Algunos hombres buenos
Que parece que el mundo a nuestro alrededor ha perdido todo rumbo y sentido, es algo que no hace falta que yo les cuente. Lo sabemos todos. Que cada vez es más complicado enfrentarse a ciertas batallas por la radicalidad que lo empapa todo, también. Y que poco a poco parece que desaparecen las figuras relevantes y sensatas a las que aspirar, más de lo mismo. Da la sensación, aún así y arriesgándome a que suene paradójico, que todo el mundo tiene una historia impresionantemente emocionante que contar. De esas que saltan lágrimas entre el público, que empiezan siempre en lugares muy feos y acaban en conversiones radicales que, si me lo permiten, parecen sacadas de una película. Todos tenemos algo que contar, todos queremos acaparar el mínimo espacio que se nos da para hablar de nosotros mismos, de lo interesante que es nuestra vida, de la cantidad de cosas que experimentamos, de la transformación tan radical que hemos sufrido después de tal viaje. Y, en medio de todo eso, solo encontramos vacío.
Igual lo que nos hace falta no es tanta palabra (en minúscula, ojo), sino más silencio. Más oración, más contemplación. Menos hablar y más escuchar. Pero escuchar de verdad. Escuchar la Verdad. Mirar a nuestro alrededor y dejar que el mundo nos empape, tratar de encontrar al Señor en todo lo que nos rodea. Salir de nuestra propia autorreferencialidad, levantar la cabeza y volver el rostro hacia lo que verdaderamente importa. Y tratar de encontrar historias y referentes a los que poder aspirar verdaderamente.
Servidora, en medio de este caos aparentemente interminable e irremediable, viene a contarles una historia. La de un hombre bueno como el que más, de esos que, parece, son extraños de encontrar a día de hoy pero que si fueran mayoría, harían de estos tiempos algo muchísimo mejor. La de un hombre que es también amigo, marido, hermano, hijo. La de un amigo que está enfermo. Que desde hace meses se apoya en un bastón para poder andar, que sufre dolores por todo el cuerpo, que no sabe exactamente lo que le pasa. Que lucha cada mañana una batalla para tan solo salir de la cama, él que nunca ha sabido estarse quieto. Pero que se arrodilla ante su Dios, nuestro Dios, cuando se lo encuentra de frente, cara a cara. Aunque le duela y su cuerpo le suplique que no lo haga, que no es necesario el sufrimiento. Deja el bastón, se agarra con las manos al banco y se deja caer sobre sus rodillas. Y estoy segura que cada vez que lo hace, todas y cada una de sus extremidades gritan de dolor y se preguntan qué hacen en esa posición, incómoda y lacerante. Pero él se arrodilla y agacha la cabeza, dejándose empapar de ese amor que no se acaba. Y eso, si me lo permiten, es una imagen mucho más real que cualquier historia que nos cuenten.
Cuando él lea esto, que lo leerá, dirá que no es para tanto, que, en realidad, él no es ejemplo ni referente de nada. Pero lo es, claro que lo es. De humildad. De resiliencia. De esperanza. De fe. De hondura. De amor incondicional.
Ese es el ejemplo que necesitamos de verdad, ahora que tenemos tan de moda lo de los testimonios impresionantes y extraordinarios. El ejemplo del sacrificio abnegado, de la alabanza honesta, de la humillación consciente. De saberse pequeño ante el Señor, pero amado hasta el infinito de igual manera. De la plena y absoluta confianza en que el sufrimiento presente forma parte de un plan mucho mayor que ahora, pobres de nosotros, no somos capaces de comprender.
No nos hacen falta estadios llenos ni grandes multitudes. No nos hacen falta historias milagrosas ni curaciones repentinas. No nos hacen falta testimonios sin fin de conversiones y transformaciones radicales. Que todo eso está muy bien, ay, no seré yo quien diga que no. Pero puede que lo que realmente necesitemos en vez de tratar de llenar el vacío con experiencias de todo tipo, es callar. Hacer silencio y contemplar. Solo así encontraremos historias y personas que reflejen realmente al Señor, a las que merezca la pena imitar. O al menos intentarlo. Como la de este amigo mío. Pero también la de un padre de familia que trata de balancear la vida laboral con el cuidado de sus tres hijos. O la de un hombre que batalla en silencio contra sí mismo. O la de un monje que, pese a portar una cruz pectoral sobre el hábito, no se olvida de dónde viene. O, en definitiva, la de tantos hombres y mujeres buenos a los que no les hace falta causar demasiado revuelo para transformar de verdad los corazones. En silencio. Desde lo hondo.
Elena Martín Tascón

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