Opinión

Cuando uno está cansado, todo se muere

Hace unos días leí una noticia que me dejó bastante pensativo y que con toda seguridad a estas alturas ya tenéis conocimiento de ella. Hago referencia al hecho de que un joven sacerdote italiano, Matteo Balzano, de tan solo 35 años, decidió poner fin a su vida. Una tragedia que inevitablemente te hace parar y pensar porque, en mi realidad de religioso, hace surgir preguntas complejas: ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión? ¿Qué estaba viviendo por dentro? Lo cierto es que esas respuestas concretas solo las conocen dos personas: él mismo y Dios. Nadie más puede saber con exactitud qué batallas se libraban en su interior, qué dolores llevaba cargando, qué pensamientos lo estaban consumiendo y cuántos desprecios, exigencias y faltas de libertad quizá había aguantado. Sin embargo, hay algo que me atrevo a intuir, con el respeto que exige un tema tan delicado. Y es que yo creo que Matteo estaba profundamente cansado. Pero, ¿cansado de qué? Pues es que esta pregunta, al igual que las anteriores, también queda en el terreno de lo íntimo y de lo sagrado. Yo solo puedo decir que cuando el cansancio se apodera de uno, todo se muere. Sí, hasta el amor. Porque el cansancio arrasa con todo aquello que le impida hacer su trabajo: derrotarte.

Todos hemos vivido en carne propia que el cansancio no es solo una cuestión de falta de sueño o agotamiento físico. Es una cuestión mucho más profunda, que se cuela hasta lo más íntimo del alma. Y afecta a cómo pensamos, a cómo sentimos, a cómo nos relacionamos con los demás, a cómo soñamos e, incluso, a cómo entendemos nuestra propia vocación religiosa. Y aunque creamos que un buen descanso puede arreglarlo todo, no deberíamos ser tan ingenuos. Porque hay un tipo de cansancio que no se cura con dormir la siesta ni con una tarde libre ni con hacer una hora de paseo. Me refiero al cansancio emocional. Ese agotamiento invisible que se apodera de ti y hace que acumules tristeza, ansiedad y frustración. Este tipo de cansancio emocional suele nacer de experiencias duras que marcan profundamente… y los que vivimos la vida religiosa tampoco estamos libres de pasar por ellas. Y es que vivir sintiéndose juzgado, ignorado, despreciado, acosado, limitado o sin reconocimiento alguno, va dejando una huella muy profunda. Y cada una de esas vivencias, aunque parezcan pequeñas, se acumulan día tras día hasta convertirse en un peso emocional que llega a ser, las más de las veces, insoportable. Porque la falta de libertad para expresarse, para ser uno mismo, para decidir aquello que te han encomendado también pesa. Y esta falta de libertad no crean ustedes que viene de fuera. No. Son los de dentro —también hablo de los no religiosos que se creen dueños de tu vida— los que no te dejan ser quien eres. Y cuando eso ocurre, no solo lo nota el ánimo: lo nota también el cuerpo.  

Este tipo de agotamiento suele desencadenar un efecto dominó. Porque cuando el cansancio emocional se instala —como resultado de todo lo que vengo diciendo—, la motivación comienza a desvanecerse. Lo que antes nos entusiasmaba, lo que hacíamos con alegría, pasión y entrega, se convierte en una carga de las más pesadas. Y esta situación las relaciones también lo sienten. Y es que se enfrían porque simplemente no tenemos fuerza ni ánimo para cuidar a los demás, y mucho menos a nosotros mismos. Poco a poco se apaga la risa, se pierden las ganas y, quizá lo más doloroso, se silencia la oración. Y cuando ya no oramos, cuando ese vínculo esencial se debilita, todo a nuestro alrededor empieza a venirse abajo Y entonces, la muerte nos circunda. No siempre como un final físico, pero sí como esa sensación de vacío, de ausencia de sentido, de estar vivos por fuera pero inertes por dentro.

No se me ocurren muchas soluciones para el cansancio. Pero de lo que sí estoy seguro es que huir no es la más acertada. Porque lo que de verdad necesitamos no es escapar de la vida, sino aprender a vivirla de otra manera, con más verdad, con más ternura y con más cuidado de nosotros mismos. Es cierto –como indico en el título de esta entrada en la web- que cuando uno está cansado, todo se muere. ¡Pero ojo! también puede volver a nacer. El cansancio no puede ser el final. Porque estar cansados tan solo es una señal de que algo no va bien y es necesario cambiar. Porque el cansancio hemos de verlo como una invitación a parar y escucharnos para poder así sanar todo aquello que esté herido. Porque tenemos derecho a descansar de todo y de todos. A no rendir al máximo todo el tiempo ni aguantar todo tipo de situaciones. A cuidar nuestro cuerpo y nuestra mente. A proteger nuestra vocación como algo sagrado. Porque de esa vocación nace todo lo demás. Y cuando aprendemos a respetar nuestros ritmos; cuando aprendemos a gritar «basta»; cuando aprendemos a cuidarnos de verdad, todo lo que parecía muerto empieza a despertar. La vida vuelve, suave y tímida, pero firme. Y entonces comprendemos que descansar no es morir. Porque el descanso es toda una preparación para seguir viviendo.

Fr. Ángel Fariña, OP