Memento mori
Esta semana, la diócesis de Madrid se ha conmocionado con el repentino fallecimiento de su obispo auxiliar, don José Antonio. A nuestra comunidad la muerte nos sacudió sin previo aviso en la mañana del 12 de septiembre, llevándose a sor Mercedes.
Todavía estoy estremecida. Sin duda, por la persona que se va, pero también por las circunstancias, la sorpresa, lo abrupto de su llegada y lo irreal que parece la normalidad que anhelamos que se restablezca y que, al mismo tiempo, nos ofende mientras pensamos que el mundo debería pararse con nuestro duelo.
Sin embargo, he retrasado este momento de ponerme a escribir porque temía llenar el artículo de tópicos: no somos nada, todo puede cambiar de un momento para otro, vivir el instante presente… Me pregunto cómo transmitir al lector que no ha pasado por estas o similares circunstancias la certeza y constante presencia de un día y una hora que nos ha de llegar a cada uno. Como me decía nuestro médico hace unos días: lo fácil que es que una persona –a la que aparentemente diríamos que no le toca− se vaya, y lo difícil que a veces resulta irse a personas que llevan largos años pendiendo de un hilo. Todo esto nos recuerda que no somos dioses. Que avanzamos a pasos agigantados en la conquista por el control, por la salud, por el dominio del futuro, pero la vida se para cuando menos lo pensamos. También nos enseña que nuestra vida no depende de un futuro que lograr, o una meta a la que llegar, al menos aquí en este mundo. La vida de nuestra hermana, como la de Mons. José Antonio y tantos otros no se truncó sin remedio, sino que fue llamada a la presencia de Dios cuando, dentro del misterio que nos supera, era su momento. Eso quiere decir que todos los planes, proyectos, acciones y misiones que quedaron aparentemente a la mitad no fueron un fracaso estrepitoso. Porque su sentido no estaba en el mañana que ellos –y nosotros− desconocieron que no tendrían, sino en el instante exacto en el que se entregaron en ellos: «¿Y qué decir de la muerte? ¿no destruye por completo el sentido de la vida? En modo alguno. Así como el fin pertenece a la historia, la muerte pertenece a la vida. Si la vida tiene sentido, lo tiene tanto si es larga como si es corta, tanto si el hombre puede pervivir en sus hijos como si no los tiene. Si el sentido de la vida consistiera en la reproducción –en la consecución de una perpetuación, diríamos nosotros−, entonces toda generación encontraría únicamente su sentido en la generación siguiente. De modo que el problema del sentido de pospondría de una generación a la otra, pero nunca podría resolverse» (Viktor Frankl)
Cuando nuestro profesor de derecho canónico nos enseñaba la distinción entre profesión temporal y profesión perpetua, le gustaba señalar que, en caso de que una monja muera siendo “profesa temporal” –haciendo profesión por uno, dos o tres años− aquellos votos se habrán convertido –de hecho− en perpetuos, pues la monja habrá prometido obediencia “hasta la muerte”. Y esta lógica es algo que traslado una y otra vez a la vida cotidiana. Porque si solo empezara las cosas por el futuro al que pienso que señalan, posiblemente no comenzara nada. Pero las cosas no están en el futuro. El sentido de un plan, una colaboración, una idea e, incluso, una vocación, no puede estar en un mañana que no solo no conocemos, sino que, con toda probabilidad, no tendrá nada que ver con lo que ahora imaginamos. Y, sobre todo, que el aparente fracaso o interrupción de ese mañana no tiene por qué significar que su comienzo fue un error o un absurdo. El intento por asegurar ese futuro puede ser la peor de nuestras trampas. La obsesión por controlar los resultados, el peor enemigo de nuestra felicidad. La vida está toda aquí y ahora.
En eso, la vida de las monjas de clausura tiene –o debería tener− un plus de “facilidad”. Porque no hay nada que podamos anhelar en el futuro que no sea ya posible, al menos en potencia, en el presente. ¿Cuál es nuestro fin? ¿nuestro proyecto? ¿hacia qué caminamos? ¿Amar a Dios? ¿habitar en su presencia? ¿entregarnos en lo escondido? ¿y qué parte de todo eso está más en el futuro que en este ahora?
Los cartujos cavan su propia tumba para recordarse esta condición mortal que nos configura. Las dominicas no hacemos esto, pero confieso que hace bastante tiempo que, al ordenar mi celda, me pongo en la mente de la hermana que entrará a recoger mis pertenencias. Dirán que es un TOC, pero me gusta seguir una lógica a la hora de colocar –como si pudiera simplificar la tarea de quien vendrá después: “esto para tirar”, “esto sirve”− y me recuerda que estas cuatro paredes son temporales, que todo lo que acumulo se quedará aquí y que todo lo que estoy llamada a hacer no tiene su razón de ser en los resultados que me reporte o pudiera alcanzar en el futuro –a corto, mediano o largo plazo−, sino en el don de mí misma que en este preciso instante Dios me está invitando a entregar.
Sor Teresa Cadarso, OP

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