Religión

El Arte de la Espera

Vengo a confesarles una cosa: me he dado cuenta estos días que no sé esperar. O al menos no como debiera. Siempre he tendido a la impaciencia, no es ningún secreto entre aquellos que me conocen aunque sea mínimamente. Pero resulta que esperar se me da bastante peor de lo que pensaba. Igual es porque soy hija de mi tiempo y vivo en una constante necesidad de inmediatez. Igual es simplemente que soy impaciente y ya está. El caso es que estas últimas semanas mi paciencia ha sido puesta a prueba y, aunque seguramente podría haberlo afrontado bastante mejor, he aprendido que en la espera hay mucho más de lo que creemos.

En un mundo que nos empuja constantemente a la gratificación instantánea, que nos ofrece prácticamente todo con solo hacer click, que adora la productividad y venera la inmediatez, la espera se convierte en un acto de resistencia casi subversivo. Y es que se nos ha enseñado (por lo menos a mi generación) que lo importante en esta vida es llegar los primeros, que no vale quedarse en el pelotón porque nadie se acuerda de los que solo participaron. Y se nos olvida que la meta no debiera ser esa, sino el camino recorrido. Es decir, la vida que sucede mientras esperamos.

Supongo que esperar tiene mucho que ver con saber parar, apartar los ojos de aquello que nos consume y poner la mirada en lo que nos rodea, en esos pequeños, y a veces insignificantes, detalles que siempre están presentes pero que brillan un poco más cuando los miras de otra forma. Dice Nuccio Ordine eso de que “la grandeza se percibe mejor en las cosas más simples” y quiero pensar que la Verdad se halla en esas cosas del diario que tendemos a pasar por alto, en los gestos gratuitos e inesperados de lo cotidiano, en lo aparentemente invisible al ojo. Es en esos momentos de pausa, de espera, de esperanza incluso, cuando nos permitimos simplemente ser, descubrir la belleza de lo que nos rodea, apreciar lo que se nos ha dado.

Creo además que a veces se nos olvida que todo lo importante viene con la condición de la espera. No se puede forzar. Porque aquello que trasciende hay que cocinarlo a fuego lento, sabiendo que las cosas realmente relevantes no entienden de prisas ni urgencias, sino que ocurren cuando tienen que ocurrir. Porque Sus tiempos no son los nuestros, por mucho que nos (me) moleste no tener el control de la situación.

Solo queda confiar en que todo saldrá como tiene que salir, incluso cuando no nos guste el resultado. Es en esos momentos de incertidumbre, de aparente estancamiento, donde se halla la esperanza, donde se reenciende, donde se abre camino. No es optimismo barato ni la certeza de que las cosas se arreglarán mágicamente de un día para otro, sino la confianza en que en esos momentos de espera es donde se encuentra la Verdad.

Y aún con todo, es todavía una asignatura pendiente en la que trabajar. Porque a esperar, como a amar y a creer, se aprende.

Elena Martín Tascón