Elogio de la tolerancia
Fr. José Ramón López de la Osa, in memoriam
Seguro que a todos nos ha pasado alguna vez lo siguiente. Has logrado algo que para ti es inmenso, es decir, un verdadero triunfo que te colma de alegría. Y con toda la ilusión y entusiasmo del mundo lo compartes esperando, al menos, una sonrisa, un abrazo o una palabra que refleje esa misma emoción. Pero, en lugar de eso, te encuentras con una mirada que se desvía, un comentario que suena forzado o, simplemente, un silencio incómodo. Y en ese instante, sin que nadie tenga que decirte nada, entiendes que no todos a tu alrededor se alegran de verdad por ti. Es un momento agridulce, donde la euforia del logro se mezcla con la punzada de esa inesperada indiferencia o, peor aún, la envidia. Sin embargo, con toda seguridad también, nos hemos encontrado con personas que son todo lo contrario. Personas que brillan sin apagar a los demás; personas que no sienten envidia ni celos sino una alegría verdadera al ver que avanzas. Personas que celebran contigo como si tus logros fueran suyos. Pues bien, así fue, al menos para mí, alguien que ha fallecido hace unos días: José Ramón López de la Osa. Un fraile dominico —pero sobre todo, un ser humano maravilloso— al que conocí en septiembre de 2010. Y desde aquel primer encuentro en Valencia cuando llegué a la casa de formación una vez terminado el noviciado, nunca dejó de aplaudir mis pequeñas conquistas con entusiasmo; de darme un abrazo con cariño sincero cuando alcanzaba una meta; de motivarme sin reservas cuando aparecieron las primeras crisis académicas y vocacionales. Y es que José Ramón era así: alguien que se limitaba a caminar a tu lado y que te inspiraba a ser mejor simplemente con su presencia.
José Ramón me enseñó que crecer no es una carrera contra nadie, sino un viaje propio. Su apoyo fue siempre genuino, constante, generoso y sincero incluso en la distancia. Y todo eso, me consta, ha dejado una huella imborrable en muchos. Porque José Ramón fue refugio, impulso y aliento en los días buenos y en los que no lo han sido tanto. Por ello, sin lugar a dudas, compartir vida y misión con él ha sido para muchos un regalo inmenso. Porque en un mundo donde es frecuente que la competencia se disfrace de amistad —cosa que también sucede en la vida religiosa— encontrarse con alguien que de manera tan natural se emociona por tus logros es como descubrir un oasis en medio del desierto. La última vez que lo vi, hace poco más de un mes, le comenté un proyecto académico que me ilusiona y que desearía poder realizar. Él, con esa calidez de siempre, me dijo: «Angelito, envíamelo, lo leo y lo comentamos». Pero solo pude enviárselo.
José Ramón ha sido, sin lugar a dudas, uno de los mejores profesores que he tenido. Autores como Adela Cortina, Victoria Camps, Fernando Savater, Martha Nussbaum, Giorgio Agamben entre otros muchos, eran de lectura obligatoria. Reseñar artículos de la revista CLAVES con su respectiva tutoría subía la nota. Y si te atrevías con Raimon Panikkar eso ya era para matrícula. Su nivel de exigencia era alto, sí, pero siempre iba acompañado de una dedicación incansable. Porque José Ramón siempre estaba ahí, disponible y dispuesto a ayudar a cualquier hora, con una generosidad admirable, a pesar de sus no pocos achaques de salud. Su mayor preocupación en clase era que entendiéramos bien la diferencia entre ética y moral, y no cejaba en su empeño hasta que lo lográbamos. Y todo esto lo hacía con una combinación admirable de rigor académico y una sincera fraternidad que se sentía en cada uno de sus dichos y hechos. Pero si tuviera que elegir una sola palabra para definir sus clases, esa palabra sería sin duda alguna «tolerancia».
Y es que el tema de la tolerancia era raro el día que no aparecía en clase. Y nos dejaba bien claro que no era solo una idea bonita para debatir, sino algo mucho más profundo. Porque la tolerancia, decía, es una práctica que, al vivirla, nos revela una dimensión increíblemente positiva de lo que significa ser persona. Y nos insistía machaconamente en que lejos de ser un mero aguantar o soportar, la tolerancia es un acto que de veras redime al ser humano. Quizá el que más. Porque cuando toleramos algo, es decir, cuando lo integramos en nuestra propia realidad, sin darnos cuenta, lo transformamos. Y en ese proceso no solo nos elevamos a nosotros mismos, sino que también se eleva aquello que es tolerado. Porque la tolerancia, nos decía, es en su esencia más pura una actitud profundamente humana. Es la herramienta que nos permite hacer frente a la intolerancia, que no es otra cosa que esa fuerza oscura que busca dividirnos y destruirnos. La tolerancia, nos insistía, es una manera de mantenernos firmes, abiertos y conectados incluso cuando el mundo a nuestro alrededor parece que su único propósito es querer separarnos. Y ahí lanzaba su frase magistral: «no olvidéis jamás que fuera de la tolerancia no puede haber salvación».
José Ramón, en un artículo de la revista Utopía y Sociedad de 1995, nos dejó una idea muy potente: «Tolero al otro en la medida en que confío en él y no le juzgo». Y aunque esto lo escribió hace ya treinta años, es una de las cosas que, quizá, más nos está costando poner en práctica como sociedad hoy en día. ¿Por qué? Pues porque tendemos a mirar el mundo solo desde nuestro propio punto de vista, desde nuestro «yo», y nos cuesta mucho creer en los demás. Quizá lo que nos falta es hondura. Sí, profundidad para entender que solo si nos ponemos en el lugar del otro, si intentamos comprender cómo piensa y siente, podremos reconocer que hay formas de pensar diferentes a la nuestra. Solo así, nos decía José Ramón, podremos experimentar que «la verdad será cada vez más verdad si todos, absolutamente todos, estamos dentro de ella». Gracias José Ramón por abrirnos la mente y lograr de esta manera, que no perdiéramos ni la ilusión ni la pasión.
Fr. Ángel Fariña, OP
