Opinión

Ucrania… y más.

Llegados a este punto cabe preguntarse si la guerra de Ucrania es la única que existe en nuestra conciencia colectiva. Sí, de verdad que tengo serias dudas al respecto, viendo la atención política y mediática de ese conflicto. Claro que es terrible, cruel, inhumano, dolorosísimo, indignante (y todos los adjetivos más que queramos añadir) el sufrimiento infligido al pueblo ucraniano, pero, antes, durante y después (y ojalá que sea pronto este “después”) del atropello ruso a Ucrania, existían y seguirán existiendo decenas de millones de personas intentando sobrevivir en condiciones terribles a causa de otros conflictos, cuyo impacto es igual de brutal o más que el ucraniano. ¿Por qué el drama de esos otros seres humanos no nos conmueve o perturba de la misma manera?

Los países occidentales han comprometido más de 100.000 millones de euros (buena parte ya se ha gastado) en apoyo financiero y militar, también humanitario, a Ucrania en este año 2022. Europa recibe con los brazos abiertos a los refugiados de ese país (lo cuál me parece muy bien), mientras seres humanos de otras partes, por ejemplo, subsaharianos, siguen muriendo, intentando cruzar el mediterráneo en pateras, o queriendo saltar la valla de Melilla; otros, por ejemplo, refugiados sirios o afganos, están hacinados en campos de refugiados en la frontera de Turquía. En todos esos lugares, da igual que sea Siria o el Sahel, hay seres humanos que sangran, sufren y mueren. En la región del Sahel ha habido, hasta el momento, más de 50.000 muertos y más de 3,5 millones de refugiados. El conflicto ha causado el cierre de unas 5.500 escuelas en países como Malí, Níger y Burkina Faso. El año 2021, según datos de ACNUR terminó con unos 90 millones de refugiados y desplazados.

En Etiopía hay un conflicto que lleva causados cerca de 600.000 muertos desde el año 2020 hasta el presente. En el Yemen, con una población de 30 millones de ciudadanos,hay 23 millones de seres humanos que dependen de ayuda para sobrevivir. Siria es, desde 11 años y entre otras cosas, el escenario del enfrentamiento entre Turquía y el pueblo kurdo. Las fuerzas israelíes atacan con regularidad el país vecino y, como siempre, quienes sufren es la población civil. La ONU calcula que 15 millones de personas necesitan ayuda humanitaria, más de la mitad de la población y unos 12 millones tienen dificultades para acceder a alimentos. En el Congo campa por sus anchas un conflicto enquistado desde hace décadas. La violencia ha causado cientos de miles de refugiados. En febrero de este año se produjo una sublevación militar en el país de Myanmar que derrocó al gobierno democrático de Aung San Suu Kyi y lo sustituyó por una Junta Militar. Represión de la disidencia (más de 1.384 personas asesinadas, incluidos 91 niños y niñas; 11.289 encarcelados), más de 98 periodistas encarcelados, miles de personas torturadas, etc., todos ello según datos de Amnistía Internacional.

Y, por desgracia, podríamos seguir enumerando países y conflictos. En todos en todos ellos juegan una partida de poder e intereses países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos de América, China y, también, países de la EU.

¿Hay algún interés, más o menos oculto, detrás de la desigual cobertura mediática y política que se brinda al conflicto de Ucrania en detrimento con el resto de los conflictos actuales? ¿Qué hace más dignos de ayuda y compasión a los seres humanos que sufren en el conflicto ucraniano que a los de otros lugares del mundo? ¿Por qué tiene tanta repercusión mediática y política lo que ocurre en un lado, mientras que los que pasa en otros lugares de nuestro mundo parece carecer de interés alguno, o sólo circunstancial y efímero? ¿Hasta qué punto nuestra percepción de la realidad y nuestras conciencias están manipuladas, dirigidas, adoctrinadas o anestesiadas para que veamos sólo lo que se quiere que veamos y nos conmueva sólo lo que se busca que nos conmueva? ¿Qué nos hace más “prójimos” de nuestros hermanos ucranianos que del resto de hermanos y hermanas de la aldea global?

Ricardo Aguadé, OP