Solidaridad

¿Éstos no son hombres? Por Diego Recio

Ciudad de Santo Domingo de Guzmán. Isla de La Española. Diciembre de 1511. Es invierno, pero el Caribe no conoce el frío castellano. El sol, en lo alto del firmamento, es implacable; no perdona. El aire arrastra el olor dulzón de la caña recién cortada. Desde lejos, pareciera una estructurada armonía, marcada por la disciplina. De cerca, el cuadro cambia. Cuerpos agotados. Jornadas interminables. Indígenas y hombres traídos de la lejana África trabajan el campo a destajo, bajo una vigilancia minuciosa. Muchos de quienes observan creen estar haciendo lo correcto. Y quienes dudan… aprenden a no mirar demasiado.

A miles de kilómetros de allí, hacia el Este, una ciudad arde bajo un cielo rojo. Vuelve a aparecer en los titulares: ha sido bombardeada. Otra vez. Unos hablan de respuesta proporcionada; otros, de promesas antiguas que justificarían cualquier cosa. Más al norte, la nieve se vuelve a teñir del brillante rojo de la sangre. Un conflicto que estalló hace ya cuatro largos años, pero que ya nadie parece saber que comenzó otros muchos más atrás. En el Pacífico, grandes potencias miden fuerzas alrededor de una isla como si se tratara de un videojuego de estrategia militar. Las noticias hablan de muertos; de desaparecidos; de violencia; de… ¿de fútbol? Siempre viene después la sección de deportes.

La encomienda está muy bien organizada: tiene unas normas y una administración. Los indios se asignan como si fueran parcelas de terreno. Se les catequiza al tiempo que se les exige un rendimiento puramente inhumano. Se les promete la salvación eterna mientras se les arrebata la vida presente. Los colonos y los encomenderos no se perciben como villanos; son hombres rectos, que llevan a cabo un proyecto civilizador. Hacen que funcione, que sea productivo. Rentable. Muy rentable. Si funciona, ¿para qué cambiarlo?

En Bangladés las noches y las madrugadas no están exentas de trabajo. Las máquinas no descansan, los hombres tampoco pueden. El horario es el europeo; los plazos también. Lejos de allí, en las tierras que conforman el Congo, cientos de hombres descienden por angostos túneles para extraer, en inestables minas, los preciados y tóxicos materiales que harán posible la próxima generación de dispositivos tecnológicos. El circuito es eficiente, próspero incluso. El progreso es poder cambiarme de teléfono móvil, coche o pantalones cada vez que voy a salir de mi casa.

En el convento, los frailes hablan entre ellos. Intercambian testimonios. Contrastan versiones. Todo bajo el riguroso silencio del secreto. Pero hay una pregunta que no es tan silenciosa. ¿Puede llamarse cristiano un orden que desgasta vidas enteras? Pero no hay nada que hacer. Cuestionar el sistema es cuestionar a quienes lo sustentan. Es poner en peligro la estabilidad de la colonia y… la de la propia cabeza. No es un capataz especialmente cruel; es el sistema entero el que aprieta. Y está respaldado por documentos, autorizaciones, firmas; para gloria de Dios y del Rey.

“La vida es dura”. Pero, al menos, siempre nos quedará París… ¿o no? Todo es tan complejo siempre… hasta que el discurso se torna discusión, que acaba en enfrentamiento. Bandos. Trincheras. Solamente yo poseo la versión correcta. Los demás, están equivocados. A favor o en contra. Si señalas una injusticia, te tachan inmediatamente de apoyar el extremo diagonalmente opuesto. No se busca el consenso, el diálogo. Y siempre detrás de una pantalla, donde la valentía no tiene consecuencias. “Si no estás conmigo, eres mi enemigo”. Pero ¿no era esa la frase de una película?

Es domingo. Último del Adviento. 21 de diciembre. A las puertas de la Navidad. La fecha casi parece escogida a dedo, puesta a propósito para esto. Estas cosas, siempre son así. Hay quienes las llaman casualidades. Otros tienen una respuesta menos azarosa. La nave de la iglesia está llena de gente. No hay bancos. La misa todavía no se concibe así. La gente habla, pasea, deambula, cierran tratos. Algunos, los más versados, hacen por seguir un poco la celebración en el latín que ordena la liturgia. Otros en cambio, esperan al momento del sermón; para cumplir, y luego marchar.

Todo siempre parece muy lejano. Hasta que ocurre aquí, más cerca, y nos extrañamos. Un accidente. Cuarenta y cinco vidas segadas. Jóvenes, adultos, familias enteras. Durante días, el país discute. Los políticos hablan de responsabilidades. Otros, escurren el bulto. Surgen “expertos”. Que lo son en infraestructuras, en reactores nucleares y en patrones migratorios. Quien haga falta con tal de sacar opiniones. Se exige un culpable.  Eso es lo único que importa, encontrar al culpable. ¿Todo lo demás? Irrelevante. Y, ¿después? Silencio. Cuando alguien “paga” por todo, podemos archivarlo todo como una “desafortunada concatenación de fatalidades”, y volver a la rutina.

Las personas que están en el templo se acercan al púlpito, donde un fraile, ataviado de negro y blanco, se dispone a hablar. Antón de Montesinos sube los escalones despacio, observando los rostros a su alrededor: hombres influyentes, respetados. Gente temerosa de Dios, convencida de estar cumpliendo con su deber para la salvación de su alma. Todos esperan lo de siempre. Un sermón al uso.

Montesinos respira.  

Levanta la mirada.

Y comienza: “[…] ¿Éstos no son hombres?

Diego Recio