La primera llama. Por Carlos Quintela
Dado que este artículo es la forma de estrenarme en este medio al que tanta admiración guardo, permitidme que lo haga de una forma un poco personal. Cuando pienso en lo que representa el nombre de este medio, no puedo evitar pensar más allá de lo que representa el fuego. Mi mente se llena con palabras como iluminación, calidez, esperanza o verdad, pero sin duda, la palabra que resuena con todavía más fuerza es la siguiente: Vida. Si sigo el destello fulgurante que acompaña a esa palabra me encuentro con la pareja que prendieron esa llama de la vida en mí, mis padres, y en concreto con él, con mi padre. El padre como yesquero que prende la llama del ánimo en el corazón del hijo. En ese primer fuego, una relación queda establecida para toda la eternidad, por los siglos de los siglos. Qué hermoso pensar que la mayor historia de amor que el mundo ha conocido jamás surja de la relación de amor de un Padre que insufla la vida a su Hijo y de ese amor desbordante resulte algo que algunos llamamos Espíritu. La llama alimentada por el amor paterno filial ha marcado para siempre el núcleo del pensamiento y la cultura occidentales y no pueden entenderse sin tener en cuenta la centralidad de esa relación.
Si tornamos nuestra vista al mundo clásico, al cual Gómez Dávila denominó «el otro Antiguo Testamento de la Iglesia», vemos ejemplos de este amor paternofilial que obliga al hijo con el padre y a éste con su hijo, y lo que es más importante, los ensalza y honra a ambos. Es Orestes teniendo que vengar la muerte de su padre Agamenón para luego someterse al juicio divino y romper así, de una vez por todas, la maldición de crueldad e iniquidad que pesaba sobre la casa de Atreo desde hacía generaciones. Es Héctor cruzando el portón de Troya después del sangriento combate con los griegos para encontrarse con su mujer Andrómaca y su hijo Astianacte. El niño, que no reconoce el rostro de su padre bajo el casco de bronce, solo puede asustarse y llorar ante el temible aspecto de su padre y solo se tranquiliza cuando Héctor abandona el mundo cruel del combate por unos instantes, se retira el yelmo y da comienzo a un momento que rompe con la tradición clásica y consagra su amor por su hijo. En un mundo homérico en el que los hijos deben su honra a sus padres y sus estirpes, Héctor eleva su plegaria a Zeus e invierte esta lógica, rogándole al padre de los dioses que vele por su hijo, le cubra de mayor gloria que a él, y lo convierta en un rey más sabio y justo para Troya y sus gentes. El hijo que honra y obedece a su padre, y el padre que deposita en la llama de su esperanza en su hijo.
Tal es la fuerza de esta unión entre padre e hijo, que son muchas las naciones y estados que han intentado trasladar este vínculo al campo de lo público, sin éxito en todos sus casos. Los romanos llamaron a sus senadores patres conscripti, o «padres inscritos a la patria», madre de todos los romanos. Carlomagno se dio a conocer con el sobrenombre de «Padre de Europa». Napoleón arengaba a sus hombres llamándolos «hijos míos» antes de mandarlos contra los cañones de campo del enemigo, directos a una muerte atroz. Todos estos casos no son sino meras degradaciones de la auténtica paternidad y que adolecen de una falta que las deja tullidas sin remedio: les falta el amor abnegado del padre por su hijo, que rompe casi con toda lógica humana y prácticamente pertenece al terreno de lo sacramental
Ambos, padre e hijo, no sólo están unidos por este amor abnegado, ni por los lazos de sangre que tienen entre ellos. Los dos comparten su condición de criatura, y es desde ahí desde donde su amor alcanza su pleno sentido. Algunos autores de finales del siglo XIX afirmaban que un hombre no se convertía en tal hasta que no hubiese visto caer a su padre; hasta que el héroe, su héroe, no quedase despojado de toda épica, humillado y derrotado ante las fuerzas del mundo y la vida. Nosotros, los que hemos visto a nuestros padres luchar, refutamos este pensamiento, puesto que es precisamente el hecho de que no sea ningún superhombre lo que hace que sus esfuerzos y triunfos sean todavía mayores. Tomar conciencia de la naturaleza limitada de ambos hace que el amor entre hijo y su padre no sea idílico, sino humano, y por lo tanto verdadero.
Precisamente porque es un amor humano y limitado, pasa por momentos de dureza, de dolor, e incluso de desesperación. Imaginad la mano temblorosa de Abraham tomando el cuchillo para dar muerte a su único hijo, mientras musita una plegaria entre dientes pidiéndole a su padre celestial que su confianza y su fe no caigan en saco roto. Imaginad a Cristo, de rodillas sobre la tierra del Monte de los Olivos, superando su extremo temor para entregarse por completo por toda la humanidad, y a su Padre celestial mirándolo desde el cielo entendiendo que no hay otro camino para la salvación. Pero nosotros sabemos que ninguna tiniebla es para siempre y que el Amor triunfa a pesar de todo, porque Él que es, siempre tendrá más fuerza que aquello que se limita a no ser.
La vida de San José es la historia de cómo el Amor con mayúscula se construye a partir de muchos amores pequeños y limitados vividos en el día a día. San José es el santo del silencio, puesto que no se recoge ninguna palabra suya en ninguno de los evangelios. Un padre trabajando en silencio y esforzadamente para que la Gran Obra salga adelante. Para que al final, rodeado de los que le quieren, pueda dar uno de esos discursos que tanto cuestan dar el día de su cumpleaños. Por eso os digo, a vosotros, padres amorosos, que estéis felices en vuestro día de San José, y a vosotros, hijos amados, que deis gracias por vuestros padres, que nunca les dejéis de vuestro lado y que los admiréis siempre. Feliz día a todos.
Carlos Quintela
