De las intemperies
Se desbordan los ríos, los vientos arrancan de cuajo los árboles, se cierran los parques, las carreteras se bloquean y las nieves no caen dulcemente como estampa navideña, sino en aludes intempestivos que sepultan en la blancura infinita a los más atrevidos. Aguas brotan por doquier, lugares accesibles e inaccesibles, entran en las casas y salen por los canales donde debería de salir la luz.
Me acuerdo del templo de Ezequiel 47 y las aguas ¿sanadoras? Vivimos a la intemperie, pero nos cuesta admitirlo. Intemperie fuera y dentro, en el paisaje urbano o en la naturaleza… No podemos salir a pasear porque los ríos han encharcado todos los senderos, el resentimiento, el corazón por dónde debería circular la sangre viva y también las neuronas, por donde se debería abrir algún pensamiento de esperanza. Acongojados no somos capaces de admitir nuestra vulnerabilidad congénita, nuestro vivir expuestos y desprotegidos. Aunque a estas alturas del invierno, después de los descarrilamientos y muertos en las vías, de los arrastrados en las carreteras o en los caminos por buscar al pobre perrito, ya podríamos hacernos conscientes que existimos en la intemperie.
Parece que lo olvidamos al tiempo que lo disfrazamos con seguros de hogar, seguros de coche, seguros de decesos, seguros, seguros, seguros; mas ninguna certeza. Sin embargo, volvamos al Evangelio (Lucas 21) para recordar que ni uno solo de nuestros cabellos caerá sin que el Padre de la vida lo permita… Él sabe que tenemos necesidad de un poco de cobijo, de algo de pan, pero, sobre todo, de mucho respeto y un tanto de ternura y compasión. Ternura y compasión que escasean ante el que ha sido arrancado de su casa o de su vida por alguna catástrofe, climática, técnica o incompetencia humana. Las desavenencias y la crispación entre los políticos acaban por empujar a la sociedad al desánimo generalizado. Y la gente, “la gente” con la que se les llena la boca, la gente que no es gente, sino personas concretas, sigue sufriendo y haciendo frente a la desgracia. Miles que han pasado días y noches fuera de su hogar, cuando buena parte son ancianos olvidados en sus pequeñas viviendas, en humildes vidas domésticas llenas de paciencia y de sensatez.
Pero, ¿será posible que aún no hayamos aprendido nada, después de este invierno de inundaciones, del verano pasado de incendios arrasadores? Y antes, los apagones sin resolver y hace apenas cinco años el COVID. Ya veis, no parece que hayamos aprendido gran cosa; seguimos buscando culpables en el vecino de enfrente, en el partido enemigo, en los bolsillos de la corrupción etc. Grandes instalaciones y dispendios para el fútbol, los carnavales o los eventos musicales. Mientras el problema del acceso a la vivienda se hace crónico, el descontrol de las redes entre los adolescentes sigue generando perturbaciones mentales que parece que aumentaron después de la pandemia, con el incremento de suicidios de niños, acoso escolar, etc.
Ni hemos aprendido, ni nos disponemos a aprender, porque cuando el agua del río, el tren que descarrila o las llamas del incendio nos llegan a través de las pantallas y las redes (a otros les toca en las carnes) nos estremece un temblor infantil, mas no ingenuo, de buscar protección y cobijo. Olvidando a veces a los que realmente ha alcanzado la catástrofe y no tendrán refugio esta noche, aunque lo necesiten más que nosotros. Porque nosotros, cada casa, cada familia, cada partido político, cada autonomía, somos los primeros, nosotros, plural mayestático. Después, pero solo después y luego, las guerras que se acercan demasiado y luego los inmigrantes y luego los que rebuscan en la basura y luego los que tendrán ahora meses por delante para reconstruir, o no, sus casas, sus cultivos y sus huertos. Nos resistimos a mirar a donde las intemperies, sin embargo, desde la intemperie, la desnudez, el olvido, el despojo, es desde donde se han escrito con frecuencia los mejores libros, se han realizado las mejores obras de arte y, sobre todo, han tenido lugar los comportamientos más humanos, redentores y compasivos, cuando alguien se ha atrevido en las intemperies y se ha encumbrado en el sacrificio, como canta san Juan de la Cruz en el poema de El pastorcico
Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho del amor muy lastimado.
Comenzando la Cuaresma recordamos que somos polvo, o agua, o lodo, o pavesas, restos de incendios e inundaciones; finitud, temor y temblor, desasosiego, vulnerabilidad de una vida vivida que, por momentos, se desvive. Podríamos tomar conciencia de que hemos de perecer, mas es el momento también de saber que somos alma vibrante creada con Amor, donde late la imagen y la semejanza, bajo todos los légamos y todos los extravíos y duelos del corazón enamorado o sufriente, del nuestro y el de nuestros prójimos arrojados a las cunetas. Es el momento de querer y ofrecer las intemperies, porque el que no se hace cargo, difícilmente podrá amar la intemperie del otro, sea la selva de África, un campo de refugiados, o una ciudad de Ucrania bombardeada. ¿Cómo vamos a saber algo de lo que no experimentamos en nuestra carne o en el abrazo del prójimo?
Tengo la sensación de que algo nos estremece como culpa colectiva, todos estamos en alguna culpa o en algún desviar la mirada hacia otro lado. Intentemos, al menos en este tiempo de Cuaresma despejar una mirada de compasión.
Sagrario Rollán
