Ni parroquias ni colegios
En más de una ocasión he dicho, incluso en público, que cuando aceptaron mi solicitud para entrar en la Orden manifesté que, a ser posible, no me enviaran ni a parroquias ni a colegios. Y esto fue así porque el Prior Provincial por aquel entonces, Fr. Luis Marín de Espinosa Labella (q.e.p.d), me preguntó aquella calurosa y cordobesa tarde del mes de mayo lo siguiente: «Cuando seas fraile, ¿por dónde te gustaría ir?». Y es que yo tenía en mente, más que la docencia en la Enseñanza Obligatoria y Bachillerato y la cura de almas, la predicación itinerante y popular que había visto desde niño en los frailes dominicos que residían o pasaban por mi lugar de origen. Quizá es que en ellos veía algo que me atraía y que desde luego me cautivó profundamente. Algo a lo que años más tarde, ya como fraile, he podido poner nombre propio. Y es que en algunos de aquellos frailes pude descubrir, mutatis mutandis, la vida dominicana según el estilo de fray Luis de Granada. Ese dominico universal al que profeso una verdadera y sincera devoción. Sin embargo, desde que terminé mis estudios de licenciatura en teología y fui ordenado presbítero —hace de eso diez años—, se me ha pedido que preste servicio como docente en colegios y como párroco. Ante esto se podría decir aquello de «si no quieres caldo, toma dos tazas». Pero voy a optar por otra expresión. Sí, prefiero decir que Dios, una vez más, ha vuelto a escribir derecho en mis torcidos renglones.
Así las cosas, después de estos nueve cursos académicos en colegios —y lo digo así, en tono de despedida, dado que he decidido dejar las aulas— he de reconocer que ha sido una experiencia de lo más positiva a la par que enriquecedora. Es cierto que durante estos años ha habido muchos momentos donde los alumnos han sido verdaderamente insoportables: su desidia, su falta de interés, su inconformismo, sus malos modos tanto en dichos como en hechos y algunas cosas más que no es menester mencionar en este espacio, han hecho que en más de una ocasión me preguntara a mí mismo: «¿Qué hago yo aquí?». «¿Qué hice con mi vida?». Pero a decir verdad, estas situaciones han sido las menos. Por ello, he de ser sincero y confesar a pecho descubierto que a veces me he quejado de vicio. Porque de los cientos de alumnos que he tenido durante todo este tiempo, tanto en Zaragoza como en Madrid, he aprendido tanto que debería salir a buscarlos y, uno a uno, agradecerles todo lo que me han aportado. Y es que han sido ellos los que han hecho que ponga los pies en la tierra, para poder así descubrir que la capacidad de comunicar a los demás no se adquiere de hoy para mañana. Que sin estudio no puede haber docencia, porque la mala improvisación, con toda razón, te la echan en cara. Como también han sido ellos, los alumnos, los que me han enseñado que la cuestión pedagógica se consigue a partir de la experiencia. Y que es en el aula, y solo ahí, donde se van asumiendo los errores y las debilidades. Que las más de las veces todo funciona a base de ensayo y error. Pero que también, en el aula y con los alumnos, es donde se hacen multiplicar, y de qué manera, los talentos. Pero si algo quiero destacar de todo lo que he aprendido de ellos, es que no son máquinas que han de obedecer. Que la docencia no consiste en programar personitas para que luego sean esclavos de un servilismo irracional. Porque en todos, absolutamente en todos está presente esa capacidad crítica que mantiene vigente y actual aquella célebre afirmación con la que Aristóteles da comienzo a su Metafísica. La que dice que «todos los hombres, por naturaleza, desean saber».
Dejo la docencia. Sí. Al menos en niveles de ESO y Bachillerato. Y lo hago con un sentimiento de gratitud hacia todos los que me han ayudado a comprender que cuando uno da lo que es, gana, crece, mejora y amplía su ser. Y yo no sé si en algún momento de lo que me quede de vida podré dedicarme a la predicación itinerante y popular de la que hablaba al comienzo, y que tanto caracterizó a Fray Luis de Granada. Pero lo que sí puedo decir es que cuento con la experiencia de haber procurado poner mi granito de arena en la formación de mis alumnos. Y que a mis cortas luces lo he intentado llevar a la praxis siguiendo algunas pautas que el de Granada nos ha dejado por escrito en su vasta obra: «educar significa abrir los ojos de la mente y el corazón, permitiendo que el individuo se sumerja en el conocimiento y se acerque a Dios ».
Fr. Ángel Fariña, OP
