No era un domingo cualquiera
Vivimos una vida de alta velocidad, donde todo parece avanzar sin pausa y casi sin tiempo para detenernos. Muchas veces la vida pasa ante nuestros ojos como el paisaje que se escapa por la ventanilla de un tren, todo ocurre deprisa, sin permitirnos fijarnos en los detalles. Podemos recorrer el camino sentados, sin saborear el regalo de cada momento, dejando que la rutina y la queja ocupen el lugar de la sorpresa y la gratitud.
A menudo creemos tenerlo todo bajo control: horarios, tareas, relojes que marcan cada minuto. Vamos de una acción a otra, pensando que dominamos nuestro tiempo y nuestro camino. Pero la verdad es otra, somos pasajeros en el tren de la vida, viajando hacia una estación que llegará cuando menos lo esperemos. Desde la fe, sabemos que esa estación no es un final definitivo, sino un paso más, y aunque dejemos aquí a personas queridas, hay Alguien que nos espera más allá.
Cada persona sigue su propio camino, sin saber con certeza qué deparará el futuro. Lo único que podemos elegir es cómo vivir este viaje: poner al servicio de los demás lo que somos y lo que tenemos, disfrutar del recorrido y acompañar a quienes comparten con nosotros. Habrá paradas difíciles, momentos de cansancio o frustración, pero nunca viajamos solos. Siempre hay personas a nuestro lado, dispuestas a apoyarnos y caminar con nosotros.
Pero a veces la vida se detiene de manera repentina. El accidente de tren ocurrido este domingo nos recuerda la fragilidad de la vida y lo imprevisible de nuestro viaje. En ese tren viajaban personas muy distintas, cada una con su historia, su familia, sus sueños y su recorrido, y cualquiera de nosotros podría haber estado allí. Esta realidad nos enseña a mirar con más empatía, a abrir el corazón y a valorar nuestra propia vida y la de quienes nos rodean. Solo estando cerca unos de otros, apoyándonos y cuidándonos, podemos encontrar consuelo y seguir adelante.
No hay un domingo cualquiera. Cada día es un regalo y una oportunidad, para acompañar, cuidar y compartir el camino con quienes nos rodean, haciendo que nuestro viaje y el de los demás sea más humano y lleno de sentido. Que el Señor acoja a los fallecidos, conceda consuelo y fortaleza a sus familias, y que este dolor nos impulse a detenernos, a valorar nuestra vida y a vivir con más amor, cercanía y gratitud.
Belén Rodríguez
