Exupéry, su autor, tampoco lo tuvo fácil, a pesar de criarse en una familia aristocrática. Nace el mismo año del fallecimiento de Nietzsche. Después de que Dios ha muerto: los astros y los días giran sin sentido a la vuelta del nihilismo y de la voz profética de Zaratustra. El extravío del aviador parece más humano que el del filósofo que en su locura conversara con un caballo, y sin duda mucho más conmovedor, en un desierto nimbado de espejismos y tal vez de algún milagro. En efecto las demandas del pequeño príncipe al aviador no son ingenuas, además esconden una buena dosis de tragedia a lo largo de una vida, la del novelista-aviador, marcada por sinsabores y frustraciones que comienzan con la muerte temprana del padre y del único hermano varón.
El principito es un extraterrestre que nace en el exilio, cuando Saint-Exupéry estaba en Nueva York durante la Francia ocupada, mientras el nazismo asolaba Europa. Publicado por primera vez en Estados Unidos (1943), hasta dos años después, con la liberación de Francia, no sería publicado en el país del autor (1945). Además de revoluciones y crisis personales, su vida y su escritura se nutren de sueños fallidos pero de una esperanza imbatible, la del aviador que a pesar de no ser aceptado la primera vez en la aviación y después de varios accidentes insiste en seguir volando más allá, hasta desaparecer en vuelo, como el pájaro solitario de Juan de la Cruz.
El principito se sitúa en el desierto, que no es el desierto mágico de Disney ni un espacio de capricho o de aventuras fantásticas. Se trata más bien de una aventura interior, un viaje espiritual. Es el desierto de Citadelle (1948), obra póstuma de Saint Exupéry, mucho menos conocida. Por el recorrido místico y esforzado del príncipe bereber conduciendo a su pueblo de Citadelle, sabemos que el desierto es bello porque esconde en su corazón una fuente.
El principito no es propiamente un cuento de niños, aunque el niño pueda comprenderlo. De hecho ya la dedicatoria hace alusión a un adulto necesitado y vulnerable que trata de refugiarse en la infancia, el libro está dedicado a León Werth, esa “persona mayor que vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Y tiene verdadera necesidad de consuelo” Ese adulto que fue en otro tiempo niño y hoy precisa de una parábola de la infancia primigenia, paraíso original por el que tantos otros poetas románticos y post-románticos han suspirado trazando el viaje a la semilla para tender puentes sobre las tragedias del siglo XX: entre la ingenuidad de la infancia y el realismo urgente del adulto extraviado en el desierto de un mundo inhumano en plena guerra. Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, tan suavemente como un atardecer del diminuto planeta del que procede el niño, los diálogos van entrando en círculos relativamente absurdos que sin embargo en el fondo plantean preguntas y cuestiones acuciantes. En torno a metáforas que el autor, como he señalado antes, habrá desarrollado mucho más hondamente en ese libro de notas escrito a lo largo de toda su vida que es Citadelle, se va construyendo un hogar de significados trascendentes. Metáforas como el jardín, el rey solitario, el zorro, el geógrafo, etc., marcan la dimensión dramática y esperanzada de esta parábola aparentemente inocente. Entre todas las riquezas que el librito nos ofrece, algunas son de especial relevancia hoy porque anuncian hace 80 años problemas que no solo perviven sino que son más acuciantes.
El desierto vacío donde el aviador se extravía y aparece un muchachito extraterrestre que ha partido de su país de origen, de su pequeño hogar, para encontrar lo inhóspito de esta tierra nuestra nos invita a pensar en el mundo deshabitado, en las intemperies por las que tantos atraviesan, en su país y fuera de él. Migraciones geográficas y espirituales: entre las multitudes ciegas hay un desierto en el que uno ha de encontrarse consigo mismo, con nada o con la angustia. El desierto representa bien ese mundo sin corazón en el que, en medio de las confusas realidades globales: políticas, económicas, bélicas, etc., nos encontramos todos.
En el desierto y solo desde la soledad del desierto es posible ahondar en el deseo del propio corazón, deseo tal vez abandonado cuando allá en la infancia se abandonaron los sueños, cuando se desertó de la esperanza, o cuando la esperanza se convirtió en aguijón de codicia, por consecuciones materiales que finalmente desembocaron en hastío o envidia. El horizonte desnudo de este paisaje minimalista permite al niño y al adulto buscar juntos y sondear en la verdad de su deseo: el deseo de la rosa única, el deseo del agua, el deseo de la amistad. Pero para que el deseo sea fecundo y no derive en exigencia narcisista, hay que establecer ritos y cadencias, ritmos de encuentro, de soledad respetada, de espera paciente. Los ritos son necesarios en el tiempo como la habitación o las paredes del hogar lo son en el espacio mundano que es casa de todos.
De la capacidad de crear ritos de encuentro, acogida o amparo nace el otro gran tema que atraviesa toda la parábola y se desarrolla con extraordinaria profundidad y gran altura ética en Citadelle, se trata de la responsabilidad. La responsabilidad personal y la capacidad de elección frente al arrastre ciego, la insignificancia, la banalidad del mal (H. Arendt), que empañan y abotargan las conciencias.
Por eso El principito no es, como pretenden algunos, un devocionario de autoayuda, ni un apunte consolador de mística narcisista a la moda del dejar fluir. El principito encierra como un tesoro especular una dimensión de compromiso y crecimiento espiritual insoslayable, de empuje trascendente que ha echado sus raíces en esta vida, nada ejemplar y profundamente bouleversée, la de nuestro querido poeta Saint-Exupéry. Probablemente él no alcanzara a cumplir muchos de los objetivos soñados, pero sin embargo fue capaz desde su juventud y en su muerte prematura de dejarnos un mensaje esperanzado de cambio para tiempos de incertidumbre, fragilidad y desatino. Como en un misterioso jardín, por sus páginas sabemos que florece una rosa única, se esconde un cordero que necesita nuestra protección y mana una fuente de agua viva.
Sagrario Rollán
