Desprenderse
Atravesar las puertas del aeropuerto siempre me ha generado muchos sentimientos encontrados. Creo que da igual el motivo actual que me lleve ahí, me trae demasiados recuerdos. Bastantes horas de mi infancia las pasé entre el cielo y las largas esperas para facturar. La emoción de montar en avión pasaba rápido para dejar paso al aburrimiento, a los sueños improvisados encima de las maletas y en brazos de quien fuera; y, conforme pasaban los años, a la tristeza por tener que despedirme de tantos seres queridos. Curiosidades de la vida –si se puede llamar así− Dios quiso que mi postulantado en la Orden de Predicadores comenzara en un aeropuerto. Y en lugar de atravesar las clásicas rejas para entrar en clausura, el nudo en el estómago lo asociaré siempre a aquel momento en que recorrí el zigzag del control de seguridad mientras dejaba a mis padres, hermanos y mundo conocido al otro lado.
Aunque la estabilidad de las monjas de clausura hace que no tengamos que despedirnos con la misma frecuencia con que deben hacerlo los religiosos de vida activa, cuyos miembros de sus comunidades son destinados cada cierto tiempo de un convento a otro; el otro día tuvimos que volver a Barajas. Después de algo más de dos años con nosotras, una de nuestras hermanas debía regresar a su comunidad tras pasar este tiempo prestando un enorme servicio al Monasterio de Caleruega. Desde que aterrizó sabíamos que este día llegaría, pero al acercarse la fecha comenzó a inundarnos la tristeza.
En algún momento me he reprochado coger cariño a alguien que sabía que iba a perder tan pronto. ¡Otra vez en las mismas! ¿Qué necesidad? Todo sería más fácil si fuéramos una asociación de almas solitarias. Si junto a la renuncia al matrimonio, a la vida de pareja y la familia, no tuviéramos una vida comunidad. Si, en lugar de castidad, profesáramos soledad y autosuficiencia, aunque a veces se tenga esa idea –y esa tentación entre nosotros−.
Hace algunos años atendí en Navidad a una persona que, al despedirse, me aseguró que nos envidiaba en esas señaladas fechas. Pregunté sorprendida qué quería decir, a lo que me contestó que debía ser muy bonito pasar las fiestas en comunidad, con las hermanas, y no solo, como él. Nunca hasta entonces lo había visto así. De hecho, cuando se acercan las fiestas familiares por antonomasia no es raro –sobre todo al principio de la entrada en el Monasterio− que los recuerdos y las tradiciones de nuestra infancia nos empañen en algún momento las celebraciones en comunidad.
Después de algún tiempo en la vida monástica dominicana debo decir que la dimensión comunitaria es, al mismo tiempo, el desafío y el regalo más grande que se nos concede. La comunión entre nosotras –o la división− es la espada de doble filo de nuestro testimonio frente al mundo. El amor sin posesión que estamos llamadas a vivir es el que nos lleva a ser tan fraternas como desprendidas de cada hermana, si es preciso, por su bien, por la gloria de Dios y la salvación de las almas. El desinterés y la generosidad con el que debemos relacionarnos entre nosotras y con los demás es la clave para discernir la llamada al amor concreto, pero no exclusivo. Un amor que se implica y tiene rostro, pero no se adueña. Una fraternidad que debe ser concreta, pero no encerrada en el pequeño mundo de lo nuestro. Nuestras comunidades están llamadas a ser lugares de confianza y cercanía, al tiempo que de apertura y acogida. Debemos compartir lo que tenemos y lo que somos, sin cerrarnos a lo que nos diferencia.
Sor Teresa Cadarso, OP

Pingback: Desprenderse · La libertad de dejar ir
Pingback: Memento mori: vivir con conciencia del fin
Pingback: Urgente o esencial: vivir lo cotidiano con sentido
Pingback: Peregrinar: una propuesta de verano que transforma
Pingback: Sueña no te duermas: el lugar donde nace la vida
Pingback: Memorias que salvan: recordar para creer de nuevo