Opinión

Donde está uno, estamos todos

Imagino que cuando Alejandro Dumas escribió Los Tres Mosqueteros no podía imaginar el alcance y el impacto que tendría la mítica frase de sus tres protagonistas: Todos para uno y uno para todos. Me atrevo a decir que es ya una frase que ha trascendido generaciones y países. Muchos quizá la hayan empleado sin siquiera haber leído este ya clásico de la literatura; me conformo con pensar que entienden la profundidad que encierra. Para mí es una frase de referencia, de esas que cuando salen, salen desde lo más hondo, aunque dicha literalmente, quizá haya salido de mi boca en contadas ocasiones.

Es una frase que habla de amistad, lealtad, esfuerzo, honor, trabajo en equipo, interdependencia, reciprocidad, ayuda…. Se refiere a mí, a ti, a cada uno en particular, y a todos juntos. Es precisamente esto lo que me encanta de esta pequeña frase: es corta, clara, profunda, llena de sentido. Es lo suficientemente sencilla para quienes les basta el sentido más superficial, y suficientemente profunda para quienes nos damos un tiempo para rumiarla.

Lejos de llevarme al juramento de los mosqueteros al Rey de Francia, ni a su grito de guerra, me lleva directamente a mi comunidad de siempre. Esa que empezó como grupo de confirmación, luego grupo de jóvenes, Movimiento Juvenil Dominicano, “los jóvenes de la parroquia” aun cuando perdimos la “j”,….. y que ya trasciende planos y etiquetas. Esta misma gente que hemos ido caminando y creciendo juntos y que, estando ya lejos de ese primer grupo de jóvenes que fuimos, estamos cada vez más juntos a pesar de horarios, distancias, y responsabilidades. Este grupo que empezó siendo eso, grupo, y que fue transformándose en comunidad y familia.

Y es cuando pienso en nuestra trayectoria cuando me doy cuenta que uno de nuestros hilos rojos es al más puro estilo mosqueteros: en donde está uno, estamos todos. Frase que nos habremos dicho mutuamente incontables veces ya a lo largo de tantos años. Esto no va únicamente de perseverancia, ni mucho menos de frases que se hayan vuelto típicos tópicos. Cada vez que nos decimos que en donde está uno estamos todos, lo decimos absolutamente en serio. Allá en donde está uno de nosotros, toda nuestra comunidad está representada. Lo que necesite uno de nosotros, ahí estamos todos los demás; consolamos las penas, celebramos los logros – incluso los más pequeños – y también bodas, bautizos (¡las comuniones llegarán!), profesiones religiosas, ordenaciones… ¡hasta el día de la pera!

Vivir esta frase de manera real no es evidente, y mucho menos en una realidad como la actual. Vivimos deprisa, en días a los que les faltan horas para hacer todo lo que hay apuntado en nuestra agenda; en donde muchas veces lo individual prima sobre lo comunitario; en donde cada vez queremos que nos molesten menos. En este contexto, vivir de verdad el que en donde está uno, estamos todos es todo un regalo y un lujo. Y si lo pienso justo pasada la fiesta de reyes, y estando de misión lejos de casa… ¡un regalazo! porque, a pesar de los kilómetros, semana tras semana me se acompañada, ayudada y cuidada (también) por mi comunidad de siempre.

Qué bonito sería que este clásico de dimensión tan comunitaria fuera referencia para tantos grupos de personas que se dicen comunidad (pensándolas en sentido muy amplio: parroquiales, de amigos, religiosas, vecinales, etc), pero que a veces no pasan de ser una agrupación.

Mónica Marco